Filosofía

Published on enero 16th, 2019 | by EcoPolítica

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Sobre el amor libre

Por Luis Esteban Rubio [1]

A Amarilis

Introducción

Según menciona Alain Badiou en su Elogio del amordecía Platón: “quien no comience por el amor, jamás sabrá lo que es la filosofía”. Por su parte, Émile Armand, en «El amor entre anarcoindividualistas», señalaba que el amor es «tan analizable como cualquier otra facultad humana» y que toda persona ha de reivindicar «la absoluta facultad de adherirse a la tendencia amorosa que pueda responder mejor a su temperamento, favorecer su desarrollo y corresponder a sus aspiraciones».

Con este espíritu, y desde la puesta también en valor de nuestra similitud genética con los bonobos, el presente artículo tiene un doble objetivo: por un lado, mostrar que el análisis del amor es positivo para la construcción de relaciones sexoafectivas satisfactorias; y, por otro, defender que la propuesta de relación del amor libre es lo suficientemente sólida, seria y madura como para poder ser explorada y desarrollada a lo largo de toda la vida. Para ello, en un primer apartado, se expondrán las distintas fases de las reflexiones personales que me han conducido al amor libre; y, en el segundo apartado, se defenderá cómo el amor libre, superando los retos a los que se enfrenta, puede alcanzar una alta solidez como modelo de relación sexoafectiva.

Antes de comenzar, se hace preciso no obstante realizar cuatro aclaraciones:

En primer lugar, y aunque los términos «amor libre» y «poliamor» puedan actuar como sinónimos, se prefiere la utilización del primero sobre la base de dos motivos: por un lado, debido a la positiva carga simbólica que posee históricamente el mismo; y, por otro, porque considero que el término «amor libre» también podría englobar a la anarquía relacional. De esta manera, cuando a lo largo del artículo hable de «relaciones de amor libre» estaré haciendo referencia de forma general a relaciones que pueden ser de amor libre jerárquico, de amor libre horizontal o de anarquía relacional.

En segundo lugar, se ha de diferenciar entre «amor libre» y «relación abierta»: el término «amor libre» se suele utilizar para aquellos modelos de relación sexoafectiva en los cuales se puede tener más de una relación sexoafectiva (relación en la que hay tanto sexo como vínculo afectivo); mientras que el término «relación abierta» se utiliza más bien de forma general para referirse a la relación sexoafectiva que acuerda la posibilidad de tener relaciones sexuales, pero no relaciones sexoafectivas, fuera de aquélla.

En tercer lugar, se ha de resaltar que tanto el camino hacia el amor libre como el modelo del mismo que se presentarán en el primer apartado corresponden a trayectorias y opciones personales y no pretenden ser más que un ejemplo de la alta variedad de posibilidades que se pueden dar en las relaciones de amor libre. Sin embargo, la exposición y resolución de los retos del segundo apartado sí buscarían tener cierta pretensión de universalidad.

Por último, en el presente artículo, y principalmente en el primer apartado, se exponen reflexiones llevadas a cabo a partir de experiencias personales pero en ningún momento se describen estas experiencias. El motivo básico: el respeto a la intimidad tanto de uno mismo como, sobre todo, de las otras personas. El artículo puede dar así la impresión de cierta frialdad a pesar de estar abordando un tema como el amor. Sin embargo, que no se equivoque el·la lector·a, pues es La Joie de vivre, como se titula el cuadro de Henri Mattise que ilustra el artículo, lo que ha impulsado todas y cada una de las reflexiones aquí vertidas.

I. Un camino hacia el amor libre

A. Primera fase: la semilla del amor libre

Por estas fechas hace ya siete años comencé a leer en París las memorias resumidas de la que puede ser considerada la mujer más importante de la historia del anarquismo internacional, Emma Goldman. En De l’amour et des bombes. Épopée d’une anarchiste me encontré por primera vez con la idea y la práctica del amor libre. Y todavía recuerdo vívamente la grata impresión que me causaron estas palabras:

Durante esas semanas, Fedya y yo nos hicimos amantes. Cada vez tenía más claro que mis sentimientos por Fedya no podían compararse con mi amor por Sasha. Cada uno despertaba emociones distintas en mi ser, me llevaba a mundos diferentes. No creaban conflicto, sólo me aportaban plenitud.

Le hablé a Sasha de mi amor por Fedya. Su respuesta fue más grande y hermosa de lo que había esperado. «Creo en tu libertad de amar», dijo.

