Política y Sociedad

Published on mayo 29th, 2017 | by EcoPolítica

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Armar el pacifismo

Por Nicolás Paz [1]

I. Desaprender la guerra

Suenan los tambores de guerra y con ellos todo el armamento no sólo bélico e industrial sino el de una cultura bélica que lleva mucho tiempo fraguándose desde los espacios más íntimos de la violencia cotidiana, próxima, normalizada, difundida y consentida. Los tambores suenan primero en lo íntimo, en lo privado, es la guerra micro que posibilitará la gran guerra.

Aquellos que aman la paz deben aprender a organizarse tan efectivamente como lo hacen aquellos que aman la guerra [2]. Pero no lo hicimos, no lo hacemos, no lo hemos hecho. No aprendimos, no logramos hacerlo pero necesitamos aprender, organizarnos, construirnos y deconstruirnos, armarnos en y desde la paz.

La guerra se ha hecho hegemónica como cultura; ha exportado incluso la significación de la paz definiéndola como un simple antónimo: la paz como ausencia de guerra. Ése es el axioma de un sistema bélico, militarizado, violento, que pretende excluir como a priori no sólo las prácticas y políticas de paz sino incluso los conceptos mismos que las apalabran.

La paz es antisistema, es el otro en una dualidad de contrarios prefabricados. La paz es el enemigo en el discurso de las paradojas absurdas. Y si se la tolera es sólo como discurso, como buenismo ñoño, como máscara de contención de un rostro plagado de horror y muerte. Y no les falta razón a quienes la ningunean, la desprecian, la arrinconan o la infantilizan porque en verdad éste es un sistema violento, que violenta todo y a todos, de manera constante, estructurada, sistémica, y construir un mundo, un espacio, un tiempo de paz es en sí mismo antinómico. El sistema es un sistema de guerra y en guerra. La guerra es productivismo sin fin ni sentido humano.

Por eso, la paz definida desde un sistema de guerra es algo delimitado, reducido, simplificado a un espacio y momento finito, episódico, acotado a un lugar y un tiempo tan concreto como exiguo, una excepción de agua en mitad del desierto sólo al alcance de unos privilegiados. La guerra, en cambio, es -o pretende serlo- un continuo que todo lo abarca, un todo que sólo se ve cuestionado desde esa territorialidad y temporalidad concreta de los afortunados que disfrutan de un territorio sin guerra, que no es un territorio en paz, sino un territorio acotado a otras violencias.

Desde esos espacios de violencia limitada, violencia chica, pequeña sólo para la óptica de este sistema, la crítica a la guerra es asumible siempre que quede encorsetada en una nada no transformadora de pancarta y buenas palabras. Porque en esa territorialidad delimitada de ausencia de guerra se encuentra la justificación de la extraterritorialidad global de la destrucción continua de guerra. La guerra está en todas partes pero sucede siempre extramuros. Es una realidad extraterritorial y como tal entra en el juego de la política espectáculo. Mientras intramuros se alimenta una cultura de violencia constante que la posibilite. Así quieren presentárnosla en los espacios de violencias limitadas, normalizadas y asumidas. Las guerras de la violencia intramuros son la cultura que nos alerta de lo posible y nos salvaguarda con la apariencia de su control. La guerra extramuros es una noticia, un titular, una foto, un eslogan, la madre de todas las bombas. Las bombas tienen muchos padres y pocas madres. El aborto es un crimen. Debe ser por eso que era madre y había que dejarla nacer. La guerra también se hace con palabras.

La guerra sucede siempre a otros y en otro lugar, como si fuera un sino de los dioses, una catástofre natural imprevisible, un algo sin relación con lo humano. Nunca tiene responsables, no hay verdugos, sólo víctimas. Los verdugos si acaso llegan después, son pocos, pequeños, locales, espectáculo final para construir una narrativa de éxito tras unos acuerdos de paz. La paz en una cultura de guerra siempre llega después de la guerra. No hay paz antes, no hay paz durante, sólo hay paz después. Es la cultura de guerra quien delimita los conceptos que apalabran el mundo. La paz no existe, como si nuestras vidas no estuvieran llenas de momentos y espacios de paz, como si la proximidad y la cotidianidad de nuestros vínculos, de nuestras relaciones no estuvieran construidas con una cultura de paz. Nadie se preocupa en construir la paz y nadie es responsable de la guerra. En el mejor de los casos, habrá algún responsable posterior de las consecuencias, de algunas, pocas. La guerra es colectiva, los criminales son pocos, individuales. No hay sociedad detrás de la guerra y tampoco la hay detrás de la paz. Son realidades expropiadas a la sociedad, como si no les pertenecieran, como si sólo pudieran ser observadores pasivos de un espectáculo.

