Política y Sociedad

Published on mayo 23rd, 2019 | by EcoPolítica

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Carta a Zobeida

Por Luis Esteban y Rubio

Con ojos dignos de un cuento en Las mil y una noches, contemplas la Florencia del Renacimiento con la misma fascinación con la que yo miro al París de la Ilustración. Esa Florencia que alumbró una nueva era y puso fin al oscurantismo medieval. Esa Florencia que demostró que gobernantes de altura como Coluccio Salutati y Leonardo Bruni pueden, impulsando una ciudad, cambiar el rostro de un continente entero. Y esa Florencia que por sus calles vio pasear a arquitectos como Filippo Brunelleschi, Leon Battista Alberti y Michelozzo di Bartolomeo, a artistas como Donatello, Sandro Botticelli y Miguel Ángel, y a humanistas como Manuel Crisoloras, Marsilio Ficino y Giovanni Pico della Mirandola.

Y como admirador yo de este último, no sólo por su nombre cantabile, sino también por su apasionante vida y obra, me inspiro en su gusto por el género epistolar, común por otra parte en la época, para escribirte esta carta. Carta que tiene como único objetivo trasladarte, de la forma más amena y breve posible, las ensoñaciones, intuiciones y humildes reflexiones políticas que más me rondan en estos momentos de la vida. Y, sin más dilación, procedo pues a ello.

Los seres humanos nos enfrentamos en nuestro tiempo a una de las etapas más críticas desde que nacimos como especie hace unos doscientos mil años en el África oriental: agravamiento de la crisis ecológica, aumento de las tensiones bélicas internacionales, crecimiento de las tendencias autoritarias, intensificación de las desigualdades sociales, etc. Y todos estos retos me llevan a intuir que ya no estaríamos tanto, como pronosticaba Samuel Huntington, ante un choque de civilizaciones, sino más bien, y como apunta Benoît Hamon, ante un choque entre civilización y barbarie. Choque este último que, de forma ejemplar, aparece simbolizado en esta portada de Courrier international:

Y si bien a lo largo de la historia distintos elementos (complejidad y riqueza cultural, avances científicos y técnicos, prosperidad, etc.) han servido como criterio para determinar el mayor o menor grado de civilización, creo que, a día de hoy, habría que sumar otro elemento a ese criterio: el mayor o menor grado de respeto y garantía de la ética pública universal, es decir, de los derechos y deberes humanos; entendiendo además que existen deberes humanos no sólo para con el resto de integrantes de nuestra especie, sino también, y progresivamente, para con el resto de seres vivos. De esta manera, en el momento actual, no bastaría con disfrutar del resto de elementos para merecer el título de «civilización», sino que sería también necesario respetar y garantizar, al menos mínimamente, esa ética pública universal. No obstante, ésto ni mucho menos implica quitar el título de «civilización» a las civilizaciones de momentos históricos pasados, las cuales no pueden ser juzgadas con criterios contemporáneos, pero sí establece el nuevo criterio para aquellos pueblos que deseen seguir siendo, o que aspiren a llegar a ser, una civilización tanto en el presente como en el futuro. Así, y a modo de ejemplo, se podría afirmar que la China del pasado, que yo tanto admiro, fue sin duda una gran civilización, pero que la China continental contemporánea, por mucho que disfrute de otros elementos, estaría, en virtud de su grave y permanente vulneración de la ética pública universal, más cerca de la barbarie que de la civilización.

Y para garantizar en la actualidad esa ética pública universal, y con ello defender pues la civilización, es necesario abordar los principales retos de nuestro tiempo de la forma más integral y satisfactoria posible. En este sentido, y teniendo en cuenta el número y complejidad de los mismos, se hace preciso encontrar un relato marco que logre abarcar, de la manera más accesible y atractiva posible, si no todos ellos, al menos sí los más importantes. Y como hijo del Renacimiento y de la Ilustración, he vuelto la mirada a la Antigua Grecia y he creído encontrar algo potencialmente interesante en los doce trabajos de Hércules. Si actualizamos tanto la idea de los trabajos como la idea de Hércules, pienso humildemente que podríamos disfrutar de un digno candidato a convertirse en ese relato marco que tanto necesitamos. A esa actualización dedico pues, a continuación, la primera parte de esta carta.