En ellas se concentra el núcleo del amor libre: (1) los seres humanos, por naturaleza, podemos tener sentimientos (no sólo deseo sexual) por más de una persona a la vez; (2) los seres humanos disfrutamos de la libertad para, siempre que las partes estén de acuerdo, poder buscar el desarrollo de relaciones sexoafectivas con más de una persona.

Sin embargo, aquella lectura no fue un torrente que cambió mi visión tradicional de las relaciones de la noche a la mañana, el amor libre me parecía una idea muy atractiva en la teoría pero extremadamente complicada, principalmente por la cuestión de los celos, para llevar a la práctica. No obstante, aprendí algo de suma importancia: no me tenía que sentir culpable si en algún momento estaba con una persona y llegaba a tener también sentimientos por otra·s.

B. Segunda fase: amores sucesivos

En un segundo momento, y sobre la base de la experiencia personal, comencé a reflexionar sobre el porqué de la usual reducción sustancial (nunca desaparición completa) de la pasión por la otra persona con el paso del tiempo. Igualmente, si ello era normalmente así, ¿cuál podría ser entonces un modelo de relación acorde con dicha situación? Para intentar responder a esta pregunta me adentré en El arte de amar de Erich Fromm. Si bien en éste no hallé demasiadas respuestas, en el apartado de «amor erótico» sí pude al menos corroborar (con matices [2]) que, tras un tiempo, la pasión se reduce y se tiende por ello a buscar la experiencia de enamorarse en otra persona. Hallé así en Fromm la descripción de una realidad más allá de la valoración que éste hiciera de la misma.

Por su parte, tanto el tiempo como los grados son variables, pero, en mi experiencia personal, la pasión puede llegar a durar años en niveles sustanciales e incluso mantenerse a pesar de que la relación se termine por otros motivos. Igualmente, y aunque de manera general la pasión tienda a reducirse en la relación con el paso de los años, también puede fluir en una u otra dirección en el marco de esa tendencia descendente habitual [3].

Sobre esta base, comencé a considerar que quizás el mejor modelo fuera entonces una suerte de relaciones sexoafectivas sucesivas (lo que se conoce como monogamia sucesiva, serial o seriada). Es decir, conectas física y mentalmente con una persona, te enamoras, compartes intensamente durante años una parte de tu vida con ella y, cuando la pasión se reduce a niveles bajos (situación ordinaria que tiende a suceder y de la cual ambas partes serían pues plenamente conscientes), se pone fin a la relación. No obstante, el hecho de perder la pasión por una persona no significaría que quisieras que la misma, con la que has vivido y compartido tanto, desapareciese de tu vida; con los tiempos, espacios y conversaciones oportunas, lo ideal sería que pudiese seguir formando parte de tu entorno cercano.

Desconocía hasta hace poco las teorías sobre el amor de Robert J. Sternberg, uno de los principales psicólogos contemporáneos en Estados Unidos, pero algunos de sus postulados han venido a dotar de estructura a estas ideas y reflexiones. En su obra El triángulo del amor plantea, con un reduccionismo que parece funcionar de forma general, que el amor tiene principalmente tres componentes: la intimidad, la pasión y el compromiso [4]. Diferentes formas de amor tendrían diferentes combinaciones y diferentes grados en cada elemento [5]. Y el amor completo, lo que él llama «amor consumado», sería aquél que tuviera los tres elementos mencionados en grados elevados. Sirviéndome de la terminología de Sternberg, lo que comencé así a interiorizar en esta segunda fase fue pues lo siguiente: quizás el modelo ideal de relación fuera aquél que permitiera disfrutar del amor completo y que, cuando se redujera sustancialmente la pasión, no estuviera dispuesto a seguir con una relación sexoafectiva en la que sólo existieran principalmente la intimidad y el compromiso. Con anterioridad a tal reducción de la pasión, el compromiso con el desarrollo de la relación de amor completo sería total, pero siempre teniendo en cuenta que, dado que la pasión suele reducirse sustancialmente con el paso del tiempo, es difícil realizar promesas de «amor para toda la vida».

Por último, y con el objetivo de que haya el menor número dudas posible respecto a mi posición en esta cuestión, me gustaría también dejar anotada una distinción personal entre «amar» y «querer»: «amar» tendría para mí, y al menos, los elementos de intimidad y pasión; mientras que «querer» no tendría el elemento de la pasión, pero sí los otros dos. Se amaría así a la persona con la que se tiene una relación de amor completo (intimidad, pasión y compromiso) o de amor romántico (intimidad y pasión), pero se querría a la familia, a los·as amigos·as y a la·s persona·s con la·s que tienes mucha intimidad a pesar de haberse perdido la pasión. De esta manera, se puede observar que no reduzco el amor a la pasión sino que lo considero como una combinación de, al menos, intimidad y pasión.