No se puede garantizar la paz sin guerra. Eso es de ingenuos. La paz no se construye con paz. Es la curiosa lógica tautológica de este sistema inventado por nosotros. Los valores éticos, los principios son eslóganes que todos usan pero que nadie cree. No producen, no son efectivos, no permiten competir. La cultura de guerra está en los detalles. Lo demás es buenismo.

Nunca hemos intentado con la misma intensidad, la misma cantidad de medios y fondos, la misma voluntad y determinación construir la paz en el mundo. Necesitamos quizás una industria de paz.

La paz es una canción, un día que celebrar en las escuelas, unas palomas blancas. La paz es una palabra sin significado ni significante. No tiene referentes, le faltan héroes y heroínas. Así se ve desde la lejanía del espectador a salvo. Máxima aspiración, necesidad tangible como el comer o el beber para quien esquiva balas y morteros y huye con una niña en brazos. La paz no existe es la primera mentira de un mundo en guerra.

II. Politizar la paz

La guerra se cuestiona sólo si es excesiva, si se visibiliza demasiado, si sus víctimas son intolerables -parece ser que hay víctimas tolerables para un sistema sin personas- o si alguien decide que son nuestros muertos, nuestra guerra, nuestros héroes. Pero la guerra no tiene nombres, son números, estadísticas, industria, economía, geoestrategia… Es un juego que juegan siempre otros: la expertocracia del belicismo. La guerra nunca ha pasado por el filtro de la democracia o el parlamentarismo. En ese debate no hay personas de carne y hueso, sociedad, pueblo. El voto no llega a tanto y el asamblearismo nunca soñó con llegar tan lejos. ¿Quién pide unas primarias para la paz; un referendum, democracia deliberativa también en seguridad y defensa? Hay alta política y antipolítica. La guerra es alta antipolítica, vedada a quienes manejan un lenguaje, unos códigos, una lógica absurda que no responde a fines humanos. A la paz ni se la ha invitado ni se la espera. La paz no hay quien la defienda pero, sobre todo, no hay quien la construya.

Por eso necesitamos armar el pacifismo, armarlo ideológicamente pero también armarlo con medios, fondos, políticas reales y concretas, presupuesto y activismo civil, social, político. Necesitamos politizar la paz. La política trata del estar juntos y los unos con los otros de los diversos [3]. ¿Cómo es posible que el asunto político por antonomasia haya sido excluido de ésta como un tema apolítico, pre-político o, incluso antipolítico? La política nace en el entre de los hombres y las mujeres. La política es acción relacional en sí misma. La guerra es la ruptura de esa relación. La guerra no es política por otros medios. La guerra es antipolítica. Pero esta es la segunda mentira de la guerra, ocultar su auténtica naturaleza y rodearla de un halo que no tiene. Politizar la paz, despolitizar la guerra.

Misión y fin de la política es asegurar la vida en el sentido más amplio [4]. Pero, ¿qué sucede cuando es precisamente la política quien amenaza la vida humana y del planeta? Si la política no es capaz de responder a su sentido último, que es garantizar la vida, deberíamos eliminar lo que hemos venido en llamar política. No porque lo sea, sino precisamente porque eso que llamamos política es la antipolítica misma. Ése es el verdadero drama al que nos enfrentamos hoy como humanidad: nada de lo que hemos creado como sociedad responde a su verdadero fin y sentido. Necesitamos repensar todos los conceptos, todas las instituciones, todos los marcos normativos, legislativos y educativos. El sistema económico y político es un sistema antieconómico y antipolítico que amenaza con nuestra destrucción. O recuperamos los fines para los que fueron creados como organismos humanos o la obra acabará con los creadores: el antihumanismo humano.

La paz no es política. Esa es la segunda mentira de un sistema bélico que violenta todo y a todo: negar la politización de la paz.

La paz es política y se arma políticamente. Y cuando hablo de política lo hago en toda su extensión, como res publica, la cosa común de la casa común. La paz es un bien común que debe pelearse en todos los ámbitos públicos; es un derecho -y debería ser una obligación- y, como tal, debe reconocerse, legislarse, garantizarse. Y no hay una única paz, hay muchas paces, cotidianas, próximas, paces de vida. Hay paz por todas partes, una paz invisibilizada por los focos de la guerra, por los discursos de la guerra, por la propaganda de la guerra. La guerra se aprende, se construye, se instiga, se financia, se propaga, se publicita; la paz tambié,n si existe la voluntad política de hacerlo. Lo otro no es política, es antipolítica.

