Política y Sociedad

Published on septiembre 14th, 2016 | by EcoPolítica

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Democracia de audiencias o barbarie

Por Carlos Corrochano [1]

Lo abstracto es intrínsecamente ambiguo, y en un contexto posmoderno dicha idea participa del sinfín de subjetividades que contornean la realidad. Este es el caso de la noción de barbarie, que Walter Benjamin vinculaba a la cultura, Robespierre a la justicia del pueblo y Diderot al fanatismo. Rosa Luxemburgo planteaba aquello de “Socialismo o barbarie” en La crisis de la socialdemocracia alemana, y Climate & Capitalism lo adaptaría décadas después en su “Ecosocialismo o barbarie: no hay tercera vía”. Un diagnóstico crítico de la situación actual, atosigada por la sucesión de campañas electorales, obliga a plantear una dicotomía semejante: “democracia de audiencias o barbarie”.

Hemos visto a candidatos departir jocosamente con hormigas parlanchinas, presenciado como líderes políticos se arrancaban con unos acordes de guitarra, contemplado como toda una vicepresidenta bailaba con pasmoso desparpajo y observado, o lo que es peor, vitoreado como algún representante público daba vueltas de campana subido a un coche de rally. Toda esta parafernalia se acrecienta en campaña electoral: son tiempos de brocha gorda. Por desgracia, a algunos nos chirría semejante apología a la trivialidad. Eso sí, participamos plácidamente del espectáculo.

Ya lo sentenciaba el ficticio Frank Underwood desde ese maquiavelismo tan televisivo cuando decía que cualquier político mataría a un centenar de mininos por diez minutos de prime time. No estoy seguro de la literalidad de dicha afirmación, o de los escrúpulos de sus beneficiarios, pero sí se revela como incontestable una realidad de necesaria exposición mediática. Constante, ininterrumpida. Cansina.

El politólogo Giovanni Sartori bautizó este fenómeno como sondeocracia, el periodista Lawrence Grossman lo calificó de república electrónica, e incluso el Consejo de Europa se decidió a dotarle de un nombre acorde a sus características: mediocracia. Relativo a los medios de comunicación, claro. Nada de mediocridad, decían.

En el contexto del capitalismo de la información que ensalza el carácter mercantilizado de esta, surge la necesidad de un constante replanteamiento sobre el papel que juega la televisión en el terreno político. Podría encontrarse una lógica paralela en los peligros que entraña un determinismo tecnológico que, tal y como denunció Jürgen Habermas, oculta su carácter de pertenencia al postular que no está en manos de nadie ni responde a los intereses de ningún grupo.

Esta coyuntura también se halla marcada por la considerable merma en la correlación entre clase social y voto. La volatilidad domina en las decisiones de unos electores con preferencias cambiantes y permeables, cuyo vínculo con las formaciones políticas es tan flexible como frágil. De alguna manera, el votante se concibe como una audiencia a la que atraer con nuevos issues que sustituyen a los clivajes tradicionales.

El filósofo francés Bernard Manin realiza en Los principios del gobierno representativo un lúcido análisis de las formas de representación política moderna. En dicho ensayo, el autor acuña un término suficientemente gráfico para condensar los rasgos de un presente que escapaban a categorías anteriores: democracia de audiencias. Para Manin, esta locución hacía referencia a un modelo de demos caracterizado por el aumento interrelacional entre el sistema político democrático y el arquetipo de las audiencias televisivas.

Además de un proceso de desideologización y cartelización de los partidos políticos, la televisión sustituye a los parlamentos nacionales como el emplazamiento prioritario del debate público. “Los dioses se han marchado, nos queda la televisión” afirmaba un Vázquez Montalbán que, lejos de hacer apología de lo divino, colocaba el interrogante sobre la postura que debía mantener la izquierda ante tal envite.

La bandera del elitismo intelectual que el progresismo mantuvo durante tantas décadas de ostracismo político comenzó a decaer cuando los Cultural Studies enarbolaron la enseña de la democracia semiótica, allá por unos renovadores años setenta. Bajo esta expresión se cobijaba la aceptación de la cultura de masas, así como de sus técnicas, métodos y procedimientos.

La discusión sobre el manejo de la “caja tonta” se ha llevado incluso al terreno de la telebasura. Hay quienes incluso mantienen que esta forma de hacer televisión no es objetable porque es democrática, confundiendo así la necesidad de adaptarse a unos medios preestablecidos con la aceptación de una vulgaridad que corroe contenido y formas.

La televisión ha de ser asumida como un terreno objetivo que, aun colaborando en la creación de subjetividades, no constituye un escenario neutro. Sostener lo contrario supone asumir que el espectador es plenamente soberano respecto del contenido que consume. No se trata de escudarse en tesis conspiranoicas, sino de evitar caer en la ingenuidad amparándose en aquella máxima de Pierre Bourdieu que abogaba por luchar contra el imperio del audímetro en nombre de la democracia.

El sociólogo francés ofrece un certero diagnóstico sobre la teatralización de la política en los medios de comunicación en Sobre la televisión. Además de su concepción de caballo de Troya de los grandes grupos mediáticos, el debate cotidiano para la izquierda reside en cómo afrontar la utilización de la televisión.

Pablo Iglesias acierta al decir que el fenómeno Podemos no podría concebirse sin la experiencia del espacio televisivo, pero iba más allá. El secretario general de la formación morada sostiene que la creación de espacios como La Sexta Noche contribuye a “democratizar la política”.

Es en este punto donde se plantean suficientes interrogantes, faltos de una respuesta en positivo: ¿Cómo conciliar estas formas descomedidas de marketing político con el mantenimiento de un mensaje de contenido íntegro y nítido? ¿Constituye así un revival de la eterna tensión entre democratización y frivolización, desde sus múltiples perspectivas? ¿Se trata de una degradación o adaptación del proyecto izquierdista? ¿Circunstancial, perdurable?

Es evidente que hay que salir de esa política de pincel, elitista y arrogante, y mancharse las manos de barro. Cabría considerar qué elementos clave del republicanismo clásico se traicionan o cuales se cumplen bajo nuevas representaciones, otrora denostadas o insospechadas. En todo caso, y en ese lapso del mientras tanto que esbozaba el maestro Vázquez Montalbán, la izquierda debe dibujar un nuevo concepto de barbarie, o amoldarse a unas nuevas formas de hacer, deshacer, transmitir y participar que condicionan la política y lo político.

Notas

[1] Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas, con Formación Complementaria en Humanidades, en la Universidad Carlos III de Madrid. Coordinador de ATTAC UC3M y colaborador de la FYEG, así como amante del deporte y la literatura.

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