Ecofeminismo

Published on agosto 14th, 2002 | by EcoPolítica

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Un repaso a las diversas corrientes del ecofeminismo: feminismo y ecología

Por Alicia H. Puleo [1]

Artículo publicado en El Ecologista, nº 31, verano 2002.

Las aportaciones de dos pensamientos críticos –feminismo y ecologismo– nos ofrecen la oportunidad de enfrentarnos no sólo a la dominación de las mujeres en la sociedad patriarcal sino también a una ideología y una estructura de dominación de la Naturaleza ligada al paradigma patriarcal del varón amo y guerrero.

I. Introducción

Feminismo y ecologismo serán dos movimientos sociales fun­damentales en el siglo XXI. El primero porque, adquirida la autoconciencia como colectivo y la formación necesarias ya no es posible detenernos (aunque se puede siempre retrasar la llegada a las metas emancipa­torias con diversas estrategias); el segun­do por la cada vez más evidente insoste­nibilidad del modelo de desarrollo tecno­económico. Estamos asistiendo al comien­zo del fin de la Naturaleza. Ya no resulta fácil a los medios de comunicación disi­mular, como hasta ahora, la conexión existente entre diversas catástrofes natu­rales que no son sino manifestaciones de un cambio climático global de conse­cuencias insospechada.

Vivimos lo que Ulrich Beck llamó “la sociedad del riesgo”. Cuanta más infor­mación poseemos sobre los alimentos que consumimos, el agua que bebemos, el aire que respiramos y hasta el sol que tomamos, mayor inseguridad sentimos (contaminación, pesticidas, agujero de ozono, conservantes… la lista es muy larga). Sólo la ignorancia o la adopción de una actitud tecno-entusiasta ciega puede hoy en día hacer que miremos hacia otro lado cuando los signos de peligro son tan claros. Y, sin embargo, hay una voluntad (inconsciente) genera­lizada de mirar hacia otro lado, voluntad cultivada cuidadosamente por el inmen­so montaje escenográfico de la sociedad de consumo. El ecologismo avanza lenta­mente y tiene mayor implantación en los países tempranamente industrializados, en aquellos en que la población, o al menos su juventud más ilustrada, se ha cansado del espejismo hedonista con­temporáneo que prometía la felicidad a través de la acumulación de un sinfín de objetos materiales. Su avance es lento pero está asegurado por la evolución misma de las cosas, por la tozuda realidad que llamará cada vez más frecuente y contundentemente a nuestras puertas.

Ahora bien, de la futura coexistencia triunfal de ambos movimientos –feminis­mo y ecologismo– no se deduce, al me-nos a primera vista, que deba existir entre ellos una relación particular. Sin embar­go, una reflexión más detenida sobre la cuestión muestra al menos dos grandes formas en que se plantea la necesidad del diálogo. La primera de estas formas es la más superficial, pragmática y fácil de com­prender. Es, en realidad, una negocia­ción preventiva: ¿qué papel se reserva a las mujeres en la futura sociedad de desa­rrollo sustentable? Dado que gran parte de la emancipación femenina se ha apo­yado en la industrialización (por ejemplo, en los artículos envasados o de usar y tirar, nefastos para el medio ambiente), ¿cómo organizaremos la infraestructura cotidiana sin sacrificar los todavía incier­tos márgenes de libertad de las mujeres? La experiencia de las militantes en los Verdes (con la honorable excepción del mantenimiento a rajatabla de la paridad) y en diversas organizaciones ecologistas muestra que subsisten allí, como en el resto de los partidos, fuertes inercias pa­triarcales. Los ecologistas no suelen ser feministas. Y ya en lo que concierne par­ticularmente al Estado español, por lo general, las feministas no tienen gran sensibilidad ecologista. Aquí, son, por ahora, dos mundos que viven de espal­das pero que en el futuro están destinados a tratarse y, probablemente, a realizar pactos político.

