Política y Sociedad

Published on abril 6th, 2021 | by EcoPolítica

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Política científica. Dar sentido a la ciencia

Por Eduard Güell [1]

La relación entre política y ciencia comienza en el intento de dar respuesta a la voluntad de responsabilizarnos de la incertidumbre. Es, de hecho, una relación compleja. La ciencia sabemos que no es neutra, tiene efectos en el colectivo, a veces negativos acelerando las desigualdades, y el modo en que se orienta responde a determinadas formas de entender la sociedad. La orientación en la toma de decisiones en ciencia es una decisión política significativa, de gran alcance social, y la ausencia de debate también tiene efectos. El debate sobre política científica se ha invisibilizado en los parlamentos, en parte gracias a la objetividad con la que se reviste lo científico y en parte gracias a los consensos que de esta objetividad se derivan; y esta invisibilización contribuye a reforzar el statu quo. Esta falta de politización de la ciencia nos priva de muchos de los debates ausentes en la actualidad. En un momento en el que desconocemos muchos de los efectos que está teniendo la pandemia a la que los estados pudientes están dando una gran respuesta autárquica (principalmente biomédica y farmacológica), en un marco general de emergencia climática, posiblemente sea imprudente plantearse para qué investigar, quiénes se van a beneficiar más de los efectos de una innovación y quiénes menos, o en qué grado una medida concreta permite avanzar hacia la consecución de un reto social o medioambiental; o precisamente es lo necesario, lo prudente. Hasta ahora, la política en ciencia partía de dos principios: el modelo lineal y la autonomía de la actividad científica. Estos principios se han demostrado como límites a la hora de que la política científica convierta la investigación en una fuerza progresista para la sociedad.

La relación entre ciencia y política es tensa. La actividad científica (esto es, la búsqueda sistematizada de conocimiento) y la política aparecen como líneas paralelas que, por necesidad, deben encontrarse así como en chispazos. Sin embargo, esta es una visión que deja demasiados ángulos muertos. La relación entre ciencia y política no se define entre lo político y la verdad, sino más bien entre lo político y la legitimidad; y la legitimidad se encuentra, por definición, en permanente tensión. Por ello, lo que hace interesante esta relación es que ambas esferas se necesitan: la política requiere de los consensos que la ciencia, por sus métodos, consigue, y la ciencia necesita de la institucionalidad para organizarse y ordenarse, para ser traducible. Pese a que haya quien reclame la autonomía de ambas actividades, la autonomía es un mito y, parafraseando a John Donne, en realidad “nada es una isla”.

Esta visión autónoma de lo científico se desarrolla en La república de la ciencia, un texto de gran influencia de Michael Polanyi. En este artículo de 1962, Michael Polanyi defiende un modelo en el que la ciencia debe funcionar como el libre mercado. El argumento reza que la libre e independiente iniciativa de los científicos asegura la organización más eficiente posible del progreso científico. Esta proyección idealizada de los científicos, como héroes creadores, tiene sus raíces en la idea de «las riquezas de la Casa de Salomón» en La Nueva Atlántida, el proyecto racional de Francis Bacon. Bajo esta visión, la creación independiente y heroica del científico es genealógica, y se inserta en un supuesto modelo lineal que entiende la ciencia como una cadena lógica entre la básica, la innovación y el beneficio social. La creencia en la relación causal entre ciencia básica y beneficio social es clave para justificar el modelo lineal. Este modelo ha sido la axiología subyacente en la política científica dominante, al menos desde 1945 cuando Vannevar Bush presentó el informe Science: The Endless Frontier al presidente Roosevelt. El modelo lineal ha sido ampliamente contestado demostrando que los científicos no son entes aislados, sino en contacto con otros actores, situados en un contexto cultural, institucional y económico determinado, y su trabajo está influido e influye en su entorno. Además, la justificación principal de la investigación no debe ser que haya un vacío de conocimiento, como sostiene el modelo lineal, sino que este vacío sea socialmente relevante. Este es el giro necesario en política científica.

Por otro lado, la distinción entre ciencia y política es una percepción que se formalizó, por sus efectos, cuando Harvey Brooks (reconocido físico y asesor científico de los presidentes Eisenhower, Kennedy y Johnson) diferenció entre la “ciencia para la política”, el uso del conocimiento para informar en el proceso de toma de decisiones, y la “política para la ciencia”, la toma de decisiones sobre las estructuras y la financiación de la investigación. Esta distinción se ha demostrado borrosa, son actividades inextricablemente conectadas. Las políticas en ciencia afectan y delimitan el mismo conocimiento disponible para el decisor. En consecuencia, no existe tal diferenciación ya que el mismo proceso de toma de decisiones está informado por la ‘ciencia disponible’, creando así un círculo entre uso y generación de conocimiento.

La división entre ciencia y política y el modelo lineal están en el acervo y la vemos, por ejemplo, en ficciones como El Ala Oeste de la Casa Blanca, cuando Joey Lucas le dice a Sam Seaborn que el gobierno no debe entrometerse en la investigación científica, en una discusión sobre introducir en el discurso del estado de la nación que antes de que terminara la década habría una cura contra el cáncer. De hecho, aunque la crítica constructivista y la influencia de la obra de Bruno Latour, Michel Callon y la sociología de la ciencia, y las epistemologías feministas y la obra de Sandra Harding o Donna Haraway transforman la misma concepción de conocimiento, el anterior sigue siendo el modelo predominante. Por ello es necesario seguir defendiendo una nueva relación entre ciencia y política, una relación que esté anclada en las necesidades sociales y medioambientales, que democratice la ciencia al mismo tiempo que la ciencia incide en lo político.