En relación con la idea de los trabajos, éstos deberían pasar a identificarse con los doce principales retos a los que nos enfrentamos para construir una organización social que respete y garantice la ética pública universal. Igualmente, y teniendo en cuenta que todos ellos están interrelacionados y se influyen, en diversos grados, mutuamente (¡no caigamos a estas alturas en, si bien más pulido, una suerte de nuevo materialismo histórico de corte ecosocialista!), su realización ya no sería secuencial, como en el caso de los trabajos de Hércules, sino que debería ser simultánea y estar suficientemente coordinada. Dicho ésto, éstos serían, a mi juicio, los doce trabajos de nuestro tiempo:

I. La defensa del pensamiento científico frente a la presencia del pensamiento religioso en los poderes públicos.

II. La defensa del pacifismo y la noviolencia frente al militarismo y el terrorismo.

III. La defensa de la armonía de los seres humanos con la naturaleza (tanto con el resto de seres vivos como con los recursos energéticos, minerales e hídricos, el clima y los suelos) frente al maltrato animal y la crisis ecológica.

IV. La defensa de la democracia republicana en todos los niveles territoriales, desde lo local hasta lo global, frente al autoritarismo y el totalitarismo.

V. La defensa de la justicia social frente a los privilegios de unos pocos y las desigualdades sociales extremas.

VI. La defensa de una economía plural que tenga como protagonistas a la economía pública y a la economía social y solidaria frente a la economía capitalista neoliberal y la economía plenamente estatalizada.

VII. La defensa del feminismo y la diversidad afectivo-sexual y de género frente al heteropatriarcado.

VIII. La defensa de la tecnofrónesis, es decir, de la prudencia en los avances y usos de la tecnología frente a la tecnolatría y la tecnofobia.

IX. La defensa de fronteras abiertas frente a fronteras cerradas.

X. La defensa de una transición demográfica frente a la sobrepoblación humana.

XI. La defensa de un equilibrio rural-urbano, o incluso la superación de esa dicotomía, frente al éxodo rural y las megaciudades.

XII. Y, en cuestiones más bien de identidad que de organización social, pero fundamentales para ésta, la defensa del cosmopolitismo arraigado frente al ultranacionalismo.

Por su parte, y con respecto a la actualización de la idea de Hércules, habría que pensar en él como un hombre que ha realizado un proceso interno de deconstrucción y reconstrucción desde la corriente de las nuevas masculinidades. E, igualmente, habría que pensar en él, ya no como «el héroe», sino como un héroe más entre los millones de héroes y heroínas que no sólo se sienten, en cada caso, europeos, anglosajones, rusos, árabes, persas, indios, chinos, africanos, latinoamericanos, etc., sino que también se sienten parte de la especie humana. Pero con todo, y al igual que en el caso de Hércules, para realizar los doce trabajos de nuestro tiempo lo que se necesitan son héroes y heroínas, y no personas que se dejen llevar por la pasividad, el pasotismo y el miopismo reinantes, por la amargura paralizante y el «sálvese quien pueda» del catastrofismo, o, lo más grave, por la barbarie.

E igualmente, hay que ser muy conscientes de que estas dos o tres décadas que vienen por delante van a ser muy exigentes a nivel personal para todos esos millones de héroes y heroínas. Por ello, creo que no podemos dejar de lado las reflexiones sobre cuestiones, diría, de carácter más vital. En este sentido, y al menos en mi caso, cuatro son las reflexiones que me sirven como pilares para este tiempo que nos ha tocado vivir.

En primer lugar, la aceptación e interiorización de que es necesario disfrutar de un cierto grado de control sobre las circunstancias de cada uno, pero que es irreal, y por ello perjudicial, pretender tenerlas todas bajo control. No podemos tener ni todas las certezas, ni todas las respuestas. No existen ni soluciones únicas, ni soluciones mágicas. Hay pues que aprender a vivir con un cierto grado de incertidumbre.

