Política y Sociedad

Published on noviembre 17th, 2015 | by EcoPolítica

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El ambientalismo y ecologismo latinoamericano. Parte VI

Parte VI. Una agenda propia para los gobiernos y organizaciones regionales internacionales

Por Joan Martínez Alier, Héctor Sejenovich y Michiel Baud [1]

Artículo publicado en la obra Gobernanza ambiental en América Latina de Fabio de Castro, Barbara Hogenboom y Michiel Baud (coordinadores) (Buenos Aires: CLACSO, 2015)
Publicado con el consentimiento expreso de Joan Martínez Alier

Desde las últimas décadas del siglo XIX había habido voces criticando el uso indiscriminado de los recursos nacionales tanto de lado de los científicos como escritores, pero nunca fueron escuchados en la obsesión de la modernidad de la época (Baud, 2013). En la segunda mitad del siglo XX la crítica se volvió más coherente y articulada políticamente. Aunque ocurrió en el contexto de un debate mundial, mostró una perspectiva netamente latinoamericana e influyó en la creación de lo que se llama una “institucionalidad ambiental” con nuevos ministerios, leyes y reglamentos.

Desde 1962 con Rachel Carson, La primavera silenciosa, y desde 1972 con el informe Meadows del MIT al Club de Roma, despega el ambientalismo internacional. Pero, de entrada, ese debate fue apenas considerado por los gobiernos latinoamericanos o por la CEPAL. Para ellos el problema del subdesarrollo y la pobreza fue el asunto mayor y su objetivo principal fue incrementar la capacidad productiva de la región y la consolidación de su expansión económica. Pese a ello, en esas décadas todas las administraciones nacionales crearon estructuras legales y administrativas de recursos naturales. Debe destacarse la creación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) a nivel mundial, pero además la activa participación de la Oficina Regional para América Latina y el Caribe que a partir de 1975 promovió en todas las naciones cursos de capacitación y de discusión formando profesores de universidades, organizaciones no gubernamentales, personal de administraciones de recursos naturales y medio ambiente.

Con el apoyo del PNUMA y del gobierno de España se creó el CIFCA, se dictaron en América Latina y Europa multitud de cursos y seminarios. Los gobiernos y las universidades de América Latina decidieron crear su propia Red de Formación Ambiental en el año 1980. El economista argentino Héctor Sejenovich y el filósofo colombiano Augusto Ángel Maya elaboraron un plan para la capacitación y la investigación. Todos los países contaban con una organización de la Red de Formación Ambiental en gran parte gubernamental pero también no gubernamental.

La primera respuesta articulada en la década del setenta se había dado desde la Fundación Bariloche en Argentina que publicó el informe ¿Catástrofe o Nueva Sociedad? Modelo Mundial Latinoamericano en 1976. En este informe varios especialistas incluyendo a Gilberto Gallopin desarrollaron un nuevo modelo ambiental para América Latina en el cual, básicamente, rechazaron la idea de la escasez de recursos naturales (Gudynas, 1999: 110). La respuesta al informe Meadows fue negativa, como se lee en los escritos de Amílcar Herrera y Helio Juagaribe (Estenssoro, 2014: cap. 7). Existía la convicción general que los recursos naturales de América Latina eran abundantes y que era necesario explotarlos para desarrollar la región. Además, se rechazaba la perspectiva neomalthusiana. El grupo de Bariloche enfatizó dos cuestiones: la baja densidad de población en América Latina y la enorme y desconocida potencialidad ecológica.

De todas formas, había resquicios para unir la preocupación por la pobreza y por el ambiente natural [3]. En la conferencia preparatoria en Founex de la conferencia de Naciones Unidas en Estocolmo de 1972 ya se decía:

[Hay] en el pasado una cierta tendencia a equiparar el desarrollo con el objetivo, más limitado, del crecimiento económico, tal como se refleja en la elevación del producto nacional bruto. Pero hoy en día se reconoce en general que el ritmo rápido de crecimiento económico, aunque necesario e indispensable, no constituye por sí mismo una garantía de que se aliviarán los urgentes problemas sociales y humanos. Es más, el rápido ritmo de desarrollo ha ido unido al desempleo creciente; a disparidades cada vez mayores entre los ingresos, tanto entre grupos como entre regiones; y el empeoramiento de las condiciones sociales y culturales como parte del proceso de desarrollo. La conciencia de problemas ambientales en los países menos desarrollados es uno de los aspectos del mayor alcance que está adquiriendo el concepto de desarrollo y forma parte de un concepto más integral del desarrollo.

