Política y Sociedad

Published on junio 23rd, 2019 | by EcoPolítica

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Más allá del Green New Deal

Por Carlos Corrochano

“Apunta antes de tirar al blanco.
Cuando estés seguro, no tires aún.
Al final estarás tan seguro que ya
no te hará falta disparar.”
Joan Brossa

“Llegará el día en que una sola zanahoria, con sólo verla, desencadenará una revolución.”
Paul Cézanne

Mientras esperamos la mesiánica aparición de la hortaliza que pronosticó el genial pintor francés, son muchos los escepticismos que se amontonan ante la posibilidad de que dicha revolución se desate. Con zanahoria o sin ella, parece evidente que Cézanne confiaba en exceso en el thymos revolucionario, contagiándose así de uno de los rasgos característicos de la filosofía liberal que Karl Polanyi señaló en La gran transformación: la “fe emocional en la espontaneidad”. Según el científico social austriaco, azote de la economía de mercado, era en esta creencia pueril y ñoña en el cambio natural y desenvuelto donde residía el problema más significativo del liberalismo. En sus propias palabras: “(…) se creía en la espontaneidad, y se creía en ella hasta la sensiblería”.

¿Podría decirse algo similar de las propuestas que provienen de la ecología política? La práctica discursiva de este espectro ideológico todavía por determinar no debería caer en la lógica de las nociones naif,  los lugares comunes y una suerte de retórica postpoética que impone la cooptación de la etiqueta verde por las multinacionales y el entramado mediático. De cualquier manera, importan más – mucho, muchísimo más – las discusiones programáticas que la mayor o menor elocuencia puesta al servicio de su difusión.

Sin lugar a dudas, la medida estrella que ha copado titulares y atención mediática – no tanto académica, al menos con una intensidad comparable – es el Green New Deal. Abanderado por Alexandria Ocasio-Cortez y la nueva oleada de jóvenes congresistas demócratas, ha sido divulgado por el errejonismo y Más Madrid en España. Bajo el paraguas del New Deal verde se proyectan los ecos de muy diversas tendencias: desde las reminiscencias más lejanas de las políticas públicas de Roosevelt, pasando por el globalismo verde de Jill Stein y el Green Party norteamericano, las ambiguas propuestas de Al Gore o el plan preconizado por la primera administración Obama.

Más allá del ámbito legislativo, fue el columnista del The New York Times Thomas Friedman quien popularizó el término en 2007. Es necesario señalar dicho origen, ya que el programa abanderado por este premio Pullitzer, además de remitirse a un simple esbozo sin desarollar, plantea una serie de incógnitas. En primer lugar, su postura respecto a la eterna discusión en torno a los límites de lo posible. Y es que en enero de este mismo año, Friedman pregonaba lo siguiente: “Solo hay una cosa tan grande como la Madre Naturaleza: el Padre Avaricia, es decir, el mercado. Yo soy un capitalista verde. Creo que solo configurando el mercado podremos lograr el equilibrio que necesitamos”. Trasladando este aparente conformismo al otro lado del Atlántico, ¿no recuerda a los debates ideológicos en el seno del Partido Verde Europeo? ¿No debemos, en todo caso, aprender de la clásica disputa entre realos y fundis, cuyas marcas todavía se perciben en Die Grünen?

A falta de concretar el planteamiento de este New Green New Deal, sirva esto como una primera advertencia: abogar por un “reformismo no reformista”, en los términos de André Gorz, no conlleva necesariamente retozarse en el discurso indulgente del capitalismo eco-friendly. En ese periodo de incertidumbre que es el “mientras tanto” libre de resignación de Vázquez Montalbán no podemos cometer el lujo – auspiciado por un esnobismo que, además de intelectualoide, se revela ecocida – de no apostar por políticas con orientación ecológica para la mayoría. El foco ya ce en, si no apagar, al menos mitigar el incendio [1]. Siguiendo el hilo del último ensayo de Héctor Tejero y Emilio Delgado, en el que se plantea muy lúcidamente una “guerra de posiciones climática”, son varias las respuestas que se están intentando ofrecer a la pregunta que ambos autores esbozan en su libro: ¿Qué hacer en caso de incendio? [2]