En las decisiones de emergencia que se están tomando durante la pandemia se nos advierte sobre los peligros de politizarlas. Ante la perplejidad, el abotargamiento de la reflexión. Se exige una ciudadanía pasiva que tenga un papel de “súbditos razonables que evitan muertes”. Pero la sindemia, término propuesto por Merril Singer que evidencia las interacciones biológicas y sociales y que define mejor el momento presente, nos interpela haciendo emerger debates políticos de calado: qué colectivos son los más damnificados, cómo transformamos el sistema económico después del shock, cómo protegemos y ampliamos la sanidad pública… en definitiva, cómo convivimos durante la emergencia y cómo queremos salir de ella. La política nos ofrece las razones para actuar y también para prestar atención a lo que queda excluido, la atención a lo otro. El ejemplo de esto último es el olvido hacia la salud mental, el olvido de la investigación hacia enfermedades como la fibromialgia o hacia la relación entre el calentamiento global y la salud. Vale la pena detenerse en la endometriosis, enfermedad que afecta a más de 175 millones de mujeres de la cual a día de hoy se desconoce qué la causa y no existe ningún tratamiento eficaz. La orientación en política científica importa.

Las decisiones a tomar son complejas, existiendo diferentes perspectivas fundamentadas en conocimiento científico relevante e incluso con diferentes visiones. La escucha mediada, curada, debe ser una disposición básica tanto para lo científico como para lo político. Esto es, crear flujos de conocimiento, como dice Fernando Broncano. Ofrecer más alternativas políticas que redibujan posibilidades es lo que debe fundamentar el asesoramiento científico en democracia. Es, por tanto, un motivo de celebración la puesta en marcha de la Oficina de Ciencia y Tecnología del Congreso, gracias a la iniciativa ciudadana Ciencia en el Parlamento.

Uno de los efectos del modelo lineal y de la división entre ciencia y política que de una manera más urgente debemos abordar es la desigualdad. La innovación es, generalmente, regresiva: los beneficios tienden a crecer a medida que aumenta la renta, mientras que los impactos negativos, como el desempleo o la contaminación, afectan en mayor proporción a la población más pobre. La asunción de que sus beneficios se reparten por igual no es cierta, influyendo también la incapacidad de absorber nuevo conocimiento por falta de medios tanto materiales como cognitivos. La imagen podría ser la de la película de Tati, Mi tío, donde contrasta un barrio sin asfaltar con esa casa pomposa en su minimalismo donde es fácil sentir miedo al entrar en esa cocina automatizada con los gadgets más absurdos. La imagen actual es la vacunación a nivel global contra la Covid-19. En este sentido cabe destacar un concepto clave en política científica, la direccionalidad. La direccionalidad significa que una política científica determinada considera las consecuencias sociales y medioambientales de cada posible opción y escoge aquella que mejor fomente los efectos esperados acorde a los principios que la motivan. En el ámbito medioambiental se puede comprobar la falta de direccionalidad. Aunque contamos con evidencias sólidas sobre las consecuencias del calentamiento global, nuestra verdadera espada de Damocles, éstas no se acompañan de políticas energéticas decididas.

Ante el diagnóstico y el horizonte a seguir -este es, la reconciliación entre ciencia y política para orientar el conocimiento a la satisfacción de necesidades sociales y medioambientales- me atrevo a apuntar dos posibles pequeñas vías de acción. Por un lado, la participación. Incluir tanto en la definición de prioridades de investigación como en la gobernanza del sistema la interrelación entre ciudadanía, pacientes y asociaciones. Existen buenos ejemplos. En segundo lugar, la evaluación. Diseñar modelos de evaluación del impacto social de los programas y proyectos científicos, que a la vez sean formativos e informen en tiempo real a los decisores sobre los efectos del programa o proyecto en cuestión; también hay ejemplos

En conclusión, aunque podamos intuir que “saber y no saber, es lo mismo, porque el fin de la ciencia es el abismo” que rimaba Ramón de Campoamor, aún con esa losa, ese famoso abismo es necesario para percutir sobre los ideales de justicia y fraternidad. Es decir, la ciencia nos sirve. Nos sirve no tanto el conocimiento en sí mismo, la ciencia nos sirve porque su comprensión nos responsabiliza, nos da sentido. La proliferación de conocimientos y la expansión de su difusión también ha ido de la mano de su anverso, de la desinformación; de un tiempo a esta parte, acelerado por la pandemia, hay una vuelta al misticismo, un eclipse, que ha entrado en los parlamentos. Esperemos que no todo se vaya con el huracán.


Notas

[1] Eduard Güell (L’Hospitalet de Llobregat, 1990). Doctorando en política científica en INGENIO (CSIC-UPV) y la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Máster en filosofía política por la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y licenciado en ciencias políticas por la misma universidad con estancia en Sciences Po (Paris). Ha trabajado en el Instituto de Salud Carlos III en el área de programas internacionales y en la agencia AQuAS de calidad y evaluación sanitarias. 

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