C. Tercera fase: amor libre

La experiencia personal me llevó más adelante a tener un punto de inflexión a partir del cual la idea de amores sucesivos comenzó a parecerme insuficiente. Desde ese momento, empecé a querer saber más sobre aquel amor libre que había descubierto en París. Varias lecturas introductorias fueron entonces esenciales: «Matrimonio y amor» de Emma Goldman; «Celos. Causa y posible cura» también de Emma Goldman; «El manifiesto de la anarquía relacional» de Andie Nordgren y su distinción respecto al amor libre jerárquico y al amor libre horizontal; «Anarquía relacional, según Roma»; la edición en castellano de la biografía de Petra Kelly escrita por Sara Parkin (y que desde EcoPolítica habíamos publicado en Clave Intelectual); y el artículo mencionado previamente de Émile Armand.

Igualmente, por esa misma época tuve por primera vez conocimiento de la filosofía del absurdo de Albert Camus y había también comenzado a profundizar en el hedonismo ético a partir principalmente de los distintos volúmenes de la Contrahistoria de la filosofía de Michel Onfray; resultándome de particular simpatía la figura de Filodemo de Gadara y, con ello, el segundo epicureísmo (el romano – más jovial y menos austero que el griego).

De esta manera, las reflexiones alrededor de la experiencia personal y de los postulados del amor libre, de la filosofía del absurdo y del hedonismo ético, me fueron conduciendo progresivamente a la siguiente idea: si en algún momento futuro comenzase una nueva relación sexoafectiva, querría explorar en la práctica el amor libre. La oportunidad no se hizo esperar y, seis años después de plantarse aquella semilla en París, había comenzado a explorar en la práctica el amor libre. Desde entonces ha pasado ya un año y, por el momento, puedo afirmar alegremente que he encontrado mi modelo en un relación de amor libre horizontal cercana a la anarquía relacional. En la actualidad éstas serían sus cinco principales características:

1. Combinación horizontal de amores completos sucesivos y paralelos.

2. Posibilidad de tener relaciones sexuales ocasionales y de desarrollar relaciones sexoafectivas que, por diferentes circunstancias (combinación de elementos, grados de intensidad, etc.), no lleguen a ser de amor completo.

3. Las relaciones de amor completo no tienen por qué estar jerárquicamente por encima de las relaciones de amistad.

4. Las relaciones de amor completo no tienen por qué ser el espacio privilegiado donde desarrollar la convivencia a largo plazo, la crianza o la economía compartida.

5. Las relaciones sexoafectivas (y principalmente las de amor completo) dan mucho sentido a la vida pero no son los únicos elementos que dan sentido a la misma. Por este motivo, una visión integral de dicho sentido habría de girar también de forma equilibrada, y al menos, entorno a (a) el resto de seres queridos, (b) los proyectos personales (laborales, formativos, etc.), (c) diversas actividades (artísticas, deportivas, etc.) y (d) los «asuntos de la polis» (pensamiento y acción en el devenir de la sociedad multinivel).

II. Principales retos

A mi juicio, las personas que se adentran en la exploración del amor libre se deben enfrentar principalmente a los siguientes retos: (1) construir dinámicas sólidas de funcionamiento; (2) construir relaciones de amor libre en su versión libertaria; (3) construir una fuerte de red de cuidados; y (4) proyectarse no sólo en la esfera privada sino también en la esfera privada/pública y en la esfera pública. Para afrontarlos, y al igual que ante todos los retos de la vida, defiendo la adopción de una actitud vital que, como «Sísifos felices», integre de forma equilibrada tres géneros de la Antigua Grecia: la épica (búsqueda del logro de una gran hazaña con energía, ilusión, fuerza y tenacidad), la tragedia (caída del héroe/heroína, sufrimiento, introspección y aprendizaje – anagnórisis) y la comedia (la vida, pese a todas las dificultades, merece la pena ser vivida).

