Relaciones Internacionales

Published on abril 5th, 2015 | by EcoPolítica

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Cooperar para eliminar las alambradas: ecología y política exterior para Europa y el Magreb

Por Rafael del Peral Pedrero [1]

Artículo publicado en el Green European Journal, nº 10, marzo 2015.
El artículo que se presenta es una versión extendida llevada a cabo por el propio autor para EcoPolítica.

Muchas personas en el Magreb no tienen otra alternativa que abandonar sus hogares y empezar una vida en el extranjero. En lugar de tratar a estas personas como criminales, la Unión Europea debería tratar de promocionar una política de funcionamiento para la región. Ello implica pues tratar los problemas desde una perspectiva ecológica.

I. Migración e integración

“Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”. Estos dos enunciados conforman el Artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Negar el derecho de migración es, pues, inhumano. Esta afirmación puede parecer excesiva pero, ¿cómo calificar si no a quienes niegan ayuda y asistencia humanitaria a aquellos que huyen de la extrema pobreza, el hambre o la violencia?

En Europa estamos viviendo una regresión de los valores en los que se fundamentó nuestra comunidad: la cooperación cosmopolita de diferentes culturas para construir un futuro común. La crisis ha exacerbado los odios raciales y ha contribuido a alimentar los mitos de los que se nutren los partidos xenófobos, tales como [2]:

  1. El MITO DE LAS RAÍCES, basado en la supuesta identidad de las diferentes naciones europeas, presuntamente invadidas por “el diferente”, al cual se le exige asimilarse, abandonando todo vínculo cultural propio o quedar condenado al ostracismo y la exclusión. Esta idea presenta una mentira de base: ni nuestras culturas son homogéneas, ni lo son las de los emigrantes.
  2. El MITO ESTADÍSTICO, que incluye en las estadísticas a los migrantes intraeuropeos como extranjeros, aunque el Convenio de Schengen establezca que son ciudadanos. Es triste pensar que la libre circulación de personas, a diferencia de circulación de capitales, siga siendo puesta en duda en base a una falsa seguridad consistente en monitorear nuestra intimidad y reducir nuestros derechos y libertades.
  3. El MITO DE LA ILEGALIDAD DE LAS PERSONAS, consistente en condenar a las personas como ilegales en lugar de condenar los actos, criminalizando el mero hecho de cruzar una frontera. “Ningún ser humano es humanamente ilegal y si, aun así, hay muchos que legalmente lo son y de hecho deberían serlo, esos son los que explotan, los que se sirven de sus semejantes para crecer en poder y riqueza”. Hago mías estas palabras de José Saramago y reitero que nadie que necesite asilo debería ser excluido. Huir de tu hogar ya es suficiente daño a la dignidad inherente al ser humano como para ser recibidos como criminales.
  4. El MITO DE QUE CONTRA LA INMIGRACIÓN ILEGAL TODO VALE. Desde centros de internamiento donde se violan los derechos humanos, ausencia de asistencia sanitaria, devoluciones en caliente y las vallas de la vergüenza de Ceuta y Melilla debido a las cuales España ya acumula denuncias de la OIT, el Consejo de Europa y la ONU. La diferencia radical en la protección de los derechos fundamentales de los pobres frente a los ricos es enorme. Prueba de ello es la ausencia de países occidentales entre los firmantes de la Convención internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares.

Occidente debe asumir dos premisas: que no se puede mantener una concepción diferente de los derechos humanos en función de la capacidad económica y que en un mundo interdependiente nuestras acciones como países y como individuos tienen consecuencias globales. La pobreza y el deterioro ambiental están íntimamente relacionados, tal y como muestra el cruce de variables entre el Índice de Desarrollo Humano (IDH) y la Huella ecológica. Pese a esto, los refugiados ambientales -los cuales Norman Meyers estima pueden llegar a ser 250 millones para 2050- son invisibilizados por los estatutos internacionales, porque su inclusión obligaría a aceptar la intrínseca relación entre contaminación, acidificación de los océanos, escasez de recursos, salinización de las tierras de regadío y  desertización con el hambre, la falta de agua potable, la pérdida de biodiversidad, la inestabilidad social, la guerra y las migraciones.

Defender una Europa ecologista y cosmopolita implica tener presente esta relación y revitalizar el ius migrandi en sus tres perspectivas: como el derecho a permanecer en nuestro hogar en unas condiciones de vida dignas, como el derecho a emigrar y como el olvidado derecho a establecerse pacíficamente donde uno decida.

II. Forzados a emigrar

La creación de políticas verdes entre el Magreb y Europa pasa por comprender los problemas de la región desde una perspectiva ecologista, evitando caer en el paternalismo. Un modelo de desarrollo no es viable si queremos evitar el colapso ambiental. Por ello, las perspectivas para el Magreb no pasan por imitar el “modelo Angola”, consistente en el intercambio de materias primas por mega infraestructuras construidas por China, que ha encontrado en África una fuente de recursos en las que sustentar su creciente consumo.