Se habían publicado ya los libros de K. W. Kapp (1950), de Ezra Mishan (1966), de Nicholas Georgescu-Roegen, de H. T. Odum, de Barry Commoner todos ellos en 1971. En Europa, fue iniciado un debate por Sicco Mansholt, presidente de la Comisión Europea, quien se convirtió a la doctrina del crecimiento “bajo cero” al leer el informe Meadows. Ese debate europeo con participación de André Gorz, Edgar Morin y otros tempranos pensadores ecologistas fue publicado por la Editorial universitaria en Santiago de Chile en 1972 con el espectacular título Ecología y Revolución.

Los diplomáticos latinoamericanos empezaron a pedir una solidaridad internacional para que América Latina pudiera resolver sus problemas de pobreza y desarrollo, y al mismo tiempo conseguir un modelo más sustentable. Fue muy clara esta línea en Brasil, donde la ideología nacionalista se enfocaba en la Amazonía (Garfield, 2013). Ante la conferencia de Estocolmo de 1972, João Augusto de Araujo Castro, diplomático Brasileño para las Naciones Unidas había pedido “un compromiso mundial al desarrollo” de los países pobres. Habló de “una contaminación de la opulencia y una contaminación de la pobreza” (Estenssoro, 2014: 129).

Desde mediados de 1970, y por influencia de Ignacy Sachs (que era docente en Paris y viajó a México y a Brasil) se difundió la noción de ecodesarrollo, mucho antes de que triunfara la de desarrollo sostenible del informe Brundtland en 1987. Varios autores latinoamericanos, desde los organismos oficiales o como consultores o profesores universitarios, personas cercanas al activismo como Enrique Leff, Vicente Sánchez, Víctor Toledo, Augusto Ángel Maya trabajaron inspirados por la idea de ecodesarrollo. Como parte de las acciones del PNUMA se estableció una red de proyectos de ecodesarrollo, con participación de la Universidad de Teherán (dirigida por el iraní Mohammad Taghi Fharvar). En 1976 se realizó el primer Simposio sobre Ecodesarrollo, en la Universidad Nacional Autónoma de México, organizado por Enrique Leff.

En octubre 1974 el PNUMA había auspiciado una conferencia famosa en Cocoyoc, México. Aquí se proclamó la llamada Carta de Deberes y Derechos de los Estados. Sobre todo su artículo 30 acerca de la gobernanza ambiental fue importante:

La protección, la preservación y el mejoramiento del medio ambiente para las generaciones presentes y futuras es responsabilidad de todos los Estados. Todos los Estados deben tratar de establecer sus propias políticas ambientales y de desarrollo de conformidad con esa responsabilidad. Las políticas ambientales de todos los Estados deben promover y no afectar adversamente el actual y futuro potencial de desarrollo de los países en vías de desarrollo.

En las décadas del setenta y ochenta se habían creado ministerios de Medio ambiente en diversos países, y se notaba además la influencia del programa MAB (Man and Biosphere) de la UNESCO, por ejemplo en lo referente a la ecología urbana y asentamientos humanos, con Martha Schteingart en el Colegio de México. En la gestión económica, Héctor Sejenovich propuso que minimizar la degradación y el desaprovechamiento supone hacerse cargo de todos los costos, incluyendo los de la reproducción de la naturaleza (investigación, regeneración, control y manejo) y también de todos los beneficios. Es decir, que a nivel de cada recurso se debería conocer su estructura cuantitativa y cualitativa, su dinámica y sus relaciones ecosistémicas. Los recursos pueden ser utilizados sin rebasar la capacidad de carga del ecosistema, así como también los efluentes pueden ser absorbidos dentro de esos límites. Esto se aproximaba a un ordenamiento ambiental del territorio donde se utilizan las potencialidades y se aceptan las restricciones. Como técnica de evaluación de este desarrollo las Cuentas Patrimoniales registrarían contablemente el stock y el flujo integral y sustentable de los recursos naturales. Como forma de conocer ese manejo integral y sus costos respectivos se elaboraría una matriz de insumo/producto de las interrelaciones sectoriales de los recursos naturales que se articularía con la matriz de insumo/producto de la actual economía que no incluye los recursos ni su flujo ni su stock.

