Opinión

Published on Julio 22nd, 2017 | by EcoPolítica

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Decrecer no es la clave de la política verde

Por Alberto Rosado del Nogal [1]

Los límites del crecimiento se titulaba aquel informe del 72, encabezado por una mujer, Donella Meadows, y cuyos esfuerzos se centraban en señalar un problema no tan evidente por aquel entonces: el planeta es finito y nuestro consumo apunta a lo infinito. Casi cien años antes ya se había escuchado un “¡Abajo los humos, viva el orden!” en el corazón de protestas campesinas a finales del s. XIX que ponía de relieve la frágil relación entre los medios naturales y la mano —nada invisible— humana. Desde entonces las palabras límite, contención, decrecimiento, consumo, etc. han llenado todas la reivindicaciones por parte de los movimientos ecologistas aunque, paralela y paradójicamente, ninguna de ellas ha conseguido gobernar a partidos políticos con acción de gobierno. Los propios límites —de facto— del planeta sirvieron para limitar la acción de las intenciones políticas que los reconocían y sirvieron en bandeja la victoria —también de facto— de esas otras intenciones que, en pos o a la espera de un bienestar suficiente, pospondría el color verde de cualquier agenda política relevante.

La pregunta no es si, efectivamente, los límites del planeta son finitos, ni tan siquiera cómo podemos transitar técnicamente hacia un modelo sostenible. Esas preguntas ya tienen suficientes respuestas. La pregunta debe apuntar a cómo esta evidencia científica, manejada desde sectores políticos más o menos verdes, no ha sido capaz de crear consensos sociopolíticos suficientes como para 1) no haber comenzado un camino hacia la sostenibilidad y 2) sí haber permitido a fuerzas políticas negacionistas mantener o aumentar el deterioro ambiental. Tanto énfasis en delimitar lo existente que la propuesta —si es que la hubiere— se ha visto arrollada por la crítica. La solución a un problema no puede ser señalar el problema. Que el problema existe, si se aceptan sus premisas, es obvio. La complejidad llega al protagonizar la transición de la crítica a la propuesta, que no comenzará hasta que cada uno de los escalones de la solución hayan sido definidos y convenzan —en un sistema democrático— a la mayoría. Convencer, no obstante, no implica la aceptación social de una propuesta que aun no ha sido implantada sino, más bien, construir las condiciones necesarias o usar las ya dadas para prever y crear ese consenso latente que apoye a corto y medio plazo la apuesta política que fuere.

La propuesta verde debe tener en cuenta no solo su coherencia interna y posible aplicación externa sino, más bien, su maleabilidad para encajar dentro de unas reglas de juego que, seguramente, no han sido creadas desde sus cimientos ideológicos pero que, en cualquier caso, deben ser reconocidas para ser revertidas. Su reconocimiento, además, no significa per se o su total aceptación o total negación, sino la capacidad para actuar inteligentemente a favor de los intereses de esa propuesta verde. Si la inteligencia se puede definir como esa capacidad de adaptación, resignifíquese el ecologismo de manera más inteligente. ¿Acaso enfrentarse al crecimiento debe ser una confesión de principios? No se pretende criticar el contenido del decrecimiento, sino su continente. La provocación del término pasó de ser un hipotético aliado a un palo en las ruedas del camino hacia la sostenibilidad, dejando no solo en bandeja a los sectores conservadores la apropiación y el disfrute de la palabra “crecimiento”, sino arrinconando a la política verde en un espacio poco seductor para las mayorías sociales. Cambiar el lenguaje no significa, necesariamente, cambiar de principios. Todo lo contrario: usar el lenguaje que articula —o puede articular— mejor las voluntades sociales es el mejor medio para conseguir que los principios verdes entren en la escena a todos los niveles. Si los estudios de opinión del CIS nos revelan la gran preocupación social por problemas ambientales [1], ¿por qué no se vinculan y se demandan estos a la acción política? ¿Acaso la política verde —activa— está en condiciones de ofrecer garantías a la ciudadanía? Y si fuera así, ¿la ciudadanía lo percibe como tal? ¿Qué categorías se atribuyen a los actores políticos ecologistas? ¿Qué capacidad de convencimiento tienen? Si decrecer no es la palabra clave de la política verde, no es porque el decrecimiento —en el sentido más liberal posible— no es necesario, sino porque asumir su vocabulario significará constantemente usar prefijos más quejicosos que propositivos y certeros, a saber: anticapitalista, decrecimiento, antinuclear, antiglobalización, contradesarrollo, antinatalismo, etc. Esto denota, en primer lugar, la aceptación de la corriente hegemónica como normalizadora de su —y de toda— realidad y el relego del pensamiento verde como respuesta de lo viejo en vez de como arquitecto de lo nuevo. Y en segundo lugar, impide la posibilidad de crear consensos mayoritarios en el presente ante la urgencia y la importancia de los retos ambientales de este siglo. Reaccionar, aunque inevitable y necesario, siempre será subalterno. Construir será ganador.