A. Primer reto: construir dinámicas sólidas de funcionamiento

Frente a celos, inseguridades, mentiras o infidelidades, el amor libre pone en máximo valor, para ser viable, la construcción de dinámicas sólidas alrededor del respeto a la libertad de la otra persona, la seguridad en uno mismo, la sinceridad, la comunicación fluida y la fidelidad a los acuerdos mínimos (y siempre revisables) que se hayan consensuado en cada caso. Dichas cuestiones las he podido trabajar principalmente tanto en la propia práctica del amor libre como, a nivel teórico, a partir de: Ética promiscua de Dossie Easton y Janet Hardy; «El poliamor ‘is the new black’» de Brigitte Vasallo; así como a partir de tres textos ya mencionados previamente: «El manifiesto de la anarquía relacional» de Andie Nordgren, “Celos. Causa y posible cura” de Emma Goldman y “El amor entre anarcoindividualistas” de Émile Armand.

No obstante, hay que ser conscientes de que la mayoría de las dinámicas negativas suelen ser lo suficientemente fuertes como para no desaparecer de la noche a la mañana. Como señalaba Brigitte Vasallo en el artículo mencionado: «Desde la ruptura formal de la monogamia hasta la construcción de relaciones no monógamas hay un abismo». Por ello, si en diferentes ocasiones se vuelven a reproducir en la práctica elementos negativos como celos, inseguridades, mentiras o infidelidades a los acuerdos mínimos, se ha de reconocer el hecho, analizarlo individualmente y en conversación con la·s pareja·s, y aprender humildemente de ello. Tras dicho reconocimiento, introspección, conversación y aprendizaje, se podrá continuar con más experiencia y confianza la exploración del amor libre. De esta forma, la exploración del amor libre precisa, como toda exploración, tanto de un necesario continuo entre acción y reflexión, como de una interiorización de que el camino no tiene por qué ser fácil.

B. Segundo reto: construir relaciones de amor libre en su versión libertaria

Antes de abordar propiamente el reto, se considera fundamental distinguir entre el término «libertario» y el de «libertariano». El término “libertario” fue utilizado por primera vez por anarquistas franceses (libertaire) a mediados del siglo XIX como sinónimo de anarquista y, desde entonces, su uso se extendió con dicho significado. Por su parte, y si bien inicialmente el término inglés libertarian era también sinónimo de anarquista, a partir de mediados del siglo XX empieza a utilizarse de manera general en Estados Unidos para hacer referencia a ultraliberales como Robert Nozick (autor de Anarquía, Estado y Utopía). De esta forma, mientras (1) en las lenguas romances el término “libertario” sigue siendo sinónimo, por lo general, de anarquista, (2) en inglés, el término “libertarian” es sinónimo, de manera general, de ultraliberal. Por este motivo, y para evitar en castellano, y también en las lenguas romances, la apropiación del término “libertario” por parte de los ultraliberales, se defiende la distinción entre (1) “libertario” como sinónimo de anarquista (con los importantes matices señalados por Carlos Taibo en su obra Repensar la anarquía[6], y (2) “libertariano” (fonéticamente más cercano a “libertarian”) como sinónimo de ultraliberal.

Partiendo de esta aclaración, existirían en el amor libre dos posibles versiones: la libertaria y la neoliberal. Respecto a esta última, señala Brigitte Vasallo en su artículo «Romper la monogamia como apuesta política»:

Las relaciones no-monógamas son también el refugio y la excusa perfecta para el individualismo emocional, para esconder bajo una pose moderna la incapacidad para el compromiso con la vida misma: amar a mucha gente para en el fondo no tener que amar a nadie.

Del mismo modo que la posesión de los cuerpos y deseos ajenos forma parte del capitalismo emocional, la desvinculación de los mismos también lo es, pues comparte con ella la cosificación, el usar y tirar: las personas y los cuerpos como puro objeto de consumo, como entes substituibles.

Frente a ello se construye de forma positiva la versión libertaria (siempre diversa) del amor libre. Y curiosamente, en dicha construcción, pueden servir como referencia dos máximas de éticas, en general, contrapuestas. Desde una ética teleológica, Michel Onfray destaca en su Manifiesto hedonista la siguiente máxima de Nicolas Chamfort: «Jouis et fais jouir, sans faire de mal ni à toi ni à personne, voilà, je crois, toute la morale» (Disfruta y haz disfrutar sin hacerte daño a ti mismo y sin hacer daño a nadie, he ahí, creo, la base de toda moral). Por su parte, desde la ética deontológica, Immanuel Kant, en su Fundamentación para una metafísica de las costumbres, sostenía: «Los seres racionales están todos bajo la ley de que cada cual no debe tratarse a sí mismo ni a los demás nunca simplemente como medio, sino siempre al mismo tiempo como un fin en sí mismo». En la versión libertaria de las relaciones de amor libre debe haber así siempre una concepción integral de uno mismo y de la·s otra·s persona·s, un respeto a la dignidad de uno mismo y de la·s otra·s persona·s, y unos cuidados y preocupación sincera por el bienestar  (físico, psíquico, emocional, etc.) de uno mismo y de la·s otra·s persona·s.