En el seno de la New Left -y, más concretamente, en las páginas de su insigne publicación, la New Left Review– se ha propiciado en los últimos meses una discusión, de corte académico y más alejada de las ambiciones posibilistas del Green New Deal, en torno a los caminos a emprender para poner fin a la quema sistémica. Se dice que donde hay humo, hubo fuego, y quizá sea ese el mínimo común denominador de todas estas proposiciones: la acuciante obligación de no caer en la parálisis y ofrecer alternativas a la senda que lleva inexorablemente a una gran crisis civilizatoria. Claro está, es siempre más difícil enfrentar el rojo ígneo de la llama que lamentarse ante la quebradiza bruma que deja la humareda.

La defensa del decrecimiento de Mark Burton y Peter Somerville [3]

En la primera propuesta – última si atendemos al criterio cronológico de publicación – los investigadores y activistas Mark Burton y Peter Somerville proponen una suerte de “combinación inesperada” de lucha popular y colapso del sistema capitalista, haciendo al mismo tiempo hincapié en la necesidad de que la política de los gobiernos rompa con su histórica función de servidora del capital internacional.

Ambos sostienen que, junto con el realce de las energías renovables y la “reducción selectiva” de las emisiones de CO2, ha de apostarse por una contracción drástica del volumen material de la economía. Para ello, Burton y Somerville mantienen que debe reducirse el peso de la agricultura, la construcción y la producción industrial y argumentan, en definitiva, que la “reducción voluntaria” de la economía material se revela como “un fin deseable en sí mismo”.

Por el contrario, su visión respecto al PIB contiene una previsión bastante pesimista: en el marco de las dinámicas electorales, el crecimiento económico y un Producto Interior Bruto en constante aumento constituyen los requisitos básicos que toda formación política ha de reclamar para no caer relegada al ostracismo. Asimismo, ambos entienden el contexto actual del neoliberalismo financiarizado como “la respuesta del capitalismo a la crisis de rentabilidad que siguió al boom de la posguerra”.

En su defensa del decrecimiento, siguiendo la clásica apuesta que en nuestro país han defendido autores como Carlos Taibo[4], Burton y Somerville ponen el foco en el concepto mismo de crecimiento y critican así lo que consideran como la “identificación errónea de los villanos” que realizan otros autores cuando ponen el foco exclusivamente en la deriva neoliberal.

El crecimiento verde de Robert Pollin [5]

Robert Pollin sugiere, en la que quizá sea la propuesta más plausible de las que aquí se exponen, la necesidad de una inversión masiva y a escala global en energías renovables. El economista estadounidense considera que debe priorizarse la reducción de los combustibles fósiles, por delante incluso del descenso del consumo energético, ya que esta es responsable de “cerca del 74% del total de emisiones globales de efecto invernadero”. Se postula así la inversión en “tecnologías y prácticas” eficientes y la apuesta global por las infraestructuras de energía renovable para poder mantener los mismos niveles de suministro energético -siendo posible prever su aumento- con la condición de que el dispendio de petróleo, carbón y gas natural se vea drásticamente disminuido.

Pollin revela su querencia por la realpolitik al cuestionar la viabilidad de una propuesta orgánica de reforma radical del marco económico a través del decrecimiento[6]. Según él, el crecimiento no es políticamente negociable. Es más, el economista estadounidense alerta del posible peligro de una “gran depresión verde” que derive en una rebaja dramática de las condiciones de vida y en un daño irreparable para el mercado de trabajo, en el caso de apostar irresponsablemente por la dinámica decrecentista. Uno de los elementos más interesantes de su proposición, también destacado por Lola Seaton[7], es la preminencia de lo colectivo sobre las respuestas individuales (el paradigma del “consumidor bio” que evita el plástico y compra bombillas ecológicas).