Si lo anterior se refiere a las necesida­des futuras, hay otras razones actuales para que el feminismo se interese por la ecología. Si el feminismo quiere mante­ner su vocación internacionalista, deberá pensar también en términos ecologistas ya que las mujeres pobres del Tercer Mundo son las primeras víctimas de la destrucción del medio natural llevada a cabo para producir objetos suntuarios que se venden en el Primer Mundo. El nivel de vida de los países ricos no es exportable a todo el mundo. Los recursos naturales son consumidos sin atender a la posibilidad o imposibilidad de su renova­ción. El expolio no tiene límites en aque­llos países en los que la población carece de poder político y económico para hacer frente a la destrucción de su medio natu­ral. Así, por ejemplo, los elegantes mue­bles de teca que proliferan hoy en las tiendas de decoración españolas son, por lo general, lo que queda de los bosques indonesios, sistemáticamente arrasados. Las mujeres rurales indias o africanas que viven en una economía de subsistencia han visto su calidad de vida disminuir trágicamente con la llegada de la explota­ción racionaldirigida al mercado interna­cional. Si antes disponían de leña junto al pueblo, ahora deben caminar kilómetros para encontrarla. Ésa es la moderniza­ción que les llega. Si en nombre de la justicia deseamos que nuestra calidad de vida se extienda a toda la humanidad, esta calidad debe cambiar y hacerse sus­tentable. Si la población china tuviera acceso a los automóviles como la occi­dental, la atmósfera de la Tierra sería irrespirable. Hay límites físicos, estudia­dos por la ciencia de la ecología, que imponen un rumbo ecologista a nuestro modelo civilizatorio.

El ecofeminismo atiende a ésta y a otras cuestiones. No hay un solo ecofemi­nismo sino varias tendencias diferentes en polémica actualmente. Dada la nove­dad de sus planteamientos y por ser una de las formas más recientes del feminis­mo, suele ser mal conocido y, a menudo, rechazado injustamente en bloque bajo el calificativo de esencialista. En este breve trabajo, intentaré distinguir esquemática­mente las corrientes principales, plantea­ré lo que considero sus problemas y ter­minaré apuntando lo más prometedor de un feminismo con conciencia ecológica.

II. Surgimiento del ecofeminismo

El feminismo mostró desde temprano que uno de los mecanismos de legitimación del patriarcado era la naturalización de la Mujer. En El Segundo Sexo, Simone de Beauvoir denuncia la exclusión de las mujeres del mundo de lo público realiza­da a través de la conceptualización de la Mujer como Alteridad, como Naturaleza, como Vida Cíclica casi inconsciente, por parte del Hombre (varón) que se reserva­ba los beneficios de la civilización. El famoso “no se nace mujer, se llega a serlo” beauvoireano es una denuncia del carácter cultural, construido, de los este­reotipos femeninos y, al mismo tiempo, un alegato en favor del reconocimiento del derecho de las mujeres, en tanto seres humanos portadores de un proyecto exis­tencial, a acceder al mundo de la Cultura del que fuimos injustamente excluidas. Los feminismos liberal, socialista y radical de principios de los años setenta recoge­rán esta reivindicación consiguiendo rom­per, al menos en gran parte, la prisión doméstica en la que se hallaban encerra­das las mujeres de la época.

Hacia finales de los 70, y ya plena­mente en los 80, algunas corrientes del feminismo radical recuperan la antigua identificación patriarcal de Mujer y Na­turaleza para darle un nuevo significado. Invierten la valoración de este par con­ceptual que en los pensadores tradicio­nales servía para afirmar la inferioridad de la Mujer (así, por ejemplo, en Hegel la Mujer es presentada como más próxima a formas de vida consideradas inferiores –animales o vegetales– al Hombre). Afirman estas feministas ra­dicales que la Cultura masculina, obsesionada por el poder, nos ha conducido a guerras suicidas y al envenenamiento de la tierra, el agua y el aire. La Mujer, más próxima a la Natura­leza, es la esperanza de conservación de la Vida. La ética del cuidado femenina (de la protección de los seres vivos) se opone, así, a la esencia agresiva de la masculinidad.