En segundo lugar, la integración de forma equilibrada de tres géneros de la Antigua Grecia: la épica, para ser consciente de que se ha de buscar el logro de la gran hazaña con energía, ilusión y tenacidad; la tragedia, para ser consciente de que caeré y sufriré en numerosas ocasiones, pero que también aprenderé de ello; y la comedia, para ser consciente de que la vida, pese a todas las dificultades, merece la pena ser vivida.

En tercer lugar, la integración equilibrada de estos tres géneros he podido lograrla más fácilmente partiendo del modelo que representa el Sísifo feliz de Albert Camus. Modelo que, personalmente, sintetizo en cuatro elementos: (I) la existencia de nuestra especie en este Universo no es producto de un plan preconcebido por uno o varios dioses, sino de la mera fortuna y la teoría de la evolución. Por cierto, que «Dios» procede de la divinidad indoeuropea Dyaus o Deiwos (Zeus en Grecia, Júpiter en Roma, Deus/Dios en el cristianismo), y éste no era más que uno de los numerosos dioses de los pueblos indoeuropeos que hacían referencia a los distintos elementos de la naturaleza; en su caso, al cielo. (II) Todo parece indicar que somos seres mortales, finitos y que no existe un alma que sobreviva al cuerpo tras la muerte. Así nos lo confirmaría en física la teoría de bucles y, aunque tenga que seguir investigando, tampoco en principio parecería que su rival, la teoría de cuerdas, permita defender científicamente otra alternativa a pesar de sostener la existencia de universos paralelos y de un mayor número de dimensiones. (III) Nuestra propia existencia como seres humanos en un universo de catorce mil millones de años y que posee al menos dos billones de galaxias es, se puede decir, absurda; al igual que quizás también lo sea, por su parte, la propia existencia del universo. (IV) Sin embargo, y ante ello, la propuesta vital no es el suicidio, sino la búsqueda de la felicidad en un marco de respeto a la ética pública universal. Nuestra existencia, de forma global, es absurda, sí, pero nosotros, de forma concreta, construimos su sentido.

Y, por último, considero fundamental pasar de un modelo de vida propio del liberalismo atomista a un modelo de vida republicano que, sin ser el mismo, se base en la interpretación que de la Atenas clásica hace Cornelius Castoriadis. Es decir, considero fundamental pasar de un modelo de vida con dos esferas principales, «la casa» (familia-casa-amistades-ocio) y «el trabajo», a un modelo de vida que logre compatibilizar de forma armónica estas tres esferas principales: «la casa» (esfera privada), «el trabajo» (esfera privada/pública) y «los asuntos de la polis» (esfera pública). Eso sí, teniendo siempre en cuenta que los asuntos de la esfera pública no son los únicos, como tal, políticos, sino que, en la esfera privada, “lo personal es político” (por ejemplo, nuestro comportamiento en una relación sexoafectiva o nuestra huella ecológica), y, en la esfera privada/pública, “el trabajo también es político” (por ejemplo, no es lo mismo trabajar en la construcción de barcos que en la construcción de barcos de guerra para Arabia Saudí). Igualmente, hay que ser conscientes de que para una participación constructiva en esa esfera pública es necesario, como defiende Castoriadis, una progresiva educación democrática (aprendizaje de las dinámicas asamblearias e institucionales, trabajo cooperativo en equipo, apoyo mutuo, formación temática sobre los distintos retos, instrucción en retórica, capacidad para empatizar, conformación de una red de cuidados también en la esfera pública, desarrollo emocional para gestionar el ego, el orgullo, la envidia o el adanismo, etc.).

En definitiva, y como puedes observar, sí, creo que se necesitan héroes y heroínas en un abanico muy amplio de sentidos. Por ello, es esencial tanto el máximo respeto a los distintos ritmos y tiempos de autoconstrucción de cada persona (tiempos que duran ya no años, sino toda la vida), como el acompañamiento en ese proceso. No obstante, y por desgracia, la dimensión de los retos a los que nos enfrentamos exige que esos procesos tengan que ser, digamos, algo más acelerados de lo habitual.

