Energía y Medio Ambiente

Published on noviembre 30th, 2015 | by EcoPolítica

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Naomi Klein: Lo que realmente está en juego en la Cumbre Climática de París ahora que las marchas están prohibidas

Por Naomi Klein [1]

Artículo publicado en The Guardian el 20 de noviembre de 2015.
Traducido al castellano para EcoPolítica por Ignacio Fresco [2]

Al prohibir las protestas en la COP21, Hollande está silenciando a aquellos que sufren los peores impactos del cambio climático y su monstruosa violencia

¿La seguridad de quién se garantiza bajo la adopción de todas las medidas necesarias? ¿La seguridad de quién se sacrifica casualmente a pesar de los medios que existen para garantizarla? Estas son las preguntas que se encuentran en el corazón de la crisis climática, y las respuestas son la razón por la que las Cumbres Climáticas a menudo terminan en acritud y lágrimas.

La decisión del gobierno francés de prohibir las manifestaciones, protestas, y otras «actividades al aire libre» durante la Cumbre de París es preocupante a muchos niveles. Lo que más me preocupa a mí personalmente se relaciona con la forma en que esta decisión refleja la inequidad fundamental que existe en la crisis climática: ¿la seguridad de quién,  en última instancia, es la que valoramos en nuestro mundo desigual?

Esto es lo primero que tenemos que entender. La población que enfrenta las peores consecuencias del cambio climático no tiene prácticamente voz en los debates occidentales sobre si tomar medidas serias o no para prevenir el catastrófico calentamiento global. Grandes cumbres climáticas como la que va a tener lugar en Paris son más bien raras excepciones. Durante sólo dos semanas cada pocos años, la voz de aquellas personas que reciben el primer y mayor impacto del cambio climático van a tener un pequeño espacio para ser escuchadas en el sitio donde las decisiones cruciales son tomadas. Este es el motivo por el que los habitantes de las islas del Pacífico, los cazadores Inuit de Nunavut y la gente de color y pocos recursos de lugares como Nueva Orleans viajan miles de kilómetros para asistir a la Cumbre del Clima. El gasto que esto representa es enorme, tanto económicamente como en cuanto a emisiones de dióxidos de carbono, pero estar presente en la Cumbre es una preciosa oportunidad de hablar sobre cambio climático en términos morales, y poner cara y rostro humano a los afectados por esta catástrofe que estamos viviendo.

Lo siguiente que hay que comprender es que, incluso en estos momentos únicos, los que sufren en primera línea no tienen suficiente voz en los encuentros oficiales sobre cambio climático, donde el micrófono lo acaparan los gobiernos y los grandes (y bien financiados) grupos ecologistas. La voz de la gente común es principalmente escuchada en reuniones de base que se organizan paralelamente a la cumbre oficial, así como en marchas y protestas que logran atraer el interés de los medios de comunicación. Ahora el gobierno francés ha decidido quitarles el más fuerte de los megáfonos, alegando que las marchas comprometerían su habilidad para asegurar la seguridad de la cumbre oficial donde los políticos se reunirán.

Algunos dirán que esta es una medida necesaria en un contexto de terror. Pero una Cumbre del Clima de las Naciones Unidas no es como una reunión del G8 o de la Organización Mundial del Comercio, donde los poderosos se reúnen y los impotentes intentan colarse en la fiesta. Los eventos paralelos organizados por “la sociedad civil” no son ni un anexo ni una distracción del evento principal.  Son una parte integral del proceso. Y esto es por lo que no se le debería haber dejado nunca al gobierno francés decidir qué partes de la Cumbre se pueden cancelar y cuáles no.

En vez de esto, después de los horrorosos ataques del 13 de Noviembre, el gobierno francés debería haber decidido si tenía el deseo y la capacidad de continuar con la organización de toda la cumbre, incluyendo la plena participación de la sociedad civil y su presencia en las calles. Si no podía, debería haber pospuesto el evento y pedido a otros países que lo acogiesen. En cambio, el gobierno de Hollande tomó una serie de decisiones que reflejan unos valores y prioridades muy particulares sobre quién y qué obtendrá la seguridad y protección absoluta por parte del Estado. Sí a los líderes mundiales, a los partidos de futbol y a los mercados navideños; pero no a las manifestaciones y protestas que señalan que las negociaciones, dado los compromisos actuales sobre el nivel de emisiones, ponen en peligro la vida y los medios subsistencia de millones (sino miles de millones) de personas.