CLACSO formó un grupo de medio ambiente y desarrollo en 1978, liderado por Sejenovich (Estenssoro, 2012: cap. 8). En Colombia, en el INDERENA, empezaron a actuar Julio Carrizosa y Margarita Merino de Botero (quien más tarde representó a Sudamérica en la comisión Brundtland). No menos importante fue Aníbal Patiño con sus tempranos trabajos sobre problemas ambientales en el Valle del Cauca.

Los temas ambientales llegaron a la CEPAL con el libro editado por Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo, Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en la América Latina, publicado en 1980 luego de desarrollar actividades durante más de un año en conjunto con la Oficina Regional del PNUMA que financió el proyecto. Osvaldo Sunkel enfatizaba la noción de ecosistema, “la comprensión que todos somos parte de un mismo ecosistema y que existe una relación directa entre lo que pasa en la sociedad y la naturaleza (en un sentido amplio)”. En su contribución al libro, Raúl Prebisch (ajeno a los temas ambientales durante su larga y brillante carrera) observaba, desde la periferia, que “la crisis ambiental fue generada por el modelo de desarrollo capitalista irracional del centro”. “El extraordinario impulso de los últimos decenios hasta tiempos recientes no es solamente consecuencia de un impresionante adelanto técnico sino también de la explotación irracional de los recursos naturales, sobre todo del recurso energético”. Incluso mencionaba ya el peligro de las excesivas emisiones de dióxido de carbono por los países ricos. Este volumen de Gligo y Sunkel de 1980 tuvo continuidad dentro de la CEPAL en varios trabajos de menor nivel, con los esfuerzos de Axel Dourojeanni y de Nicolo Gligo.

La Oficina Regional del PNUMA discutió otras varias cuestiones sobre Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente. Una de las cuestiones versaba sobre el papel que la pequeña propiedad y la gran propiedad tenían en el deterioro de la naturaleza. Algunos sostenían que como los campesinos se veían obligados a ocupar tierras de peor calidad en la frontera agropecuaria, generaban degradaciones y dilapidaciones, mientras que los grandes propietarios se caracterizaban por el desaprovechamiento. En cambio otros sostenían que los procesos de degradación y dilapidación en su faz más significativa eran desarrollados por las grandes empresas ya que ellas concentraban el uso de la tierra. Esta polémica luego fue reflejada en varios trabajos.

Se elaboraron estrategias interdisciplinarias a través de la Red de Formación Ambiental que organizó diversas redes temáticas. Una de ella fue la de Ciencia, investigación y Medio Ambiente que se reunió en Bogotá en l981 donde se definió una estrategia interdisciplinaria. En 1985 se reunió a las Universidades de la región para hacer un plan regional. En la parte de estrategia de interdisciplinariedad se postulaba:

  1. Reelaboración epistémica de cada ciencia a la luz de la problemática.
  2. Articulación de esas ciencias en función de los problemas ambientales más.
  3. Articulación de científicos superando la competencia por la cooperación y haciendo frente a los múltiples problemas de la comunicación interdisciplinaria.
  4. Valorización de los avances de equipos interdisciplinarios en la región. se analizó en especial el de la Fundación Bariloche que, como quedó dicho, había elaborado el modelo mundial latinoamericano “Catástrofes o Nueva Sociedad”.