Los límites del planeta están establecidos, pero no los del pensamiento verde. Encorchetar los segundos no provocarán sino seguir superando los primeros. Es otro modelo el que debe decrecer. Por más crecimiento, más sostenibilidad, más inteligencia.

Notas

[1] Alberto Rosado del Nogal es doctorando en Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Colaborador del blog ¡Insostenible! de InfoLibre y de Econonuestra de Público. Ha participado en los informes de Sostenibilidad del año 2016 y 2017 del Observatorio de la Sostenibilidad.
[2] ROSADO, A. (2017): ¿Se preocupa la ciudadanía española por el medio ambiente? Artículo en InfoLibre.es (05/07/2017). Disponible en: https://www.infolibre.es/noticias/opinion/blogs/insostenible/2017/07/04/preocupa_ciudadania_espanola_por_medio_ambiente_67145_2007.html

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One Response to Decrecer no es la clave de la política verde

  1. Diría que la nota escrita por Rosado del Nogal el 22/6/17 en Ecopolítica, es mas propia de una revista de información general atenta a los estímulos coyunturales de periodos electorales que una opinión estudiada sobre la naturaleza del discurso que el ecologismo político debe construir. Parece haber en ella una apelación lisa y llana al pragmatismo político y a cierta postergación de lo ético, en función de lograr penetrar las plataformas existentes (por la imposibilidad de construir la propia) y convencer a la vez a las mayorías (?) por vía indirecta y recurriendo para ello a la manipulación discursiva, propia y en apariencia legítima según el autor, del ejercicio político proselititista. Lo que resultaría de una mezcla simple entre postulados ecologistas y plataformas políticas que carecen de ellos. En la mirada de Rosado del Nogal, el discurso y la plataforma ecologistas parecen monotemáticas, quiero decir, el ecologismo aparece como portador solamente de un mensaje y una mirada que los otros no tienen y ello habilitaría una suerte de penetración de esos discursos o alianzas para completarlos de cara a las necesidades de agenda, sin articularlo real e integralmente. Hay algo contranatura en esta fusión (el Partido Verde argentino o el mexicano son una prueba).
    Pero en ese caso el discurso ya no será el propio de un ecologismo político sino el engendro que resulte. Si asumimos además que el pensamiento ecologista, al menos el que expresa la ecología política, es por definición contra desarrollista, no se comprende cómo podría darse ese acople o articulación con plataformas y formas de pensar, de derecha o de izquierda, cuyo más visible carácter es compartir una misma alienación por el crecimiento.
    Va de suyo que la simple adición, que no articulación, discursiva, mucho menos programática lo cual supondría acuerdos de fondo, de propuestas ecologistas a las plataformas de otros sectores o partidos solo sería ficcional, respondiendo al principio electoralmente conveniente de que de que el fin justifica los medios.
    Pero resulta que desde una postura ética el fin y los medios suelen confluir y como dice Sergue Latouche: la ética es la vía del decrecimiento. Lo es a través de una doble vía: como ética personal y proyecto político .
    Porque el mensaje del ecologismo no es equiparable a cualquier otro mensaje de signo opuesto. Su contenido es antitético respecto de todo mensaje industrialista-desarrollista, lo que hace difícil adaptar el discurso para competir en el mismo plano. Un plano que nosotros como ecologistas también pretenderíamos transformar.
    Por otro lado los discursos político-electorales suelen ser cortoplacistas, carecen de prospectiva o asumen su ausencia como tal. Mientras que el ecologismo enfatiza el largo plazo, una dimensión vital que la gente ha extraviado y debemos recuperar. Y el mensaje ecologista pierde buena parte de su sentido si se restringe o subordina al cortoplasismo.