Podría reivindicarse lo radical de su propuesta en el énfasis que esta misma pone en la esperanza. No se trata, según el propio Pollin, de preguntarse “¿a qué renunciamos?” sino “¿cómo haremos para mejorar de forma colectiva nuestra calidad de vida en general?”. La heterodoxa propuesta de crecimiento sustentable del profesor de la Universidad de Massachusetts, además de absorber en torno al 2% del PIB global anual para lograr su cometido, no coloca la responsabilidad absoluta sobre los hombros de los individuos, rechazando así una restricción de su libertad y una reivindicación apologética de la idea de sacrificio.

En general, el crecimiento teñido de verde auspiciado por Robert Pollin constituye un planteamiento antropocéntrico en el que el calentamiento global es reclamado como el mayor y más preocupante desafío. Se trata de un enfoque estratégico, realista y posibilista, que huye de los análisis morales y no cuestiona la esencia de la práctica consumista. A fin de cuentas, se trata de la propuesta más acoplable al Green New Deal que proponen intelectuales y activistas.

Las ecologías de escala de Herman Daly [8]

El economista estadounidense Herman Daly destaca, entre otras muchas cosas, por su condición de georgista en un entorno que remite esta línea de pensamiento al anacronismo. El georgismo, conocido así por las tesis de Henry George, mantiene que el individuo es dueño de todo aquello que produce, con la solícita y clara exclusión de la naturaleza: nadie, absolutamente nadie, puede erigirse como propietario de esta, ya que pertenece a la totalidad de los seres humanos.

Daly lleva años trabajando en pro de un sistema del estado estacionario que entiende el impacto medioambiental como “el producto entre el número de personas por el uso de recursos per cápita”. Siguiendo esta misma lógica, postula la necesidad de limitar tanto el crecimiento demográfico como el uso de combustibles fósiles. Todo ello viene articulado mediante una suerte de sistema orientado a la posibilidad de comerciar los derechos de emisión a través de pública subasta del Estado: algo así como un estado de equilibrio que consolidad la intercambiabilidad del derecho de poblar el mundo – un solo hijo por pareja – y del derecho de agotar los recursos. Este cap-and-trade system impone una serie de restricciones a la riqueza que reforzaría la oposición frontal de la oligarquía y el capital global.

Asimismo, a diferencia del programa de Pollin, Daly considera que debe reconsiderarse el propio concepto de crecimiento económico, favoreciendo de esta manera una reflexión más profunda acerca del leitmotiv de la transformación social. El economista norteamericano se afana también en su crítica al concepto del PIB, indicador que desestima por su frágil relación con el bienestar social. Más allá de todo esto, la proposición de Daly se podría considerar, a grandes rasgos, como un capitalismo de Estado explícitamente concienzudo acerca de la crisis climática.

La propuesta ecoaustera de Troy Vettese [9]

Troy Vettese, como él mismo afirma, no mantiene una especial preocupación acerca de los aspectos nominativos: podríamos calificar su proyecto de “ecoausteridad igualitaria”, “ecosocialismo” o, recogiendo el concepto de E.O. Wilson, “economía de la mitad de la tierra”. Este último concepto, contenido en el libro Half-earth! Our Planet’s Fight for Life, sostiene que la mitad del planeta debe ser declarado reserva natural libre de presencia y actividad humana.

La propuesta de Vettese se configura como una respuesta “ecoaustera” que aboga por la reducción drástica de energía y una suerte de veganismo obligatorio que golpearía directamente el corazón de la industria ganadera en beneficio de la geoingeniería natural y de la extensión de las infraestructuras de energía renovable. La austeridad que divulga podría llevar, entre otras cosas, a que la población estadounidense deba reducir hasta en un 80% su consumo energético.

