Cultura Ecológica

Published on Septiembre 15th, 2015 | by EcoPolítica

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Jardines y huertos urbanos comunitarios: cultivando tolerancia e inclusión con inmigrantes y refugiados

 

Por María Rosón Sánchez [1]

 

I. En busca de la naturaleza perdida, la gran olvidada de nuestras vidas urbanitas

Pese a todas las malas noticias que nos llegan cada día sobre la delicada salud de nuestro planeta, el irrespirable aire de nuestras ciudades y la pérdida de biodiversidad, hay hueco para un movimiento que está cobrando fuerza poco a poco, extendiéndose silencioso y paciente, como una enredadera (valga la metáfora verde) en las ciudades de todo el mundo: los huertos y jardines urbanos.

Somos muchos los que por motivos personales o laborales tenemos que vivir en ciudades llenas de coches y de humo, mientras echamos de menos el contacto con la naturaleza, pisar tierra en lugar de asfalto, comer “tomates que sepan a tomate” y el verlos crecer antes de ponerlos en la ensalada. Muchos los que querríamos tener un jardín o un huerto para cultivar nuestra propia comida, pero sin embargo tenemos un alquiler o una hipoteca que sólo nos permite vivir en un apartamento con, a lo sumo, una terraza en la que poner unos pocos tiestos. Para poner remedio a esta necesidad de proximidad con la naturaleza que tantos sentimos, surgen los huertos y jardines urbanos en nuestras ciudades y barrios. La ventaja del carácter comunitario de estos huertos es que no es necesario dedicarle tanto tiempo como a un huerto particular: cada vecino/a dedica las horas que desea o que su tiempo libre le permite, repartiendo el trabajo y la cosecha.

Ahora bien, estos espacios no son simplemente lugares donde apropiarse de un pedazo de tierra para plantar flores o verduras. La creación de un huerto urbano es también un acto político que, cuando es decidido desde abajo, empodera a los vecinos al decidir qué hacer con su barrio, al elegir que en un espacio (por lo general sin uso) va a existir un huerto, un jardín, y no otro bloque de viviendas o un centro comercial, por poner dos ejemplos. Estos espacios se constituyen a su vez como lugares de socialización y participación ciudadana, fomentando el sentimiento de comunidad dentro del barrio, permitiendo a los habitantes conocerse y fortalecer los vínculos vecinales. Al tratarse de una actividad que puede hacerse sin una alta cualificación, resulta accesible para personas de diferentes bagajes profesionales y culturales, y también para personas de todas las edades, por lo que la convivencia intergeneracional y entre personas de distintas profesiones está muy presente. Todo ello permite y fomenta un clima de intercambio y aprendizaje, que promueve de forma especial la cultura ecológica.

Por otro lado, al tratarse por lo general de iniciativas vecinales promovidas por personas con una fuerte conciencia ecologista, los huertos y jardines urbanos están en su gran mayoría cultivados según los principios de la agricultura orgánica. En estos espacios se comparten técnicas y saberes muchas veces infravalorados en aras de la productividad de la agricultura industrial, y los participantes aprenden formas de cultivar comida sana que hará las delicias de su paladar y cuya salud, a la larga, agradecerá. Este es otro aspecto que refleja el carácter político de este tipo de iniciativas, al erigirse como alternativa al macro negocio de la agricultura industrial fomentando otro tipo de comida y otro tipo de cultivos. Por estos motivos, los huertos y jardines urbanos se están convirtiendo en lugares frecuentados por colegios e institutos dado su alto potencial de sensibilización y educación medioambiental.

II. Jardines y huertos comunitarios como espacios de inclusión social: intercambios con inmigrantes y refugiados desde la ecología

Las ventajas de estos jardines y huertos urbanos antes expuestas parecen claras para los amantes de la naturaleza que por unos u otros motivos viven lejos de ella. Sin embargo, estas ventajas no se agotan en este sector de la población: estos espacios pueden ser un instrumento fundamental para mostrar una vez más la estrecha relación entre ecología y solidaridad e inclusión social.

Son numerosos los proyectos llevados a cabo en los que se fomenta la inclusión de personas en situación de vulnerabilidad social a través de actividades de horticultura y jardinería. Desempleados de larga duración, ex presidiarios en programas de reinserción social, o personas con discapacidad mental son algunos de los colectivos que se benefician de este tipo de proyectos. Sin duda todos ellos son de gran interés debido la posición desigualitaria que ocupan en nuestras sociedades, pero en este artículo, y dado el momento de crisis humanitaria en la que se encuentra sumergida Europa, trataremos especialmente la relación existente entre los huertos urbanos comunitarios y la inclusión de inmigrantes y refugiados en nuestra sociedad.