Más tarde, en respuesta al informe Brundtland de 1987, se elaboró otro estudio al que se llamó Nuestra Propia Agenda del PNUD y el BID coordinado por Arnaldo Gabaldón (ministro de Medio Ambiente de Venezuela), donde participaron Gilberto Gallopin, Vicente Sánchez y otros destacados autores, proponiendo a los gobiernos y a las ONG y a toda la sociedad que incorporen esa agenda a la Reunión de Río de 1992. Una parte de ese trabajo se publicó, en lenguaje más directo, en Sejenovich y Panario (1996). Todo ello contribuyó por un lado a la agenda 21 de Naciones Unidas y por otro lado, en la sociedad civil, a los diversos tratados alternativos de las ONG en Río 1992. En la conferencia oficial se pudo firmar la Convención de Cambio Climático y el Convenio de Biodiversidad con la sola excepción en este último caso de EE.UU. En ese momento, un representante latinoamericano de primera fila fue José Lutzenberger, que había publicado en 1976 el manifiesto ecológico, Fim do Futuro?. Como ministro de Medio Ambiente en el gobierno de Brasil en 1992 Lutzenberger pidió que el banco Mundial no prestara más dinero a Brasil. Tuvo que dimitir (Hochstetler y Keck, 2007: 74).

En las reuniones paralelas en Rio de Janeiro en 1992 el ecologismo popular empezó a emerger muy públicamente. Efectivamente, 1.500 organizaciones de todo el mundo se reunieron para debatir todos los tratados que discutían los gobiernos y elaboraron tratados alternativos mucho más exigentes, incluyendo uno sobre la “deuda ecológica”. A pesar de todo ello, la suspicacia anti-ecologista en las esferas oficiales latinoamericanas continuó durante décadas, hasta hoy en día. En vez de tomar a Chico Mendes (asesinado en diciembre de 1988) como símbolo del ecologismo popular latinoamericano, hubo un incidente internacional sobre la interpretación de la lucha de los seringueiros contra la deforestación. Temiendo que surgieran iniciativas de internacionalizar la Amazonía, ya que no podía dejarse pasivamente que Brasil la destruyera, el presidente de Brasil abandonó sonadamente una reunión pública.

En conclusión, el enraizamiento del ambientalismo en la América Latina oficial no ha sido fácil. Empero, la Oficina Regional del PNUMA y la CEPAL (en menor grado) jugaron un papel importante en el desarrollo de un ambientalismo latinoamericano. Concluimos con Estenssoro (2014: 155) que los gobiernos latinoamericanos han enfatizado desde Estocolmo en 1972 hasta Río+20 en 2012, que la solución al problema ambiental no consiste en detener el crecimiento económico por temor a los infranqueables límites físicos del planeta, sino que la solución principal y última reside en cambiar la repartición desigual del poder y la riqueza en el mundo, así como estimular distintos estilos de desarrollo de acuerdo a cada realidad ecológica y social a nivel nacional y continental.

En el plano académico, en los últimos 30 años han surgido excelentes redes de investigación ambiental, políticamente más radicales que los gobiernos, entre las que cabe mencionar la SOLCHA (de historia ambiental, con Guillermo Castro Herrera y muchos otros), la revista iberoamericana de Economía Ecológica , las sociedades de economía ecológica entre las que destaca la Eco-Eco de Brasil, muchas reuniones de educadores ambientales y diversas iniciativas de estudio de conflictos ambientales y ecología política, páginas en la Web como EcoPortal y otras iniciativas muy propias del continente.

Faltó a nivel gubernamental un sentido de urgencia frente a la continua destrucción de biodiversidad y también frente al cambio climático (la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera subió de 360 ppm a 400 ppm entre 1992 y 2012). También faltó empatía ante el ecologismo popular. Ni el agroecologismo campesino ni el post-desarrollismo ni, como veremos a continuación, el ecologismo popular fueron parte de la “agenda propia” oficial latinoamericana.

Notas

[0] La foto que encabeza este artículo corresponde al mural “Presencia de América Latina” del artista mexicano Jorge González Camarena. El mural se encuentra en la Casa del Arte de la Ciudad Universitaria de Concepción (Chile).
[1] Joan Martínez Alier es uno de los dos padres fundadores de la economía ecológica en España (junto a José Manuel Naredo) y fundador y director de la revista semestral “Ecología Política. Cuadernos de debate internacional”, referencia de la materia en castellano tanto en España como en América Latina.
[3] Véase también, en este libro, el capítulo 7 de Héctor Sejenovich sobre pobreza y desarrollo sostenible.

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