Por último, para trabajar sobre estas cuestiones me han resultado de particular ayuda, además de la reflexión permanente sobre la experiencia práctica, tanto la relación de solidaridad y cuidados que mantenían Emma Goldman y Alexander Berkman (Sasha), como las siguientes lecturas: Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección de Ana de Miguel; Amor líquido de Zygmunt Bauman; el intercambio de ideas que tuvo lugar en eldiario.es entre José Saturnino Martínez García («Poliamor: ¿amor libre o neoliberal?») y Juan Carmona Zabala («El poliamor no es neoliberalismo»); y el último artículo mencionado de Brigitte Vasallo.

C. Tercer reto: la construcción de una fuerte red de cuidados

Experimentando que el amor libre es posible en la práctica, se hace preciso reflexionar también sobre los retos que enfrentarían dichos modelos de relación a medio y largo plazo. En este sentido, y a mi juicio, existiría uno principal: la construcción de una fuerte red de cuidados. Este es un reto esencial si se tiene en cuenta que el amor libre rompe con la familia nuclear tradicional de las sociedades occidentales contemporáneas (madre, padre, hijo·a·s; madre, madre, hijo·a·s; o padre, padre, hijo·a·s). Las redes de cuidados en el modelo de familia nuclear tradicional están claras: el peso principal de responsabilidades ante situaciones de enfermedad, necesidad económica, etc. lo lleva la familia nuclear, ya sea la de origen (la familia en donde uno nace y crece) o la de procreación (la que se forma cuando una persona se casa y tiene hijo·a·s). Sin embargo, en las relaciones de amor libre la red de cuidados no viene dada de forma clara y ha de construirse.

No obstante, el objetivo de la construcción de dicha red no es sólo garantizar el cuidado en momentos de enfermedad, necesidad económica, etc. (lo cual, en teoría, debería ser garantizado materialmente por la comunidad política en forma de derechos sociales), sino también garantizar que no suceda lo que se puede observar en el documental La teoría sueca del amor de Erik Gandini, es decir, la soledad. Por muy tendencioso que en algunos momentos pueda resultar dicho documental, es triste y revelador observar la soledad de individuos que se autoconsideran ontológicamente independientes en lugar de interdependientes.

Ante dicha situación, considero que la solución para la construcción de una fuerte red de cuidados no estaría tanto en la ruptura con la idea de familia, como en la construcción de múltiples y diversos modelos de familia (más allá por tanto de la existencia de un único modelo de familia – la familia nuclear) que se ajustaran a las voluntades y compromisos de las partes. Y ésto es precisamente lo que Margaret Mead, la mayor antropóloga de la historia, defendía ya desde hace medio siglo. En el documental The Family Lifestyles of the Futureque ella misma protagonizó, Margaret Mead no sólo se limitaba a mostrar una realidad en la que ya existían diversos modelos de familia (muy diferentes todos ellos al de la familia nuclear tradicional), sino que también animaba precisamente a seguir explorando nuevos y diversos modelos de familia para que éstos se ajustasen a los deseos y voluntades de cada ser humano. Margaret Mead mostraba así cómo la plasticidad de nuestra naturaleza humana nos puede conducir también, en lo que respecta a modelos de familia, a una altísima diversidad. De esta manera, correspondería a cada relación de amor libre el construir su modelo de familia [7].

En este punto, cabe ser igualmente recordado que las personas que simpatizamos con la anarquía relacional consideramos que las relaciones de amor completo no tienen por qué ser necesariamente el espacio privilegiado donde desarrollar la convivencia a largo plazo, la crianza o la economía compartida. Es decir, no tienen por qué ser necesariamente el espacio privilegiado donde construir un modelo de familia. Esto no significa que se rechace la posibilidad perfectamente plausible de que se desarrolle un determinado modelo de familia con personas con las que se tiene una relación de amor completo, pero sí se enfatiza el hecho de que no necesariamente tiene por qué ser así.

Por otra parte, y además del nuevo modelo de familia que se desarrolle, la construcción de una red fuerte de cuidados pasa también por fortalecer los vínculos con el resto de seres queridos: madres, padres, hermanos·as, abuelos·as, primos·as, tíos·as, amigos·as e incluso amores completos del pasado con los que se acabó la pasión pero sigue existiendo una alta intimidad.