Que África necesita una descolonización económica es una realidad. Los países del Magreb disponen de fuentes de ingresos limitadas (gas, petróleo, hierro o fosfatos) o íntimamente ligadas al equilibrio ambiental y social (ganadería, turismo y exportaciones hortofrutícolas), por lo que los modelos cortoplacistas neoliberales o neokeynesianos no responden a la realidad de la finitud de los recursos ni al deterioro ambiental que sufre la región.

Los problemas ambientales de la zona generan problemas sociales que afectan también a la economía de la región. Prueba de dicho frágil equilibrio es la sequía que asola Mauritania y mantiene en situación de riesgo de desnutrición a 12 millones de personas. Mientras, la desertificación del Magreb amenaza las zonas costeras, en las que aún existen zonas no degradadas en una región que ya es dependiente de las exportaciones de grano.

La introducción del fracking en Argelia ha hecho surgir grandes protestas, ya que requiere grandes cantidades de agua, recurso escaso en el país. Esto debe recordarnos que la ecología está presente incluso entre los sectores más pobres y dependientes de la exportación de recursos energéticos, y que allí donde existan personas sometidas a unas prácticas empresariales draconianas tendremos aliados para generar una conciencia de cambio comprometida con el planeta.

III. “Círculos viciosos”

Desde Occidente tendemos a ver el mundo desde una perspectiva sesgada alimentada por simplificaciones ejercidas por los grandes medios de comunicación y la renovación de la falacia del “choque de civilizaciones” con la paranoia post 11-S. Éstas van desde considerar al Islam como una religión homogénea e inherentemente violenta hasta achacar a los países fruto de la descolonización una supuesta barbarie perpetua de la que no pueden salir. Sin embargo, solemos olvidarnos de que las causas de la carencia de estos países muchas veces pasan por los abusos de unas élites sociales extractivas que expolian los recursos de los que se nutre el norte global y concentran el poder, fomentando los denominados “círculos viciosos” por Daron Acemoglu y James A. Robinson; problemas que agravan los problemas existentes.

Varios ejemplos: en Mauritania gobierna desde 2008 una junta militar que depuso al presidente elegido democráticamente, lo cual se produjo tras la gran inestabilidad provocada por el aumento del precio de las exportaciones de grano que el país necesita debido a la pertinente sequía que azota el país desde hace una década. Libia, olvidada ya una vez reactivado el flujo de petróleo hacia el norte continúa inmersa en una segunda guerra civil. Marruecos y Argelia están atascados políticamente en su avance hacia sistemas democráticos, dependientes de “hombres fuertes” como el rey Mohamed VI de Marruecos o el presidente Abdelaziz Bouteflika. La corrupción institucionalizada hace de la seguridad jurídica un imposible, impidiendo introducir cambios institucionales y sometiendo a dichas sociedades a la pobreza y la desigualdad, caldo de cultivo del fundamentalismo y los conflictos, en lugar de fomentar una educación respetuosa con la cultura y la religión de las diferentes regiones que fomente la emancipación de la mujer, permita reducir la discriminación y cree las condiciones para desarrollar una sociedad civil fuerte que garantice los recursos mínimos para vivir.

Debemos realizar un cambio radical en nuestra forma de entender la política exterior si queremos cooperar con el Magreb. La cooperación implica reciprocidad, ayuda mutua, entender que nuestro mayor interés pasa por el bienestar no solo de nuestro país, sino del mundo; no solo para las generaciones presentes, sino para las futuras. Para ello debemos repensar las fórmulas tradicionales, reduciendo el consumo de recursos en los países con mayor huella de carbono y fomentando el acceso a los mismos así como al efectivo cumplimiento de los derechos humanos en las regiones más devastadas.

IV. Cooperación y panorama internacional

El mundo hoy ya no está dividido en bloques sino que se estructura como un sistema de interdependencia compleja. La pérdida de preeminencia estatal y de la capacidad militar como herramienta para dominar el panorama global son prueba de ello. El poder de las organizaciones internacionales y las empresas transnacionales no puede ser menospreciado. Las relaciones internacionales han pasado así a contraponer una visión neorrealista, de preeminencia de unos actores sobre otros, bien militar, bien económica a una visión de cooperación y diálogo entre actores a través de instituciones tanto de carácter regional, como internacional, con vistas, en el caso del ecologismo, hacia la paz y sostenibilidad global a través de un nuevo modelo cooperativo del posdesarrollo, “la evolución progresiva de una comunidad o sociedad hacia niveles de vida acordes con los límites ecológicos del planeta y que cubran las necesidades básicas de sus componentes así como sus legítimas aspiraciones a la libertad, a la autonomía y a la felicidad” [3].