    Por lo que reducir la estrategia a una cuestión meramente discursiva no parece conducir a nada, ya que cuando las necesidades del discurso traccionan o modelan los mensajes y no al revés el pragmatismo amenaza y tratar de “encajar dentro de unas reglas de juego que, seguramente, no han sido creadas desde sus cimientos ideológicos pero que, en cualquier caso, deben ser reconocidas para ser revertidas”, como propone Rosado, supone el riesgo de volver a quedar atrapados justo allí de donde queremos salir.
    No creo que ese reconocimiento requiera hacer un esfuerzo por encajar, es más, creo que desencajar puede incluso ser una apuesta válida. En este sentido la experiencia zapatista es interesante una vez más, salvando como siempre las diferencias contextuales. Porque ha sido una experiencia construida precisamente sobre la base de desencajar y lo que ahora hacen con su campaña política preelectoral no es exactamente intentar re-encajar sino provocar subversivamente la legitimidad de las reglas del juego hegemónicas. Una receta que pinta más coherente para el ecologismo que la de fragmentar su programa y hacerlo emerger distorsionado e improbable en plataformas ajenas.
    O sea “..actuar inteligentemente a favor de los intereses de esa propuesta verde” para Rosado del Nogal- “se puede definir como esa capacidad de adaptación” que pareciera justificar eludir u omitir cierta parte del pensamiento ecologista para no asustar…no dudo que esta estrategia pueda resultar inteligente para recoger ocasionales votos, es la que usan Duran Barba el consejero ultraneoliberal del presidente argentino o el mismo Juan Carlos Villalonga ex Greenpeace devenido diputado”verde” por ese mismo sector. Pero considero, siguiendo mi razonamiento anterior, que parte del asunto que constituye el desafío de la ecología política, en tanto ideología, es desconocer, impugnar y revertir la apelación a la mentira, las verdades a medias o el ocultamiento en la tarea de convencer. Convencer para el ecologismo no equivale a una maniobra de seducción momentánea para lograr una adhesión, no se trata de vender; convencer para nosotros lleva la carga pedagógica necesaria para dislocar la lógica de la mercantilización de todo, incluso de la política. Y eso comienza por transparentar lo discursivo. Adicionalmente en América Latina la descolonización del imaginario del progreso y el crecimiento (Latouche) supone también la deconstrucción del mito del subdesarrollo, es decir de la imposibilidad de rutas alternas hacia el bienestar.
    Podrá criticárseme que en Argentina e incluso en el mundo, hoy, este posicionamiento está destinado al fracaso político y electoral. Puede ser, dependiendo de la importancia que le demos a ese plano en cada momento.
    La importancia electoral del actual escenario y no solo en Argentina, está dada por el hecho de que el mismo se ha polarizado y todas las energías verdaderamente opositoras al neoliberalismo: izquierdas y lo que llamamos el campo popular, se orientan y concentran y confluyen contra la restauración conservadora perdiendo de vista, de nueva cuenta, la crisis ambiental. Paradójicamente la vos más convincente para la mayoría de la gente en temas ambientales la mantiene el propio establishment con su marketing. Probablemente porque la comunicación que se produce y divulga sobre la crisis ambiental omite revelar el fracaso del proyecto capitalista y las lógicas del crecimiento. No tendría sentido pues, sería jugar el juego impuesto, ocultar el verdadero e inminente desastre y hablar solo de aspectos cosméticos o parcialidades posibles de “gestionar sustentablemente”.