Este feminismo radical buscará una ginecología alternativa frente a los trata­mientos invasivos de médicos y grandes laboratorios farmacéuticos. Un importante resultado de su actividad en los grupos de autoayuda se refleja en una obra muy conocida entre nosotras y que aconsejo a quienes aún no se hayan servido de ella: el manual de ginecología alternativa del Colectivo de Mujeres de Boston: Nues­tros Cuerpos, Nuestras Vidas. Ante la manipulación creciente del cuerpo de las mujeres, estas feministas denunciaron los efectos secundarios de unos anticoncep­tivos dirigidos a la satisfacción masculina de la androcéntrica liberación sexual. Más recientemente, sus advertencias se han dirigido a un fenómeno nuevo: la terapia hormonal sustitutoria para la menopau­sia, nuevo filón de las multinacionales farmacéuticas. Esta preocupación por la salud y por recupe­rar el control del propio cuerpo es un elemento central de este primer ecofe­minismo y explica el título de una de sus obras más re-levantes: Gyn/ Ecology (1978) de Mary Daly. De for­mación teológica, M. Daly se dedica a analizar los mitos llegando a la certera conclu­sión de que la única religión que prevalece en todas partes es el culto al patriarcado. Propone desarrollar una conciencia ginocéntrica y biofí­lica de resistencia frente a la civilización falotéc­nica ynecrofílica dominante.

Este ecofeminismo, llamado hoy en día clási­co, es claramente un feminismo de la diferencia que afirma que hombres y mujeres expresan esencias opuestas: las mujeres se caracterizarían por un erotismo no agresivo e igualitarista y por aptitudes maternales que las predispondrían al pacifismo y a la preservación de la Naturaleza. En cambio, los varones se verían naturalmente abocados a empresas competitivas y destructi­vas. Este biologicismo suscitó fuertes críticas dentro del feminismo, acusándosele de demoni­zar al varón. Su separatismo lesbiano y su inge­nuidad epistemológica (esencialismo) hicieron de este primer ecofeminismo un blanco fácil de las críticas de los sectores feministas mayoritarios carentes de sensibilidad ecológica. Actualmente, todavía, se suele asociar el nombre de ecofemi­nismo únicamente a esta primera forma del movimiento y de la teoría y se desconoce las tendencias constructivistas más recientes.

III. Ecofeminismos espiritualistas

Vinculados a las tendencias místicas del primer ecofeminismo pero alejándose de la demoniza­ción del varón, hemos conocido en los últimos años un fenómeno nuevo: la teoría feminista que viene del Sur. Debo aquí citar un nombre muy conocido, el de la física nuclear y filósofa de la India Vandana Shiva. Combinando las aportaciones de historiadoras feministas de la ciencia como Evelyn Fox Keller o Carolyn Mer-chant con su propia tradición filosófico-religio-sa, V. Shiva realiza una seria crítica del desarro­llo técnico occidental que ha colonizado el mundo entero. Afirma que “lo que recibe el nombre de desarrollo es un proceso de mal desarrollo, fuente de violencia contra la mujer y la naturaleza en todo el mundo (…) (el mal desarrollo) tiene sus raíces en los postulados patriarcales de homogeneidad, dominación y centralización que constituyen el fundamento de los modelos de pensamiento y estrategias de desarrollo dominantes”.

Por los libros de V. Shiva, hemos podido saber lo que los medios de comunicación silen­cian: existen movimientos de resistencia al mal desarrollo. Uno de ellos es el de las mujeres Chipko, de las que Vandana Shiva se hace portavoz. Basándose en los principios de no­violencia creativa de Gandhi, las mujeres rura­les Chipko, en nombre del principio femenino de la Naturaleza de la cosmología de la India, consiguieron detener la deforestación total del Himalaya turnándose en la vigilancia de la zona y atándose a los árboles cuando iban a talarlos. Enfrentándose a sus maridos, dispuestos a ven­der los bosques comunales, las mujeres Chipko adquirieron conciencia de grupo y posterior­mente continuaron luchando contra la violen­cia doméstica y por la participación política.