¿Y quién sabe dónde va a terminar esto? ¿Acaso debemos esperar que las Naciones Unidas arbitrariamente revoquen la credencial de la mitad de los participantes provenientes de la sociedad civil? ¿De aquellos más capaces de provocar problemas dentro de la fortificada cumbre? No me sorprendería lo más mínimo.

Vale la pena pensar sobre qué implica en términos reales y simbólicos la decisión de cancelar las protestas y manifestaciones. El cambio climático es una crisis moral porque cada vez que los gobiernos de los países ricos fracasan en sus acciones, mandan el mensaje de que en el Norte Global estamos poniendo nuestro bienestar inmediato y nuestra seguridad económica por delante del sufrimiento y la supervivencia de algunas de las personas más pobres y vulnerables del planeta. La decisión de prohibir los espacios más importantes donde podrían haber sido oídas las voces de aquellos impactados por el cambio climático es una dramática expresión de este abuso profundamente inmoral del poder: una vez más, un rico país occidental pone la seguridad de las elites por delante de los intereses de aquellos que luchan por sobrevivir. Una vez más, el mensaje es claro: nuestra seguridad no es negociable; la tuya está por ver.

Una reflexión más: escribo estas palabras desde Estocolmo, donde he estado participando en una serie de eventos públicos relacionados con el cambio climático. Cuando llegué aquí, la prensa no paraba de atacar a la Ministra de Medio Ambiente de Suecia, Åsa Romson, por un tweet que había enviado. Poco después de que se supiera sobre los ataques en París, la ministra twitteó su indignación y tristeza por la pérdida de vidas. Después, twitteó que los ataques eran una mala noticia para la Cumbre del Clima (un pensamiento compartido por todos los que estamos relacionados con este momento tan importante para el medioambiente). No obstante, la ministra fue el centro de ataques por su supuesta insensibilidad: ¿cómo podría estar pensando en el cambio climático en medio de tal carnicería?

Esta reacción fue reveladora, ya que dio por sentado la noción de que el cambio climático es un asunto menor, una causa sin víctimas reales, e incluso frívola. Especialmente cuando asuntos muy serios como la guerra y el terrorismo ocupan el centro del tablero. Me hizo pensar sobre algo que la escritora Rebecca Solnit escribió hace no mucho: «el cambio climático es violencia».

Lo es. Parte de la violencia es sumamente lenta: mares que crecen borrando poco a poco naciones enteras, y sequías que producen muchos miles de muertos. Otra parte de la violencia es terroríficamente veloz: tormentas con nombres como Katrina y Haiyan que roban miles de vidas de un solo golpe. Cuando los gobiernos y las corporaciones deliberadamente dejan de actuar para evitar el catastrófico calentamiento global, cometen un acto de violencia. Es una violencia tan amplia, tan global, e infligida contra tantas generaciones a la vez (desde cultural ancestrales y las vidas presentes hasta potenciales futuros) que todavía no existe una palabra capaz de definir el contenido de su monstruosidad. Y utilizar actos de violencia para silenciar la voz de aquellos que son los más vulnerables a la violencia climática implica todavía más violencia.

Cuando el Secretario de Estado francés explica por qué los partidos de futbol seguirán en el calendario tal cual estaban previstos, dice que «la vida debe continuar». En efecto, tiene que continuar. Y esto es precisamente el motivo por el que me uní al movimiento Justicia Climatica. Porque cuando los gobiernos y las corporaciones dejan de actuar de una manera que refleje el valor de toda la vida sobre la Tierra, es necesario protestar.

Notas

[0] Imagen proveniente de The Greanville Post. Su uso en la presente web no tiene ningún propósito comercial.
[1] Naomi Klein es una reconocida investigadora y periodista canadiense, autora de libros como No Logo o La Doctrina del Shock. Es autora y columnista de periódicos como The New York Times, The Nation, Rolling Stone o The Guardian. Su último libro,  Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima es un valiente alegato a favor de medidas radicales e igualitarias para detener el cambio climático.
[2] Ignacio Fresco es jurista, politólogo y co-coordinador del Área de Energía y Medio Ambiente de EcoPolítica.

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