Dejando pues así tratada esta propuesta de actualización de los doce trabajos de Hércules, me gustaría abordar en la segunda (y última) parte de esta carta otros dos asuntos directamente relacionados. En primer lugar, la necesidad de establecer un horizonte de esplendor hacia el que caminar y, en segundo lugar, la necesidad de elaborar una estrategia para alcanzar dicho horizonte.

Muchas voces, principalmente desde posturas catastrofistas, suelen establecer horizontes en los que el único éxito es el no caer completamente en la barbarie. Sin embargo, creo que para movilizar a millones de héroes y heroínas alrededor del mundo durante dos o tres décadas, debemos, y podemos, aspirar a algo más: debemos aspirar a un nuevo horizonte de esplendor en la historia de la humanidad. Y para imaginar ese nuevo horizonte, quizás el primer paso sea inspirarnos, en honor a Stefan Zweig, con los catorce momentos estelares de la humanidad. Catorce momentos que serían, a mi juicio, y por orden cronológico, los siguientes:

I. La Creta del Minoico Neopalacial.

II. La Persia de Ciro II y Darío I (dinastía Aqueménida).

III. La Atenas de Pericles y Aspasia de Mileto.

IV. El Egipto de Ptolomeo I, Ptolomeo II y Ptolomeo III (dinastía Ptolemaica).

V. La India de Ashoka (dinastía Maurya).

VI. La Roma del hispano Adriano (dinastía Antonina).

VII. La China de Xuanzong (dinastía Tang).

VIII. El Califato de Harún al-Rashid y de Al-Mamún (dinastía Abásida).

IX. El Reino de León de Alfonso IX: sí, sé que vas a sonreír cuando leas ésto, pero ya imaginarás que no podía perder la oportunidad de poner en máximo valor el hecho de que fue un zamorano, Alfonso IX, el fundador no sólo del parlamentarismo (Cortes de León de 1188), sino también de la Universidad de Salamanca.

X. La Florencia renacentista de Coluccio Salutati, Leonardo Bruni, Cosme de Médici y Lorenzo de Médici.

XI. El París de la Ilustración.

XII. Los Estados Unidos de América de los Padres Fundadores.

XIII. El París de los años ’20.

XIV. La Suecia de Olof Palme.

E inspirándome en todos ellos, sueño, como nuevo horizonte, con el nacimiento y desarrollo de una verdadera civilización humana que, tras superar los doce trabajos de nuestro tiempo y teniendo como base el respeto y la garantía de la ética pública universal, pudiese disfrutar de una etapa de prosperidad y de esplendor cultural, científico y tecnológico que se extendiera, por primera vez en la historia, al conjunto de la humanidad. Y en este sentido, entiendo por cultura de la civilización humana el conjunto de nuevos elementos culturales que se generasen en el seno de la misma, tanto los derivados de la síntesis dinámica de elementos culturales de las distintas civilizaciones regionales, como los originados de forma auténtica en el propio florecimiento de aquélla. De esta manera, cada ser humano podría disfrutar, de forma armónica, de los elementos culturales pertenecientes, al menos, a su cultura local, a su cultura nacional, a la cultura de su civilización regional y a la cultura de la civilización humana; siempre, eso sí, que ninguno de ellos fuera en contra de la ética pública universal.

En la actualidad, Demain de Cyril Dion y Mélanie Laurent seguramente sea el documental que mejor siga reflejando los primeros pasos que se están dando, todavía insuficientemente coordinados, para la construcción de esa civilización humana:

 