En América Latina, particularmente en Chi-le, Brasil, México, Uruguay, Bolivia, Argentina, Perú y Venezuela, en el rastro dejado por la Teología de la Liberación, se está iniciando actualmente la elaboración de un pensamiento teológico ecofeminista. Así, la teóloga brasileña Yvone Gevara sostiene que hoy en día la justi­cia social implica ecojusticia. Este ecofeminis­mo latinoamericano se caracteriza por su inte­rés en las mujeres pobres y su defensa de los indígenas, víctimas de la destrucción de la Na­turaleza. Llama a abandonar la imagen patriar­cal de Dios como dominador y el dualismo de la antropología cristiana tradicional (cuerpo/ espíritu). La trascendencia ya no estará basada en el desprecio de la materia sino que se definirá como inmersión en el misterio de la vida, perte­nencia a un todo que nos trasciende. Será concebida como “experiencia de la belleza, de la grandiosidad de la naturaleza, de sus relacio­nes y de su interdependencia”. En esta teología latinoamericana, el ecofeminismo es una postu­ra política crítica de la dominación, una lucha antisexista, antirracista, antielitista y anti-antro-pocéntrica (debemos respetar a las demás cria­turas vivas, no sólo al ser humano).

IV. Ecofeminismos constructivistas

Bajo este título unificador, dados los estrechos límites de este trabajo, daré solamente dos ejemplos de las distintas teorías y movimientos ecofeministas que no comparten el esencialis­mo de las clásicas ni se nutren en las fuentes religiosas de las espiritualistas del Tercer Mun-do, aunque compartan, según los casos, algu­nas de sus posiciones (antirracismo, antiantro­pocentrismo, antielitismo…).

El ambientalismo feminista de Bina Aga­rwal es una buena muestra de la posición constructivista. Economista de formación, ori­ginaria de la India como Vandana Shiva, criti­ca la teoría de ésta que atribuye la actividad protectora de la Naturaleza de las mujeres de su país al principio femenino de su cosmolo­gía. Para Agarwal, el lazo que ciertas mujeres sienten con la Naturaleza tiene su origen en sus responsabilidades de género en la economía familiar. Piensan holísticamente y en términos de interacción y prioridad comunitaria por la realidad material en la que se hallan. No son las características afectivas o cognitivas pro­pias de su sexo sino su interacción con el medio ambiente (cuidado del huerto, recogida de leña) lo que favorece su conciencia ecológi­ca. La interacción con el medio ambiente y la correspondiente sensibilidad o falta de sensibi­lidad ecologista generada por ésta dependen de la división sexual del trabajo y de la distri­bución del poder y de la propiedad según las divisiones de clase, género, raza y casta.

Desde otra perspectiva, una de las más des­tacadas teóricas actuales del feminismo ecolo­gista, Val Plumwood, constituye un buen ejem­plo de la crítica constructivista. Esta filósofa australiana ha insistido en el carácter histórico, construido, de la racionalidad dominadora mas­culina. La superación de los dualismos jerarqui­zados Naturaleza/Cultura, Mujer/Hombre, Cuer-po/Mente, Afectividad/Racionalidad, Materia/ Espíritu exige un análisis deconstructivo. Utili­zando aportaciones muy diversas (reivindica­ciones de igualdad de Simone de Beauvoir, crítica al androcentrismo del ecofeminismo clá­sico, teoría de las relaciones objetales…) exami­na la historia de la filosofía occidental desde los griegos como la construcción de un yo mascu­lino dominador, hiperseparado de su propio cuerpo, de sus afectos, de las mujeres, de los demás seres vivos y de la Tierra que lo sustenta. Esta visión fantasiosa de la propia identidad humana, utilizada como legitimación del domi­nio ha conducido a la civilización destructiva actual. Pero no es una esencia sino un fenóme­no histórico, una construcción.

V. El problema de la praxis

El ecofeminismo clásico espiritualista inspiró a numerosos grupos feministas pacifistas como el de Greenham Common. La mística diferencia­lista se manifestó apta para movilizaciones de gran impacto en las que se utilizaron los ele­mentos del mundo tradicional femenino con maestría política: por ejemplo, se tejieron redes en torno a los misiles de las bases militares. En resumen, su debilidad teórica (esencialismo) es su fuerza práctica. Pero, podemos preguntar­nos, ¿favorece al colectivo femenino la utiliza­ción de los estereotipos de género?