Afortunadamente, no todo son cierre de fronteras, ataques de grupos violentos a centros de refugiados y muertes en el Mediterráneo. Al lado de estos trágicos sucesos, hay una sociedad que se organiza, hay un pueblo solidario en Europa dispuesto a llenar de noticias alternativas las páginas de los diarios de todo el mundo. Personas que reciben con comida y mantas a aquellos que cruzan las fronteras huyendo de la guerra, estadios de fútbol que se llenan de pancartas dando la bienvenida a los refugiados, gente que ofrece hospedar en su casa a familias enteras y también, proyectos de jardinería para ayudarles a convertir sus nuevas ciudades en lugares en los que sembrar un futuro diferente.

Como bien sabemos, la situación en la que inmigrantes y refugiados se encuentran al llegar a Europa no es nada fácil. A los traumas psicológicos sufridos tras el abandono de su país se les une la dificultad de legalizar su situación, el desconocimiento del idioma del país de llegada en muchos de los casos, y el choque cultural inevitable al que se ven expuestos, lo que muchas veces va acompañado de un rechazo de la población autóctona a su presencia en el país. Su situación económica no es mucho mejor, y las dificultades para encontrar empleo o algo en lo que ocupar su tiempo suelen ser muy grandes.

Frente a todos estos problemas, los huertos y jardines urbanos se configuran como un lugar en el que estos colectivos pueden encontrar una ocupación al mismo tiempo que pueden ser realmente incluidos en la sociedad. Para ello, es importante entender que para lograr una verdadera convivencia intercultural no vale simplemente con coexistir. Es necesario interactuar e interrelacionarse entre autóctonos e inmigrantes, evitar la formación de guetos y enclaves étnicos donde dos mundos se enfrenten. Para que esto ocurra, es preciso que la población tome consciencia de la situación de estos colectivos, eliminar prejuicios mediante el conocimiento mutuo, y esto no es un proceso sencillo. Para cristalizar esta convivencia intercultural, es necesario que estos encuentros, estas interrelaciones tengan lugar en contextos cotidianos. No basta con encuentros puntuales, se necesita constancia y dedicación, hace falta cuidar esos encuentros para que den sus frutos, regarlos cada poco tiempo y cultivarlos, como un huerto, como un jardín. Así pues, ¿qué lugar mejor que este? Para que los prejuicios y el rechazo a otra cultura desaparezcan, es necesario fomentar lo que tanto los que llegan como la sociedad de acogida tienen en común. Y si algo tenemos en común los seres humanos es que todos necesitamos comer, y que todos necesitamos cuidar de la naturaleza de una u otra manera. Los encuentros en los jardines y huertos urbanos contribuyen a crear este clima de intercambio cotidiano, fomentando la comunicación entre autóctonos y foráneos, dando pie al intercambio, al aprendizaje y al enriquecimiento mutuo, haciendo que estos colectivos se sientan parte de un proyecto duradero en su nueva ciudad.

III. Experiencias de este tipo y comentarios finales

En la actualidad, podemos encontrar muchas iniciativas de jardinería con inmigrantes y refugiados en diferentes países de Europa. Uno de los países que alberga gran número de proyectos de este tipo es Alemania, lo que no es de extrañar debido a la importancia del movimiento ecologista en este país y dado que es el primer país receptor de refugiados de Europa. En ciudades como Bremen, el proyecto “Gärtnern für fluchtlinge” (Jardineros para los refugiados) estructura una red de jardines en los que autóctonos y foráneos se encuentran en jardines dentro y fuera de la ciudad, incluidos huertos junto a los campos y casas destinadas a los refugiados. En España encontramos proyectos similares como las “huertas para la integración”, impulsadas por la organización “Asturias Acoge”, o el proyecto “Huertos urbanos” en Leganés Norte, coordinado a  través del área de Inmigración y Voluntariado del ayuntamiento.

En definitiva, los jardines y huertos urbanos son espacios de socialización y de aprendizaje cuyas ventajas para el medio ambiente y para la comunidad son más que evidentes. Pero más allá de eso, son sobre todo espacios de transformación, de cultivo y de recogida de “algo nuevo”, un símbolo de transición hacia un futuro mejor para todos. Son muchos los lugares sin uso en las ciudades y barrios de nuestro país esperando que alguna empresa constructora saque beneficio de ellos cuando los tiempos sean más boyantes para la economía. Frente a esto, los proyectos de jardines y huertos urbanos pueden ser una alternativa ecológica e inclusiva a este mundo de cemento y asfalto en el que a tantos nos toca vivir.

Notas

[1] María Rosón Sánchez es graduada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Carlos III de Madrid, ha trabajado con varias asociaciones de ayuda a inmigrantes y refugiados y actualmente realiza una formación en mediación social intercultural.

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One Response to Jardines y huertos urbanos comunitarios: cultivando tolerancia e inclusión con inmigrantes y refugiados

  1. GUILLERMO MERCHAN CANO says:

    GENIAL SU PAGINA, SALUDOS DE SURAMERICA – COLOMBIA

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