    Por caso, en Argentina el desastre del desarrollismo kirchnerista del último decenio y algo más, pasa sobre todo, por haber autodestruido la línea de base lograda, de la que teníamos que partir y eso no solo en términos de crisis ambiental. Ahora estamos otra vez más atrás y cuando las necesidades vitales se vuelven urgencias la contradicción principal capital/naturaleza está más lejos de poder ser visualizada y priorizada. Mal haríamos en no hablar de decrecimiento cuando esas necesidades vitales son parte del inventario imaginario de la sociedad del capital.
    Pero el ecologismo no solo habla o debe hablar de contención, decrecimiento, consumo o limites de la biosfera, sino que habrá que incorporar al discurso y a la propuesta otros aspectos de la realidad. El ecologismo partidario no puede limitarse a ser el ala verde de plataformas mas abarcadoras, sino hacer que su plataforma sea mas abarcativa.
    No imagino convencer a los desarrollistas progres argentinos de reenfocarse en una ruta ecologista (aunque nada es improbable del todo), porque todo su edificio ideológico y político responde a un paradigma diferente, y ustedes vieron como es eso de los paradigmas: parece que si te caes muy adentro de uno después no es fácil salir, especialmente de ese.
    Me inclino mejor por crear una plataforma propia y amplia que vea por la transición en todos los planos de la realidad y que resulte de la confluencia de las izquierdas verdaderas que ahora deberán ser también antipatriarcales y ecologistas, una perogrullada para nosotros a esta altura, pero un par de componentes difícilmente hallables, sobre todo juntos, en las plataformas convencionales. No obstante este punto trata de un mensaje para adentro, uno que promueve la generación de acuerdos absurda y mezquinamente postergados en la izquierda.
    Estoy seguro de que no es la urgencia de solucionar los problemas del corto plazo lo que dará forma a una plataforma ecologista. Es la posibilidad de ver y comunicar eficazmente el escenario que asoma a mediano y largo plazo lo que hará la diferencia. Y es el estimulo y apoyo a la generación de experiencias demostrativas de diferentes escalas la mejor prueba de factibilidad de que lo diferente es posible.
    Lo que en modo alguno excluye la posibilidad de colarse en las estructuras del sistema y actuar allí siempre y cuando sea contrafuncionalmente y si es posible ampliando esa base de representatividad.
    Es verdad no obstante que seria bueno cambiar el tono del lenguaje, para pasar de la queja a la propuesta, ese si lo veo como un desafío que implica mostrar que la calidad de vida puede no decrecer aunque la economía si lo haga. Lo cual es relativamente cierto. Porque en una sociedad que mide la calidad de vida en bienes y consumo admitir que es posible vivir bien con menos no es tan fácil y sobre todo cuando lo que no es posible disfrazar es el sacrificio que supone abandonar esa ilusión. ¿Cómo trabajar para abandonar ese imaginario si omitimos decir lo mas importante? ¿Cómo privar al poder de la credibilidad de su discurso sin revelar el verdadero escenario y sin contravenir las reglas del juego? ¿Cómo quebrar la hegemonía sin enfrentar los conceptos mas paradigmáticos de su discurso?
    Pero quizás sí sea posible enrocar el tono de la construcción discursiva y proponer enfáticamente los beneficios de abandonar la ilusión y comenzar actuar en función de una prospectiva diferente. Construir una plataforma integral con base en una lógica decrecentista. Porque decrecer, sin ser la única, es una clave de la política verde.

    Pablo Sessano
    Encuentro Verde por Argentina

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