No hay un mundo en guerra. Hay un mundo en paz violentado por un sistema que pretende utilizarnos para su propia guerra. No es una guerra de personas contra personas. Es una guerra de números contra números. Son números, somos números. No somos los protagonistas, somos los recursos para cuadrar sus números. Nos han educado en una cultura de guerra para que siempre que sea necesario puedan encender el resorte que nos permita justificar, legitimar, apoyar e incluso identificarnos, sentir miedo, odio, matar a un otro que también justifica, legitima, apoya, se identifica, siente miedo y odio y nos matará para cumplir con los números de otro. El sistema siempre gana porque juega con todos los números y todos los jugadores. Son sus reglas, son sus fichas. No cambiemos las reglas ni los jugadores, cuestionemos el juego. No armemos la guerra, armemos la paz.

La paz une fines y medios. No hay paz sin medios pacíficos. Y esos medios se aprenden, se enseñan, se comparten, se difunden, se construyen, se evalúan y perfeccionan en la práctica diaria, relacional, en lo micro y en lo macro. Son los medios de la política. Lo otro es antipolítica.

La paz no es una metodología pasiva a la espera de una guerra, es una construcción activa, positiva, constante. No es resistencia política frente a la antipolítica, es aquí y ahora la construcción política misma. La paz es política. Y hay que producirla, compartirla, difundirla, facilitarla, premiarla, arroparla y acogerla. Necesitamos pacifismo constante, continuo, ejemplarizante, propositivo, social y político. La paz nos pertenece. Armar el pacifismo es recuperar el sentido mismo de la política humana. La otra política, la que no responde a fines humanos y humanizadores no es política, es antipolítica.

III. Socializar la paz como asunto civil

¿Qué estamos haciendo por la paz? Ésa es la pregunta. La paz es una realidad que se construye cerca, en casa, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en el vecindario, el pueblo, el barrio, las asociaciones y las organizaciones de todo tipo. La paz se construye fuera y dentro de las instituciones. Cada debate, cada cuestión, cada política y decisión debe incluir la transversarsalidad de una pregunta por la paz. ¿Qué aporta esto a la construcción de un mundo en paz? La paz se construye en el urbanismo, en las políticas sociales, en las políticas económicas, en los impuestos. Eso también es cultura, valores, educación, política. La paz no es algo sectorial, no se restringe a la ausencia de guerra. La paz se construye en todas partes.

Debemos ser capaces de reclamar el derecho a vivir una vida sin violencia, sin ningún tipo de violencia, que es condición indispensable para una vida digna.

El ser humano lleva milenios perfeccionando sus conocimientos tácticos, estratégicos, técnicos, personales y colectivos para la lucha armada, para la violencia que todo lo aniquila .En ese camino encontramos desde la ingente producción de tratados y contenido científico relacionado con la guerra hasta la creación y perfeccionamiento constante de toda una industria que incluye no sólo la fabricación de armamento de todo tipo y alcance sino toda una tecnología de transporte, logística, información, contrainformación, inteligencia, etc. Así mismo, encontramos la formación de un cuerpo técnico profesional, organizado, eficaz y formado en el conflicto bélico que va desde los ejércitos hasta las autodenominadas empresas contratistas y/o empresas privadas de seguridad y defensa. Tenemos fábricas de armamento y fábricas de hombres y mujeres para la guerra, una industria nacional y global altamente cualificada, desarrollada e instruída con múltiples gadgets que importar y exportar por todo el planeta. Una industria pública y privada de alcance planetario para desarrollar o contener conflictos con múltiples medios técnicos y humanos a su alcance mediante el uso de la fuerza y la violencia. Organizaciones nacionales, transnacionales, ministerios, presupuestos diferenciados y un negocio en auge completan la ecuación bélica. Además, una educación e integración deficitarias, unas necesidades primarias sin cubrir y varias ideologías y fundamentalismos laicos y religiosos al alcance de cualquiera para poder sumarse a una causa con una explicación para todos los males y una solución simple y rápida para ellos alimentan el caldo para una industria que no necesita tantos comerciales pero que los tiene. La guerra tiene sus medios, la paz no. Y en esta industria estratégica el mercado establece sus leyes de oferta y demanda pero no lo hace sólo. Una antipolítica que autojustifica su falta de transparencia y abierto secretismo como un a priori hace su aparición constante como impulsor, facilitador y/o abierto instigador de su industria. Y la sociedad deja en manos de sus supuestas élites de expertos un asunto que, por oscuro y aparentemente alejado de la vida cotidiana de un país supuestamente en paz, parece ser un tema privado que atañe a un sector altamente especializado, como si la guerra y la paz no fueran una cuestión ciudadana, civil. Ellos ponen los números, los ciudadanos los muertos. Privatización de ganancias, socialización de pérdidas.

