Ecofeminismo

Published on enero 19th, 2009 | by EcoPolítica

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Las mujeres y el deterioro medioambiental

Por Alicia H. Puleo

Artículo publicado en la Revista Crítica, nº 951, Año LVIII, enero-febrero 2008

I. Introducción

La creciente sensibilidad moral hacia la protección de lo que llamamos “Naturaleza” no está en los genes. Podemos encontrar mujeres que odian  el ecologismo y otras, como la etóloga y educadora ambiental Jane Goodall [1] que son célebres por su defensa de la vida en la Tierra. Un ejemplo de indiferencia muy extendida hacia las preocupaciones ecológicas actuales es la obsesión de la limpieza, fomentada por los anuncios televisivos, obsesión que lleva a numerosas mujeres a verter cantidades desmedidas de lejía, desinfectantes y otros productos tóxicos a las tuberías de nuestras ciudades.

Sin embargo, cuando el colectivo femenino, tradicionalmente responsable de las tareas del cuidado de los dependientes (niños, mayores, enfermos) y de la infraestructura material doméstica (cocina, ropa, etc.) amplía sus horizontes de elección más allá del hogar,  adquiere una información adecuada sobre los problemas medioambientales actuales y desarrolla una sana desconfianza hacia los discursos hegemónicos, aumenta su interés por el nuevo paradigma ecológico [2].

Puede decirse que mujeres y ecología no son sinónimos. Pero no es menos cierto que, estadísticamente, a nivel mundial, manifiestan sentirse particularmente atraídas por los temas ecológicos. En casi todos los países, la mayor parte de las bases del movimiento ecologista y el 98 % de los miembros de asociaciones dedicadas a la protección de animales son mujeres. También lo son quienes están asumiendo mayoritariamente las tareas de clasificación de residuos domésticos en el hogar para su posterior reciclado. Como para otros aspectos de las identidades de género, la realidad nos muestra gran  variedad de individuos y libertad de elección y autoconstrucción aunque también tendencias estadísticas que indican razones vinculadas con la pertenencia a un colectivo con ciertas funciones y características comunes.

Son varias las razones para que las mujeres nos sintamos directamente implicadas en la ecología: por nuestros papeles de consumidoras y trabajadoras preocupadas por nuestra salud y la de nuestros seres queridos;  por solidaridad con las mujeres pobres del Tercer Mundo, las más castigadas entre los pobres; y finalmente, por el reconocimiento y revalorización de prácticas del cuidado históricamente femeninas.

II. ¿Cuántos tóxicos llevas en el carrito de la compra?  

Existen problemas específicos para la salud de las mujeres que están conectados con la insostenibilidad del modelo de desarrollo vigente. Las mujeres no sólo sufren en todo el mundo la desigualdad social y política que se manifiesta en el ámbito laboral (techo de cristal, diferencias salariales, mayor índice de paro…), en las instituciones (escasa o nula representación femenina) y en la violencia de género (mutilaciones sexuales rituales, acoso sexual, violación en tiempos de guerra y de paz, feminicidios, muerte a manos de un hombre que no acepta la separación, etc). También están más afectadas por la contaminación medioambiental debido a ciertas características del cuerpo femenino. Su mayor vulnerabilidad se debe a la inestabilidad hormonal y al mayor porcentaje de tejido adiposo en comparación con los varones. Las sustancias  tóxicas se fijan en la grasa. Una persona que no se alimente con productos ecológicos puede llegar a consumir hasta cincuenta variedades de pesticidas por día.  Como nos recuerda el portal de Greenpeace [3], los compuestos de la industria petroquímica están en nuestro plato y en nuestros hogares. Productos agradables y aparentemente inofensivos como cosméticos, detergentes, jabones, perfumes, ambientadores, material informático, plásticos, pinturas,  etc, actúan como disruptores endocrinos peligrosos que afectan en primer lugar (aunque no exclusivamente) la salud de mujeres y de niñas y niños (incluso antes de nacer, en el seno materno). Las mujeres se ven afectadas en una proporción más elevada que los hombres por el síndrome de hipersensibilidad química múltiple (SHQM) [4]  que los médicos todavía siguen diagnosticando erradamente como  simple alergia y que rutinariamente atribuyen a la presencia de algún animal doméstico. Una vez más la naturaleza es designada como culpable, no la industria y sus intereses económicos nefastos para la salud. La pobre “mascota” termina en la calle, en la perrera municipal o, con suerte, en una protectora atendida por mujeres sensibles, generosas, desbordadas y sin recursos.