Es comprensible que la naturalización de la Mujer, utilizada desde tiempos remotos para la exclusión de las mujeres del mundo de la cultu­ra, suscite graves reparos en las filas feministas. ¿Decir que las mujeres estamos más cerca de la Naturaleza por nuestra capacidad materna no es volver a encerrarnos en los límites de las funciones reproductivas? Y, por otro lado, ¿la exaltación de lo inferiorizado desde posiciones de no poder es capaz de alterar los valores establecidos? ¿No estaríamos agregando un trabajo más a las oprimidas, la de ser salvadoras del ecosistema invocando su esencia?

Desde el constructivismo de posiciones de corte economicista como las de Agarwal, todo se reduce a tomar medidas prácticas de conser­vación del medio ambiente que se apoyen en el saber tradicional de las mujeres rurales, sustituir el monocultivo industrial por la diversidad de semillas autóctonas, descentralizar y favorecer la participación de los grupos desfavorecidos en la toma de decisiones. Esto es indudablemente útil y necesario pero, como señala la ecofemi­nista alemana Barbara Holland-Cunz, este tipo de críticas al ecofeminismo espiritualista ignora la aportación de éste a la conciencia contempo­ránea: la imagen de un diálogo horizontal, democrático, empático con la Naturaleza. Al perder esta nueva sensibilidad, tales críticas vuelven a considerar a la Naturaleza como mero recurso a disposición de los humanos. El mismo término medio ambiente expresa ese reduccionismo por el que la Naturaleza aparece como simple escenario en el que los humanos realizan sus proezas.

Finalmente, señalaré que la potencia teórica de los feminismos ecologistas de tercera genera­ción, como el de Plumwood, constituye su debi­lidad práctica. La complejidad de su análisis y el rechazo de la mística de la feminidad natural despojan de herramientas útiles a la hora de las movilizaciones. De hecho, no se pueden extraer indicaciones claras de lo que debería ser una actividad ecofeminista derivada de su obra. Y sin embargo…

VI. El feminismo ecologista como nuevo proyecto ético y político

…más allá de todos los problemas teóricos y prácticos de un feminismo que se encuentra actualmente en plena elaboración y discusión, creo en la validez de un feminismo ecologista crítico que planteara una alternativa a la crisis de valores de la sociedad consumista e individualis­ta actual. Las aportaciones de dos pensamientos críticos –feminismo y ecologismo– nos ofrecen la oportunidad de enfrentarnos no sólo a la domi­nación de las mujeres en la sociedad patriarcal sino también a una ideología y una estructura de dominación de la Naturaleza ligada al paradig­ma patriarcal del varón amo y guerrero.

Nuestra autoconciencia como especie humana ha de avanzar hacia la igualdad de muje­res y hombres en tanto partícipes no sólo de la Cultura sino también de la Naturaleza. Esto incluye tanto la participación de las mujeres en el ámbito de la Cultura como la plena acepta­ción en lo propiamente humano de aquellos elementos despreciados y marginalizados como femeninos (los lazos afectivos, la compasión, la materia, la Naturaleza). Obtener una visión más realista de nuestra especie como parte de un continuo de la Naturaleza y, conse­cuentemente, tratar a los seres vivos no humanos con el respeto que merecen. Superar el sexismo, el androcentrismo, el racismo y el an­tropocentrismo son las metas de esta nueva forma de feminismo.

El feminismo no debe cerrarse a las nuevas preocupaciones y sensibilidades de las mujeres. El ecologismo es una de ellas. Y si creemos que el feminismo ha de plantear horizontes utópicos en el sentido etimológico de utopía (ou-topos, aquello que todavía no ha tenido lugar pero puede tenerlo), podemos ver que el feminismo ecologista tiene mucho que aportar.

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Notas

[1] Es doctora en Filosofía y profesora Titular de Universidad del área de Filosofía Moral y Política. Ha dirigido la Cátedra de Estudios de Género de la Universidad de Valladolid durante más de diez años.

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