La paz es un asunto de todos, de la ciudadanía, es un asunto civil, no militar. La paz nos pertenece. Sin embargo, los medios de la paz parecen haber quedado relegados a caritativos proyectos de cooperación internacional, una diplomacia de segundo nivel, la buena voluntad del activismo social y las ONGs, medios técnicos y humanos exiguos, declaraciones políticas de perfil bajo, unas Naciones Unidas saqueadas de capacidad ejecutiva por sus propios miembros, modificaciones y reformas de códigos penales nacionales y legislaciones internacionales sin medios para implementar, políticas migratorias claramente fracasadas, unas políticas educativas ridículas en medios que parecen reducirse al gesto, un trabajo social y comunitario de trinchera, una política económica de expolio… Todo poco, mal, tarde y caótico diseñado para parchear la conciencia propia y ajena y hacer, en este caso, una labor de peacewashing para la potente industria de guerra pública y privada.

A pesar de ello y dada la auténtica realidad de quienes trabajan por la paz desde todos los ámbitos y todos los puntos, su camino está rodeado de éxitos casi milagrosos. Pero esto no vale, esto no funciona. Nosotros podemos seguir con nuestra fe -no es propiedad de la industria afortunadamente- pero el pacifismo necesita armarse en todos sus frentes. Necesitamos, si queremos construir un mundo en paz, condición indispensable para una vida no sólo digna sino posible, armar el pacifismo. Construir un referente de pensamiento y acción útil, eficaz, capaz de obtener resultados reales de paz en un mundo en el que la violencia sea la excepción y no la norma. Esto implica convertir la paz en una política ciudadana de primer orden. Establecer un marco de referencia desde el que trabajar transversalemente en todas las políticas públicas que favorezcan el fin de la violencia en todos los ámbitos para la construcción de entornos de paz. No se trata de buenas palabras y/o política naive sino de armar una industria de paz con medios económicos, técnicos y humanos dedicados a este objetivo, real, concreto, de desarrollo, capaz de mejorar la vida de las personas, de crear economía real para personas reales, de posibilitar nuevas formas de empleo, de relaciones a todos los niveles. Y no es un gasto, es una inversión, es I+D+I dedicado a la creación de un desarrollo humanamente sostenible que nos permita crear un mundo aún habitable. Tenemos que establecer objetivos concretos, reales, temporalizados y evaluables. Debemos establecer un marco para la paz que no se defina exclusivamente como ausencia de guerra sino como paz plural, hablemos de paces construidas desde abajo, desde la sociedad civil que arma paces cotidinas, paces de proximidad, paces reales de vidas reales. Y llevemos eso arriba, a la toma de decisiones públicas, a las políticas de primer orden, a nuestras decisiones en política exterior, relaciones diplomáticas, acuerdos económicos.

Necesitamos una política activa de diplomacia civil que no sólo construya la paz en los despachos y los acuerdos de los grandes líderes sino que tenga en cuenta a los artífices reales de la convivencia, todos nosotros. Pero, sobre todo, dotemos a la paz de un presupuesto, de unos medios humanos y técnicos acordes con el objetivo, reconvirtamos el concepto y la realidad de la defensa actual en los estados en una auténtica industria de la paz para la paz. Equipos de mediación, diplomacia política y diplomacia civil, políticas económicas para la construcción de la paz, centros de investigación y desarrollo para la paz, equipos técnicos de pacificación preventiva, restaurativa y post-conflicto, educación formal y no-formal para la paz, inclusión de los derechos humanos como eje transversal de todas nuestras políticas y también de todas nuestras actuaciones, desde las escuelas hasta la política fiscal o las decisiones macroeconómicas, desarrollemos un urbanismo y una arquitectura que favorezca la creación de entornos de paz en nuestras ciudades y pueblos, rediseñemos los objetivos, metodología y formación de las fuerzas armadas para adecuarlas a esta transición, implementemos un control exhaustivo, real, con transparencia pública en la exportación e importación de armamento, fomentemos el desarme conjunto, evitemos ser cómplices de las guerras actuales y de las que están por venir controlando el depositario final del armamento vendido. Necesitamos una industria de pacificación, empleo blanco, armamento de paz técnico, educativo, integrador, participativo, mediador, diplomático. Necesitamos una economía de paz para la paz y la configuración de un marco conceptual y metodológico que defina la estrategia y la práctica del pacifismo a todos los niveles y en todos lo ámbitos. Necesitamos armar el pacifismo.

Notas

[1] Nicolás Paz, filósofo, humanista, politólogo, escritor y mediador en conflictos. Experto en ética aplicada, modelos de toma de decisiones, resolución pacífica de conflictos y técnicas de resistencia espiritual no violenta. Activista ecologista por la paz.
[2] Martin Luther King Jr.
[3] Hannah Arendt, ¿Qué es la política?
[4] Hannah Arendt, ¿Qué es la política?

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