El cambio en las relaciones internacionales ha llevado a considerar la situación de la sociedad civil a la hora de intervenir en una región. Así hoy el Derecho Internacional ha creado la idea de la responsabilidad de proteger, consistente en la responsabilidad compartida entre los Estados y la sociedad internacional de proteger a la población civil y garantizar su bienestar. Pese a ello, toda intervención internacional continúa siendo esencialmente cuestión de voluntad política. De esta forma la responsabilidad de proteger ya ha sido subvertida, como con la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Libia y la creación de una zona de exclusión aérea cuando la OTAN apoyó abiertamente a un bando rompiendo el embargo de armas. Si bien la responsabilidad de proteger ha sido correctamente utilizada para frenar la incursión de Al Qaeda en el Magreb Islámico en Mali, la actuación de la OTAN ha llevado a un impasse en la situación en otros conflictos inicialmente similares al libio, como la guerra Siria.

Tras la intervención en Libia, el país se halla sumido en el caos. El IDH del país continúa a la baja. El Magreb y el Sahel son zonas clave de la región de seguridad del Mediterráneo, cuya estabilidad depende en gran parte de Oriente Próximo. A ello se suma la ocupación ilegal del territorio del Sáhara Occidental por Marruecos, sin posibilidad de hacer valer su independencia por la falta de voluntad política de España y el recelo en las relaciones entre Marruecos –cuyo rey tiene en propiedad las minas de fosfatos de Sáhara Occidental- y Argelia, que defiende la independencia de dicho territorio acogiendo las reivindicaciones del Frente Polisario. Mientras, en la región aumentan campos de refugiados como el de Tinduf o M’Bera a la espera de una solución que no llega.

Los proyectos de cooperación regionales como la Unión del Magreb Árabe quedan paralizados por los conflictos bilaterales. Marruecos trata de desmarcarse de Argelia intentando posicionarse como enlace destacado con la Unión Europea al integrarse en políticas de seguridad común, acuerdos pesqueros o a través del programa MEDA de ayudas económicas. Propuestas más amplias como la Política Mediterránea Renovada o la Unión para el Mediterráneo tampoco han dado sus frutos, obligando a entidades supranacionales como la UE a colaborar por separado con cada nación, haciendo imposible la creación de proyectos interregionales.

Hay que superar las ideas cooperativas tradicionales y avanzar hacia la cooperación al posdesarrollo, cuyos metas esenciales para el Magreb pueden pasar por las propuestas planteadas por Florent Marcellesi al respecto, como reducir el consumo y la producción, moderar la huella ecológica en Europa y aumentar el IDH en los países del Magreb, acercando tanto al norte como al sur global al cajón de sostenibilidad (un IDH superior al 0’8 y Huella ecológica inferior a 1’8) mejorar la calidad democrática de las instituciones y desarrollar estrategias de integración y cooperación regional más allá de los intereses de las élites revitalizando las instituciones de abajo-arriba para dar pasos hacia políticas verdes en el Magreb.

Cajón de sostenibilidad

Es esencial reconfigurar las relaciones internacionales entre países del norte para comprender la necesidad del decrecimiento. La fórmula del consenso de Washington, basada en la premisa de que introducir una economía de mercado neoliberal es garantía de desarrollo de instituciones democráticas se ha demostrado falsa. No tratar las culturas no occidentales como iguales, capaces de dialogar y de resolver problemas apesta a eurocentrismo e impide los intercambios culturales y formativos bidireccionales entre norte y sur. Además de conseguir fomentar la cooperación regional entre los países del Magreb, con economías complementarias y tradicionalmente ligadas, pueden incluso crearse nuevas alternativas en base a la mezcla de ideas que podrían materializarse a través de la cooperativa o un municipalismo sostenible y resiliente.

No podemos permitir que los sueños de las personas del Sur global sean desgarrados por las concertinas y alambradas de Ceuta y Melilla o los cientos que mueren ahogados en el Mediterráneo. Por ello en el Norte debemos apostar por las ideas del decrecimiento económico, adoptar las ideas cosmopolitas que exponen autores como Martha Nussbaum o Ulrich Beck entre otros, educar en una cultura alejada del consumismo para crear una ciudadanía empoderada y concienciada ecológicamente que exija un trato justo de Europa con el Magreb, los migrantes y el Sur global. En palabras del poeta musulmán sevillano Az-Zubaidi, «La Tierra entera, en su diversidad, es una sola, y todos sus habitantes son humanos y vecinos». Cooperemos hoy para eliminar las alambradas.

Notas

[0] La imagen destacada en el presente artículo es propiedad de José Palazón. Fue publicada en el artículo “La historia de las cuchillas de Melilla” en la web de la Cadena Ser.
[1] El autor es estudiante de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid y co-coordinador del Área de Política y Sociedad de EcoPolítica.
[2] CHUECA, Ángel G. “Mitos, leyes de extranjería y migraciones internacionales en el Mediterráneo”. En FLECHA, José-Román & GARCÍA, Cristina. El Mediterráneo en la Unión Europea ampliada. Salamanca: Universidad Pontificia de Salamanca, 2005. p. 89-116.
[3] MARCELLESI, Florent. Del desarrollo al posdesarrollo: otra cooperación es posible y deseable. [en línea] 30 octubre 2012 [ref. de 6 de febrero de 2015]. Disponible en web: http://florentmarcellesi.eu/2012/10/30/del-desarrollo-al-posdesarrollo-otra-cooperacion-es-posible-y-deseable/

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