La Red Medioambiental de Mujeres advierte sobre la pasividad institucional ante el aumento del cáncer de mama en los últimos cincuenta años debido principalmente a estos disruptores endocrinos que actúan como xenoestrógenos [5] (sustancias químicamente similares al estrógeno femenino natural). La preocupación feminista  por la salud de las mujeres en una civilización que somete nuestros cuerpos a una tecnologización y un mercantilización sin límites conecta con los objetivos ecologistas. Autodefinida como organización de justicia medioambiental, Women’s voices for the Earth [6] se marca por misión contribuir a la igualdad entre los sexos y crear una sociedad más justa y sostenible. Sus campañas proponen modelos alternativos menos perjudiciales para la salud y el ecosistema, exigen leyes que limiten la contaminación y, en un sentido más general, plantean una transformación del paradigma productivista por su ceguera frente a las consecuencias negativas no inmediatas. En colaboración con otras asociaciones, buscan concienciar sobre los millones de toneladas de tóxicos que se liberan al medio ambiente y en particular sobre los cosméticos con ftalatos y las toxinas bioacumulativas (PBTs) presentes en los pesticidas y el PVC. Estas sustancias son particularmente inquietantes porque entran en la cadena alimentaria y ya han alcanzado el organismo humano.

III. Un asunto de interés propio y de solidaridad

No se trata sólo de cuidar la propia salud y la de los más cercanos. También es cuestión de solidaridad con los más desfavorecidos. El Colectivo de Mujeres de Boston, en la última edición en castellano de Nuestros cuerpos nuestras vidas (Plaza y Janés, 2000), anima a las mujeres a cuidar del medio ambiente y a permanecer atentas a los mensajes del propio cuerpo  cuando reacciona ante las agresiones químicas del medio ambiente. Combina la perspectiva de género con otras variables, subrayando la interconexión entre racismo, clasismo, división Norte/Sur y deterioro medioambiental. Existe una desigual distribución de los riesgos del desarrollo industrial actual. Baste recordar, como ejemplo, el holocausto de Bhopal, en la India, cuyas víctimas nunca fueron compensadas debidamente por las multinacionales químicas. La localización de fábricas contaminantes y vertederos de residuos peligrosos cerca de barrios pobres es una constante en prácticamente todos los países. Poco a poco nos está llegando información sobre las condiciones de trabajo de las obreras en economías emergentes como la de China: respiran emanaciones tóxicas en jornadas interminables, son despedidas si se desmayan varias veces en un mismo día y cobran salarios ridículos en relación con el precio que pagarán los consumidores de esos productos en el Primer Mundo.

Por su parte, la ecofeminista india Vandana Shiva y otras activistas han alzado su voz para mostrar el deterioro de las condiciones de vida de las mujeres rurales pobres del Tercer Mundo. Han denunciado el “mal desarrollo”, un desarrollo occidental que acaba con el cultivo de las huertas de subsistencia familiar, arrasa los bosques comunales y aniquila la biodiversidad. Obligadas a caminar kilómetros para buscar la leña que antes encontraban junto a su aldea y enfermas con nuevas dolencias debidas a la contaminación por pesticidas, conocen la cara siniestra de la “modernización” y terminan viviendo en los barrios chabolistas de las grandes capitales del Sur. Las palabras de la  feminista y cofundadora de Los Verdes alemanes, Petra Kelly, cobran cada vez más vigencia: “las poblaciones consumistas del Primer Mundo utilizan cantidades desproporcionadas de energía y de recursos y queman la mayor parte de los combustibles fósiles, contribuyendo así dramáticamente al efecto invernadero. (…) las selvas tropicales que quedan (…) están siendo destruidas para satisfacer los intereses de la deuda de los países pobres a los ricos” [7]. Aunque no coincido con la totalidad del  planteamiento de Shiva, creo que es imprescindible leer Abrazar la vida [8], el libro que la hizo famosa, o su último libro Para una democracia de la Tierra. También merece nuestro interés Cosecha robada, ensayo centrado en  la producción de alimentos y el poder de las grandes multinacionales que acaban con la economía de subsistencia y la autonomía de los campesinos. A su vez, la teóloga brasileña Ivone Gebara [9], nos recuerda que las mujeres pobres, sus hijos, los indígenas y los animales silvestres son las primeras víctimas de la destrucción de la selva amazónica.