El proyecto de Vettese contiene también una reflexión ulterior respecto a los medios y a los fines. Aprovechando las consideraciones de Alyssa Battistoni acerca de la adaptación a un “futuro de clima estable”, el historiador estadounidense sostiene que esta situación permite profundizar la discusión en torno a la pregunta de qué trabajos sostenibles queremos. Asimismo, Vettese rechaza la idea de que el crecimiento constituye el mantra genérico del capitalismo posindustrial, siendo este “la maximización de beneficios para las empresas, de modo que se puedan aportar rentas y riquezas máximas a los ricos”. Como consecuencia de esto, mantiene una postura muy crítica con respecto a las propuestas de Daly o Pollin en torno al mantenimiento de las lógicas capitalistas que, en su opinión, producen enormes fuerzas de ralentización y resistencia.

Todas estas medidas programáticas comparten una misma carencia que debe subsanarse para romper y trascender el marco de lo académico y arribar al espacio contingente del sentido común. Se trataría de militar en aquello que nos enseñó Rachel Carson, presente en obras clásicas como La primavera silenciosa: transitar desde la biología y la esfera de lo científico hacia el discurso moral y la batalla por lo razonable y lo necesario. Ese es el verdadero camino de la consciencia y la transgresión.

En definitiva, son muchas las posibilidades que se abren ante la extrema plausibilidad del abismo y es escaso el tiempo que queda para ponerlas en marcha. El Green New Deal, por supuesto, es una de ellas. Resulta evidente que no se trata ya de la revolución que queremos, sino de aquella que necesitamos, y si algo aprendimos del malogrado populismo laclauniano es que no hay realidad que no sea sobredeterminada. Mientras tanto – sí, ese “mientras tanto” – seguiremos pensando y actuando para que la vida no nos venga predeterminada por las dinámicas irresponsables de aquellos que creyeron poder apagar el fuego con gasolina.

Notas

[0] La imagen que ilustra el presente artículo ha sido realizada por Sarah Silbiger y está recogida en The Intercept. Su utilización no tiene ningún propósito comercial. Enlace: https://theintercept.com/2018/11/27/green-new-deal-congress-climate-change/
[1] Acerca de la conveniencia de emplear cierta terminología con un deje catastrofista resulta muy interesante el artículo de Rodrigo Irurzun en El Salto Diario: «Quizás algunos mensajes no ayudan, como aquellas imágenes de osos polares en el Ártico, o como esas de un planeta en llamas». https://www.elsaltodiario.com/cambio-climatico/no-es-crisis-planeta-humanidad/
[2] Santiago, E., Tejero, H. (2019). ¿Qué hacer en caso de incendio?: Manifiesto por el Green New Deal. Madrid: Capitán Swing.
[3] Mark Burton y Peter Somerville, «Decrecimiento: una defensa», New Left Review 115, marzo-abril de 2019.
[4] Taibo, C. (2009). En defensa del decrecimiento: Sobre capitalismo, crisis y barbarie / Carlos Taibo (Los libros de la Catarata ; 297). Madrid: La Catarata.
[5] Robert Pollin, «Decrecimiento vs. Nuevo New Deal verde», New Left Review 112, septiembre-octubre de 2018.
[6] La extracción de minerales y su implicación en términos de consumo de energía y emisiones resulta una objeción recurrente. Autores como Jorge Riechmann sostienen esta postura, junto con la idea de que el nivel de consumo actual podría ser difícilmente cubierto sin el empleo de combustibles fósiles. Luis González Reyes expresa esta misma preocupación en su artículo de CTXT. https://ctxt.es/es/20190403/Firmas/25368/green-new-deal-transicion-ecologica-smart-cities-luis-gonzalez-reyes.htm
[7] Lola Seaton. «Cuestiones verdes», New Left Review 115, marzo-abril 2019.
[8] Herman Daly, «Ecologías de escala», New Left Review 109, marzo-abril de 2018.
[9]  Troy Vettese, «Congelar el Támesis», New Left Review 111, julio-agosto de 2018.

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