Por último, y en relación con la construcción de una red fuerte de cuidados y de nuevos modelos de familia, se encuentra también la cuestión de los aparentes, y enfatizo lo de aparentes, choques de proyectos vitales entre unas parejas y otras. Ejemplo hipotético: una persona tiene dos parejas en la misma ciudad, una de ellas se muda a otro país y ésta le pregunta a aquélla si quiere irse con ella. En efecto, existe un choque de proyectos vitales. Sin embargo, y aunque a primera vista dicho choque pueda parecer únicamente una elección entre una pareja y otra, no necesariamente es así. Si, como mencionábamos antes, consideramos que el sentido de la vida ha de girar no sólo entorno a las relaciones sexoafectivas, sino también de forma proporcional y equilibrada entorno a, al menos, el resto de seres queridos, los proyectos personales (laborales, formativos, etc.), diversas actividades (artísticas, deportivas, etc.) y los «asuntos de la polis», se diluye la ilusión de que el choque sea únicamente entre una pareja y otra. El choque se produce, sí, pero es entre la mayoría de elementos que en ese momento y lugar dan sentido a una vida, por un lado, y la persona amada que se muda a otro país, por otro. Imagine el lector que la persona a la que se pregunta si quiere mudarse a otro país todavía no ha construido su modelo de familia pero: (1) tiene unos padres que van progresivamente envejeciendo y de los cuales quiere estar geográficamente cerca; (2) disfruta de una red de amigos muy fuerte en la ciudad donde reside; (3) posee un trabajo con el que se siente realizado; (4) forma parte de algún grupo artístico y deportivo; (5) participa en movimientos sociales y políticos; (6) le encanta la ciudad en la que vive; y (7) además, en esa ciudad, hay otra persona con la cual tiene también una relación de amor completo. Como diría Jean-Paul Sartre, esa persona está condenada a ser libre, está condenada a elegir, pero sería iluso creer que esa persona sólo va a decidir pensando entre una pareja y otra. No obstante, y aunque en última instancia la persona siempre será libre de tomar cualquier decisión, los (siempre revisables) acuerdos y compromisos mínimos acordados con las distintas parejas, pueden hacer también referencia a este tipo de situaciones con el objetivo de que todas las partes sean conscientes de qué ocurriría de forma ordinaria en caso de producirse determinadas situaciones; situaciones, por otra parte, que no serían demasiado numerosas: cohabitación en la misma ciudad, mudanza a otra ciudad u otro país y tener hijo·a·s (en caso de que así se quiera – y que por ejemplo no es mi caso).

D. Cuarto reto: proyectarse no sólo en la esfera privada sino también en la esfera privada/pública y en la esfera pública

En su artículo «Democracia como procedimiento y como régimen», y basándose tanto en el griego antiguo como en la práctica política de los atenienses, apostaba Cornelius Castoriadis por la idoneidad de una rica distinción entre esfera privada (oikós), esfera privada/pública (agorá) y esfera pública (ecclesia). El oikós correspondería con «la casa familia»; el agorá con «el mercado-lugar de reunión, […] el campo en el que los individuos se encuentran libremente, discuten, contratan recíprocamente, publican y compran libros, etc.»; por último, la ecclesia «es el lugar del poder, el campo público/público». Las personas que se encuentren en relaciones de amor libre, y debido a que por ello quizás tengan un mayor peso del oikós en sus vidas, deben, como seres sociales interdependientes, proyectarse también tanto hacia el agorá como hacia la ecclesia. A mi juicio, dos serían las causas principales para la necesidad de esta proyección:

En primer lugar, las personas que estén construyendo nuevos modelos de relaciones desde el amor libre deberían aspirar ya no sólo a un espacio de libertad individual para el desarrollo de los mismos, sino también a una transformación cultural a través de la cual ya no sólo se acepte social y jurídicamente la relación monógama y la familia nuclear tradicional, sino también otros modelos de relación y de familia.

