Filosofía

Published on marzo 30th, 2016 | by EcoPolítica

0

El eterno debate del tiempo

Por Carlos Corrochano [1]

 

Hemos llegado hasta el hielo resbaladizo, donde no existe la fricción,
y así, en cierto sentido, las condiciones son ideales,
pero también, y justamente por eso, somos incapaces de caminar:
por consiguiente, necesitamos fricción. Vuelta al duro suelo.

Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas

Uno debe llamar por su nombre a todo lo que ve.
Nunca se deben ignorar las consecuencias.
Esa es la única posibilidad de enfrentarse a la barbarie.
Ver las consecuencias.

John Berger y Nella Bielski, El último retrato de Goya

 

Se dice que la pérdida de esperanza es la herencia más triste del siglo XX. De alguna manera, la resignación se filtra en el imaginario colectivo y el there is no alternative thatcheriano es una figuración constante. Eduardo Galeano mantenía que “los pecados contra la esperanza son los únicos que no tienen ni perdón ni redención” y, si bien el pecado es tangible, siempre hay tiempo para reivindicar lo vital de la esperanza.

La posmodernidad, en su concepción de plena realización e integración geográfica a escala global del proyecto de la Modernidad, constituye la lógica de una determinada edad del capitalismo. No se trata, por lo tanto, de una fase ulterior del proyecto ilustrado, cuyo entendimiento lineal del progreso está en la raíz de la problemática actual.

El rechazo a la noción kantiana de tiempo, íntima y personal, es el primer paso para desterrar una retórica que trata al propio tiempo desde la atemporalidad. Este, como defendió Aristóteles, es movimiento; y, desde esta afirmación, debemos pensar en cómo caminamos.

La propia coyuntura posmoderna resulta un arma de doble filo para la ecología política. Por un lado, el auge de los valores postmaterialistas es una variable sugerente para explicar parte del éxito de las formaciones ecologistas europeas. Por otro, el discurso constructivista, inherente al proyecto posmoderno, dificulta un entendimiento consecuente de la temática ambiental.

El debate sobre el tiempo, o, mejor dicho, sobre los tiempos, es un constante en la discusión sobre los ciclos políticos: el gradualismo reformista, el inmovilismo conservador, la ruptura revolucionaria, y sus híbridos mejunjes. De ese quebradero de cabeza podemos discernir un horizonte claro: las soluciones no pasan por un presente que se limita a mirar al pasado, de un hoy que sólo se mira a sí mismo, ni de un ahora que mira y espera a un futuro difuso.

Si bien la clave del debate se mueve en el eje cortoplacismo – largoplacismo, resulta necesario revisar la utilización que se le otorga a la noción de pasado. El filósofo John Holloway propone sistemáticamente en su labor académica acabar con la concepción hereditaria del precedente.

“Escupe sobre la historia, pues es la mayor excusa para no pensar. ¡Escupe sobre la historia para hacer tabla rasa del pasado, pues “no existe nada más reaccionario que el culto al pasado”! ¡Vivan, por lo tanto, el grito, el instante sin duración y el presente absoluto, liberado de la carga del pasado y la inquietud ante el futuro!” Su relato exacerbado presenta una comprensión de pasado como una mochila de connotaciones negativas; un clamor sentido pero reactivo, cuando, ahora más que nunca, se requiere del sentido de la proactividad en el arduo arte de pensar.

En contraposición a esta visión cobarde de la herencia, se encuentran otras realidades que entienden la responsabilidad del pasado como punto de partida. El antes debe dejar de ser un simple relato para pasar a ser un recurso. Para ello,  su entendimiento como acumulación fatalista de catástrofes debe dar paso a una anticipación de nuestra indignación e inconformismo.

La vasta obra científica de Charles Darwin y Rudolf Clausius es obviada en un mundo que descansa sobre teorías atemporales. La consideración de la irrevocabilidad, inherente al mismo tratamiento del pasado, se margina como una anormalidad que nada tiene que ver con la construcción progresiva de la realidad.

Por lo tanto, construir supone focalizar la atención en el cambio. Michael Hardt sostiene que este no se produce en un momento preciso, sino que las anomalías conducen a un sistema diferente, que a su vez tiene sus propias singularidades pero en menor cantidad. El filósofo posmarxista mantiene así una versión light de las contradicciones capitalistas que contiene aún múltiples zonas grises.

Quizá sea André Gorz quien ofreció una teorización más lúcida sobre ello, diferenciando lo estético y neutro del cambio de lo necesario de la transformación sistémica. Para este autor de la escuela ecologista, es necesario materializar cambios en el corto plazo con el objetivo estratégico de aumentar de forma exponencial ese poder transformador. Dicha transición debe postularse como algo que apunta a una dirección general, antes que a un destino institucional concreto.

El camino hacia ese horizonte no es otro que el reformismo radical. Los pequeños pasos, humildes y trabajados, van calando en el imaginario colectivo. Gracias al genio Michel Foucault esto es entendido como una “revolución molecular nunca acabada”. Una sucesión de microrrupturas. Sin lugar a dudas, es lo más razonable desde una perspectiva posibilista y de necesidad ecológica.

Se torna necesaria una complicada conjunción de pragmatismo y  la comprensión de que los procesos históricos, más allá de conjunto de inevitabilidades, son resultado de la suma de decisiones políticas. El propio Gorz hizo cuajar la idea de “reformas no reformistas”, terminología que hace referencia al carácter sustancial de dichas microrrupturas.

Es en esta lógica de trabajo donde se debe referenciar la ecología política. La propia condición del ecologismo entraña la idea de reconsiderar lo que hacemos, y dejamos de hacer, para así actuar en consecuencia. El medio ambiente obliga a un repensar continuo, que aborda múltiples ejes de relación: nosotros con los otros, lo de dentro con lo de fuera, lo natural y lo artificial.

Santamarina Campos hace hincapié en este planteamiento, al señalar que “el medio ambiente no es un fenómeno fácil de representar; se caracteriza por su apariencia huidiza (es y no es) y por la ambigüedad de sus límites (está y no está), así como por su falta de representación cognitiva (qué es y cómo es).”

Esta reflexión se enlaza con el núcleo de la noción de sostenibilidad, la eterna cantinela ecologista que defiende que los sistemas socioeconómicos han de ser indefinidamente reproductibles sin hacer peligrar los ecosistemas sobre los que se asientan, ya que esta cuestiona el criterio occidental del interés general. Las preocupaciones políticas se amplían, como diría Marcellesi, en el “tiempo largo”, en referencia a las generaciones futuras, y en el espacio, respecto a la interdependencia ecológica de los pueblos.

La causa ecologista enfrenta el enrevesado reto de desbordar el marco cognitivo de la finitud planetaria y la infinitud de nuestra noción de tiempo. Mientras tanto, permanecemos absortos en un bucle paradigmático: una partida a contrarreloj en la que lo que más cuenta es la gestión del propio tiempo.

La literatura gramsciana invitaba a enfrentar el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad. De alguna manera, entre el mar de incertidumbre se vislumbra una única certeza absoluta: el momento es ahora.

Notas

[1] Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas, con Formación Complementaria en Humanidades, en la Universidad Carlos III de Madrid. Coordinador de ATTAC UC3M y colaborador de la FYEG, así como amante del deporte y la literatura.

7 votes

Tags: , , , , , ,


About the Author



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to Top ↑