IV. Una propuesta final

El ecofeminismo ilustrado que propongo no implica un rechazo de la ciencia y la tecnología que tantos beneficios y libertades nos ha traído. Pero tampoco recomienda una confianza ciega en los dictámenes  de los expertos.  Hasta hace poco nos aseguraban la inocuidad de la Terapia Hormonal Sustitutoria (THS) para la menopausia [10], hoy algunos nos dicen que no hay que inquietarse porque en otras épocas también cambió el clima o que los transgénicos son el único medio de vencer el hambre en el mundo.

Nunca debemos dejar de observar y reflexionar por nuestra cuenta. Exijamos la aplicación del principio de precaución, sobre todo cuando existe el peligro de desencadenar procesos destructivos que no admiten vuelta atrás y cuando no podemos ignorar la posibilidad de que intereses económicos, contrarios al bien común, estén manipulando la información.  Alcanzar una visión menos arrogante de nuestra realidad nos permite asumir que, el cuerpo humano, como el de otras criaturas, es Naturaleza. Por lo tanto, nos afecta lo que el complejo tecnocientífico de la civilización contemporánea hace al mundo natural. Las mujeres no somos “ángeles del ecosistema” ni representantes de la Naturaleza. Pero podemos instar a que las prácticas del cuidado, que tradicionalmente fueron sólo femeninas, se universalicen, es decir, sean también de los hombres, y se extiendan al mundo natural. Para su protección, que es también la nuestra.

Notas

[1] Para participar en sus programas educativos medioambientales en nuestro país, entrar en http://www.janegoodall.es/es/
[2] Ver Alicia H. Puleo, “Medio ambiente y naturaleza desde la perspectiva de género”, en Garrido, F., González de Molina, M., Serrano, J. L. y Solana, J. L. (eds.), El paradigma ecológico en las ciencias sociales, Con ensayos de E. Morin, G. Munda. M. Nardo, V. Toledo, A. Valencia, Icaria, Antrazyt, 2007, pp.227-252.
[3]  http://archivo.greenpeace.org/toxicos/html/home.html
[4] Colectivo de Mujeres de Boston, Nuestros cuerpos. Nuestras vidas, Edición castellana de The Boston Women´s Health Book Collective, Plaza y Janés, Barcelona, 2000, pp. 477-478.
[5] Sobre la incidencia de los factores medioambientales en el desarrollo del cáncer de mama, puede consultarse el trabajo de la médica endocrinóloga Carme Valls Llobet: (http://mys.matriz.net/mys18/18_11.htm)
[6] http://www.womenandlife.org
[7] Petra Kelly, Por un futuro alternativo, trad. Agustín López y María Tabuyo, Paidós, Barcelona, 1997, p.151.
[8] Vandana Shiva, Abrazar la vida. Mujer, ecología y desarrollo, trad. Instituto del Tercer Mundo de Montevideo (Uruguay), Cuadernos inacabados 18, ed. horas y HORAS, Madrid, 1995;  Cosecha robada. El secuestro del suministro mundial de alimentos, trad. Albino Santos,  Paidós, Barcelona, 2003; Manifiesto para una democracia de la Tierra. Justicia, sostenibilidad y paz, trad. Albino Santos, Paidós, Barcelona, 2006.
[9] Gebara, Ivone, Intuiciones ecofeministas. Ensayo para repensar el conocimiento y la religión, trad. Graciela Pujol, ed. Trotta, Madrid, 2000.
[10] Estudios suecos independientes con respecto a las multinacionales farmacéuticas,  descubrieron tempranamente que el riesgo relativo de cáncer de mama aumenta entre un 35 y un 60% en las mujeres que reciben THS durante cinco años o más. A principios de los noventa, feministas como Germaine Greer se hicieron eco de estas advertencias. Por fin, en el año 2003, un estudio publicado en el Journal of the American Medical Association las corroboraba.

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