Y para construir esa civilización humana y alcanzar ese nuevo momento de esplendor necesitamos una estrategia; elaborada colectivamente y sujeta a valoración y revisión periódica. Sin embargo, y para ello, antes hemos de romper con la máxima estratégica de René Dubos: «pensar globalmente, pero actuar localmente». Máxima que viene perjudicando estratégicamente a los movimientos sociales durante más de treinta años. En virtud de la magnitud y las características de los retos a los que nos enfrentamos, creo que es hora de actualizar esa máxima y elaborar una estrategia que formalmente sea, al menos, multitemporal, multidimensional y multinivel. (I) Multitemporal por hacer referencia al necesario establecimiento de objetivos a corto, medio y largo plazo. (II) Multidimensional por referirse a la necesidad de pensar y actuar sobre las distintas dimensiones del poder, entendiendo por éstas cada una de las dimensiones del poder que de manera autónoma disponen de capacidad para influir sustancialmente en la conducción de la sociedad. Al respecto, creo que se puede sostener la existencia de, al menos, nueve dimensiones: los tres poderes públicos clásicos (legislativo, ejecutivo y judicial); el poder económico-financiero (empresas financieras y no financieras); el poder comunicativo (medios de comunicación); el poder social (sindicatos, ONGs y movimientos sociales); el poder espiritual (religiones); el poder de la educación, la investigación y las ideas (sistema educativo, centros de investigación, think tanks y editoriales); y, por último, el poder armado, incluyendo en éste también, y en su caso, la posesión de ciberarmas (fuerzas armadas, fuerzas y cuerpos de seguridad, servicios de inteligencia, corporaciones militares privadas, empresas de seguridad privadas, mafias, grupos terroristas, guerrillas y grupos paramilitares). (III) Y, multinivel, por hacer referencia a la necesidad de pensar y actuar sobre las distintas dimensiones del poder en todos los niveles territoriales, desde lo local hasta lo global, como ya venía recogido en la Carta de los Verdes Mundiales de 2001. De esta forma, cabría reformular dicha máxima estratégica de la siguiente manera: «pensar y actuar en cada nivel territorial, desde lo local hasta lo global, sobre cada una de las dimensiones del poder y con objetivos a corto, medio y largo plazo».

En virtud de lo anterior, y si bien no pretendo adentrarme en el contenido de dicha estrategia, sí quiero dejar anotadas al menos dos ideas al respecto. En primer lugar, considero fundamental la construcción de un movimiento multinivel de carácter cosmopolita, democrático, ecosocial, feminista, pacifista y, progresivamente, animalista, que aglutine al conjunto de colectivos e individuos que, en todas las dimensiones del poder, están defendiendo la ética pública universal. Un movimiento además donde los partidos políticos que formen parte actúen, como defendía Petra Kelly, no como líderes del mismo, sino, y al igual que el resto de organizaciones, como acompañantes.  Y es a partir de lo sucedido en los últimos años en la península ibérica de donde extraigo la necesidad de un movimiento con tales características: debemos encontrar el justo medio entre un movimiento 15M al que quizás le acabó faltando un mayor grado de coordinación, y un Podemos al que le sigue sobrando una organización tan jerárquica y tan sometida a liderazgos fuertes. En definitiva, y de forma concreta, lo que estoy planteando no es más que la refundación y reimpulso del Foro Social Mundial, sea con ese u otro nombre, y el establecimiento de un «Foro Social» en cada nivel territorial. De hecho, y quizás, el 15M de 2021, en Madrid, y diez años después de aquel maravilloso día, pueda ser el momento ideal para refundar y relanzar ese Foro Social Mundial. Por último, y al respecto, he de confesarte que si en algún momento me viera personalmente desempeñando alguna responsabilidad más destacada en la esfera pública, sería, de forma realista, en el seno de ese nuevo Foro Social Mundial, más que en el de la política institucional.

En segundo lugar, y aunque ya mantuvimos esta conversación de forma peripatética, quería también dejar en esta carta por escrito mi intuición de que no debemos ser ingenuos a la hora de pensar que la barbarie siempre desaparece si se recibe una buena educación en valores éticos y cívicos y si se viven en la práctica las bondades de la civilización. Aunque ambos elementos son fundamentales y deben por ello seguir siendo fomentados, hemos de ser conscientes de que no tienen por qué ser necesariamente suficientes para que una persona abandone la barbarie y abrace la civilización. Por ello, y siguiendo a Aristóteles (¡es cuanto menos simbólico que defienda esta postura en el último capítulo del último libro de su Ética a Nicómaco!), sirvámonos prudentemente de la fuerza de la ley para hacer frente a la barbarie. Eso sí, y añadiría yo, que no de cualquier ley, sino de la ley justa, es decir, de la ley que respeta y garantiza la ética pública universal.