En segundo lugar, en la actualidad nos enfrentamos, ya no a un choque de civilizaciones, como pronosticaba Samuel Huntington, sino más bien, y como sostiene Benoît Hamon, a un choque entre Civilización (pensamiento científico, pacifismo, democracia, derechos y deberes humanos, feminismo, cosmopolitismo arraigado, economía plural [8], tecnofrónesis y armonía con la naturaleza) y Barbarie (pensamiento mítico-religioso en los poderes públicos, militarismo, autoritarismo, privilegios, patriarcado, ultranacionalismo, economía capitalista neoliberal o economía estatalizada, tecnolatría o tecnofobia, crisis ecológica y maltrato animal). Por ello, frente a la pasividad, pasotismo y miopismo reinantes, frente a la amargura e ineficacia tanto del catastrofismo como de su lucha de pequeñas trincheras [9], pero, sobre todo, frente a los bárbaros, necesitamos millones de héroes y heroínas épicos·as, trágicos·as y cómicos·as que defiendan la Civilización alrededor del mundo durante las dos/tres décadas que parecen ser precisas para resolver los grandes retos a los que nos enfrentamos.

Ante esta situación, las personas que se encuentren en relaciones de amor libre no pueden estar aisladas en su oikós y desconectadas de la sociedad, sino que, más allá de su puesto de trabajo y actividades de ocio, deben proyectarse también hacia el resto del agorá y hacia la ecclesia. Además, el amor libre tiene la fortuna de contar con el ejemplo de tres grandes heroínas que vivieron intensamente sus relaciones de amor libre, pero que también se proyectaron hacia el resto de esferas. Éstas son: Emma Goldman (como se mencionó anteriormente, fue la mujer más relevante de la historia internacional del anarquismo), Alexandra Kollontai (fue una de las mujeres más relevantes de la historia internacional del comunismo) y Petra Kelly (fue la mujer más relevante de la historia internacional del ecologismo). No obstante, nunca se ha de obviar que el grado de bienestar personal influye directamente en la calidad de nuestras acciones a la hora de abordar los retos de nuestro tiempo. En este sentido, y como bien señalaba Albert Camus: «J’ai plutôt l’impression qu’il faut être fort et hereux pour bien aider les gens dans le malheur» (Tengo la sensación de que hay que ser fuertes y felices para poder ayudar adecuadamente a la gente que está sufriendo desgracias).

Conclusiones

A lo largo del artículo se espera haber podido demostrar: por un lado, la importancia de la reflexión sobre el amor para que cada persona, como decía Émile Armand, pueda «adherirse a la tendencia amorosa que pueda responder mejor a su temperamento, favorecer a su desarrollo y corresponder a sus aspiraciones»; y, por otro, que la superación de los retos del amor libre convierte a dicha propuesta de relación en un modelo lo suficientemente sólido, serio y maduro como para ser explorado y desarrollado a lo largo de toda la vida.

Para finalizar, desearía expresar que, a pesar de las bellas bondades que me aporta el amor libre en estos momentos, nunca me atrevería a negar la posibilidad de que, en alguna determinada circunstancia, pudiese yo también entonar aquéllo que cantaba Manu Chao: «Si me das a elegir, entre tú y mis ideas, […] me quedo contigo». Sin embargo, y como veo tal circunstancia no sólo como improbable sino también como no deseable, seguiré alegremente entonando, como buen «Sísifo feliz», las canciones de La Otra:

Yo no me muero si no estás aquí,
puedo andar bien caminando sin ti,
no me haces falta ni eres mi media naranja en la vida,
voy aprendiendo a curarme yo misma todas mis heridas.

Pero contigo,
es cierto que el mundo parece un poco menos feo.
Contigo,
es cierto que a veces romper las cadenas duele un poco menos.
Y aprendo contigo y contigo camino,
me encanta todo lo que hemos compartido,
tirando barreras, rompiendo los mitos.
Te quiero libre,
y me quiero libre contigo.

Dicen que da miedo la libertad,
no sentirla nunca más miedo me da.
Nadie nos dijo que fuese a ser fácil,
sacarse de dentro los cuentos de un príncipe azul.
La Luna me dice que puedo ser bruja,
ser fea y violenta y matar a algún rey,
romper los esquemas, quebrar el sistema,
coger una escoba y en vez de barrer,
lanzarme a volar en la noche,
sin miedo de ir sola por un callejón,
sin miedo de hacer lo que me salga del…

Contigo,
es cierto que el mundo parece un poco menos feo.
Contigo,
es cierto que a veces romper las cadenas duele un poco menos.
Y aprendo contigo y contigo camino,
me encanta todo lo que hemos compartido,
tirando barreras, rompiendo los mitos.
Te quiero libre,
y me quiero libre contigo.