Y, con todo lo anterior, espero haber logrado trasladarte una idea al menos general de cuáles son mis principales ensoñaciones, intuiciones y humildes reflexiones políticas que más me rondan en estos momentos de la vida. Quizás, eso sí, añadiría brevemente que una parte de mí está deseando resolver todos los grandes retos a los que nos enfrentamos en estas décadas y construir una civilización humana estable para, tras ello, poder centrar un mayor número de esfuerzos y energías en la exploración del cosmos. Es decir, resolvamos nuestros «asuntos internos» primero en el planeta Tierra, construyamos una verdadera civilización humana y, tras ello, salgamos, ya como tal civilización, y no como uno u otro Estado-nación, a explorar el universo. Eso sí, y mientras tanto, no dejemos de seguir dedicando ciertos esfuerzos y recursos a la exploración espacial. Además, tengo la intuición de que ésta fomenta más el sentimiento de pertenencia a la misma especie y a un planeta finito compartido con otros seres vivos, que cualquier discurso, informe o suceso relacionado con el cambio climático o la pérdida de biodiversidad.

Ojalá pues podamos disfrutar juntos de este mundo apasionante. Ojalá podamos viajar y deleitarnos con los lugares más brillantes del pasado y con los más vibrantes del presente y del futuro. Ojalá podamos seguir viviendo historias propias de Las mil y una noches. Historias como la que, para mi sorpresa y seguramente también para la tuya, se narra en la noche trescientos setenta y ocho: «cuentan que el califa Harún Al-Rashid, que amaba con un amor extremado a su esposa Zobeida, había hecho construir, en un jardín reservado para ella sola, un estanque de agua rodeado por un bosquecillo de árboles frondosos». Ojalá, en definitiva, las circunstancias nos permitan hacer realidad los sueños. Inshallah…

Y como El nacimiento de Venus de Botticelli ilustra esta carta, deseaba yo terminar en un principio la misma con los versos que dedica Lucrecio a dicha diosa al comienzo de su De rerum natura. Y quería utilizar para ello, no cualquier traducción, sino la mejor realizada hasta ahora en castellano, la del gigante de las letras zamorano Agustín García Calvo. Sin embargo, he pensado que era ya demasiado, hasta para nosotros, y que era mucho mejor finalizar con una canción. Esta canción:

 

Dansons ensemble au son du luth,
dansons debout sans autre but,
que d’être là, que d’être nous,
que d’être hereux, que d’être fous.

Nos vemos, a más tardar, en el cincuenta aniversario del lanzamiento del Apolo 11,
Un abrazo, muy grande,
Luis

 

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One Response to Carta a Zobeida

  1. Francisco Latorre says:

    Demasiadas palabras; demasiadas metas, demasiados logros, demasiados esfuerzos, demasiados héroes… demasiados… demasiados…

    Todo ello volvería a tener un único y gran protagonista, el → consumo ←; ese excesivo consumo, o destrucción (con su correspondiente y desmedido gasto de energía…) que nos llevaría de nuevo a caer en la misma piedra. Solo que esta vez ya no quedarían ni… piedras.

    Ese constante querer, esa eterna ambición del hombre, es la que aquí nos trajo; y es… lo que, si ellas no lo impiden, nos destruirá…

    Sí, sólo nos queda una única y → verdadera ← esperanza: que Némesis, o sea → ellas ←, con su natural mesura, puedan hacerse por fin y de una vez por todas con el timón. Y así consigan por fin sacarnos de esta eterna espiral de consumo y destrucción que, tú mismo, sin proponértelo explícitamente pero con todas tus pretensiones… volverías a implantar.

    Moraleja:
    Esa eterna aspiración, es la que devora al hombre y a todo lo que toca.
    La experiencia, la historia, o, si lo prefieres, el materialismo histórico que señalabas (ya sabes, la materia transformándose, hay que estar ciego para no verlo), no deja de… mostrarlo.

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