Notas

[0] La utilización de la imagen que ilustra el presente artículo no tiene ningún propósito comercial.
[1] Luis Esteban Rubio es profesor de enseñanza secundaria, doctorando en Filosofía del Derecho por la UC3M y antiguo coordinador general de EcoPolítica (2014-2018).
[2] Erich Fromm parece dar a entender que la pasión se terminaría con el fin de la «separatidad». Sin embargo, no estaría de acuerdo con tal afirmación. Con base en mi experiencia personal, la pasión puede continuar en niveles muy elevados tras el fin de dicha separatidad.
[3] Utilizo expresiones como «de manera general» o «tendencia […] habitual» en lo que se refiere a la reducción de la pasión con el paso de los años pues, aunque todavía no lo he experimentado, no descarto que pueda llegar a ser posible, de manera extraordinaria, el volver a sentir una pasión elevada con la misma persona, no ya de forma puntual, sino, y de nuevo, de forma más sostenida en el tiempo. Es decir, básicamente lo que no estoy descartando es que te puedas volver a enamorar de la misma persona con la que previamente se había producido una reducción de la pasión.
[4] De manera resumida, Sternberg otorga el siguiente contenido a cada uno de dichos elementos (para más detalle sobre los mismos remito directamente al Capítulo 2 de su obra): (a) «la intimidad se refiere a aquellos sentimientos dentro de una relación que promueven el acercamiento, el vínculo y la conexión»; (b) «el componente pasional del amor incluye aquello a lo que Elaine Hatfield y William Walster llaman ‘estado de intenso deseo de unión con el otro'», y que no se correspondería así únicamente con el deseo sexual; y (c) «el componente decisión-compromiso del amor consiste en dos aspectos -uno a corto plazo y uno a largo plazo-. El aspecto a corto plazo es la decisión de amar a otra persona, mientras que el de largo es el compromiso por mantener ese amor».
[5] La concepción gradual, y no dicotómica, de los distintos elementos permite adecuar el marco de Sternberg a la realidad siempre fluida del amor. Como el mismo señala respecto a sus tipos principales de amor: «Estos tipos de amor representan casos idealizados basados en la teoría triangular. La mayor parte de las relaciones amorosas estarían dentro de categorías intermedias, debido a que los componentes del amor se presentan en grados variables, en vez de estar simplemente presentes o ausentes».
[6] Carlos Taibo diferencia entre los términos “anarquista” y “libertario” en el primer capítulo de su libro Repensar la anarquía: “parece que el primero, anarquista, incorpora una carga ideológica y doctrinal mayor que la que arrastra el segundo, libertario”. En este sentido, Taibo continúa señalando: “Alguien es anarquista -cabe suponer- porque ha leído a Bakunin, a Kropotkin y a Malatesta, y se adhiere, en un grado u otro, a las ideas expresadas por estos autores. La vena ideológica y doctrinal se desvanece un tanto, en cambio, con el adjetivo libertario, que tiene una dimensión identitaria menor y que, al respecto, permite referirse sin más a personas que declaren creer en la democracia directa, en la asamblea y en la autogestión sin ser necesariamente anarquistas”.  De esta manera: “no todos los libertarios son al mismo tiempo anarquistas, pero son manifiesta mayoría los anarquistas que, por lógica y por consecuencia, asumen las reglas del juego de la práctica libertaria”.
[7] En esta misma línea parecería encontrarse también Ana Requena Aguilar, cofundadora de eldiario.es y actual redactora jefa de Género de dicho medio de comunicación. En su artículo «Amor libre«, señala: «Me pregunto si mi generación, bajo una capa superficial de modernidad, no sigue sosteniendo modelos de relaciones y de familias que reproducen formas, valores y creencias muy similares a las que quizá un día les criticamos a nuestros padres».
[8] Para una breve descripción de la propuesta de economía plural, véanse las páginas 160-163 de la obra Asociarse para el bien común. Tercer Sector, Economía Social y Economía Solidaria de Jean-Louis Laville.
[9] La generalización de una estrategia de pequeñas trincheras en el movimiento ecologista tiene posiblemente su origen en aquella máxima de René Dubos de 1981: «pensar globalmente, pero actuar localmente». Sin embargo, y por desgracia, pasó más desapercibida la propuesta estratégica que se podía encontrar en el espíritu de la Carta de los Verdes Mundiales de 2001: «pensar y actuar en cada nivel territorial, desde lo local hasta lo global». Como se señala en la misma: «Los Verdes Mundiales somos organizaciones independientes de culturas y antecedentes diversos que compartimos un propósito común y que reconocemos que, para lograrlo, debemos actuar tanto globalmente como localmente».

 

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