Historia

Published on abril 26th, 2015 | by EcoPolítica

0

El Iberismo: un proyecto de espacio público peninsular. Parte III

Por Montserrat Huguet [0]

Artículo publicado en la revista Alcores, nº 4, 2007, p. 243-275.
Publicado con el consentimiento expreso de la autora y de la revista.
Enlace a Parte I y a Parte II

IV. El ocaso del Iberismo

En el cambio de siglo Portugal y España hubieron de relacionarse teniendo presente que la coyuntura general y el contexto inmediato tenían una intensidad histórica sin precedentes [97]. La conexión hispano-portuguesa durante el reinado de Alfonso XIII, irregular e imprecisa en los propósitos internacionales del país [98], estuvo supeditada a las condiciones impuestas por el protagonismo de la cuestión mediterránea [99]. No obstante la mediatización internacional de la política en la Península Ibérica [100], a lo largo del periodo alfonsino y especialmente durante los años finales de la dictadura primoriverista, se produce una progresiva aunque accidentada convergencia entre los dos Estados. A todos los efectos, las posibilidades reales de las naciones peninsulares siguieron siendo reducidas. El mito de la decadencia de las naciones latinas siguió cobrando un precio a las naciones peninsulares. Europa manifestaba desdén hacia los intentos de regeneración colonial de España, cuya imagen exterior era la de un país débil y corrupto, de escasos recursos y difícilmente modernizable [101].

Pero la principal dificultad para la convergencia provino sin duda de la asincronía histórica. Tras una etapa de intensa inestabilidad política, la República de octubre de 1910 perpetuó las condiciones de la crisis anterior [102], aunque gozó con respecto a la española de 1931, de la ventaja que le proporcionó el ir adelantada en el tiempo. Sin embargo, en pleno retroceso de oleada ideológica y cultural del Iberismo peninsular, cada experimento republicano hubo de desarrollarse en un contexto histórico particular. Durante la Primera Guerra Mundial España adoptó una posición de neutralidad que algunos observadores de la época calificaron de actitud inhibitoria [103], aunque no indicara ninguna diferencia fundamental con respecto a la tradición internacional de la Monarquía alfonsina. Portugal por su parte se decidió por una política nacional intervencionista que la embarcó en el conflicto y expresó la fuerza de su nacionalismo cuando se opuso a las injerencias de la Sociedad de Naciones en los territorios coloniales portugueses. En cambio, la II República española, en plena era de reconstrucción mundial tras la crisis de 1929, optó por enfocar sus escasas acciones exteriores hacia puntos de interés renovados: Europa [104], el Mediterráneo [105], y sobre todo la acción cultural en América Latina [106], y se desliga con ello del nacionalismo imperialista tradicional.

La proclamación de la República en Portugal provocó, en lo que a la cuestión ibérica concierne, un fuerte desequilibrio. República y Monarquía se enrolaron, a uno y otro lado de la frontera, en proyectos de entidad imperial que, con su retórica iberizante, colmaban las ansias nacionalistas de unos y otros. Tras Algeciras (1906) la diplomacia alfonsina asumió con interés la tarea de encontrar una posición más activa en el sistema de las potencias. Junto al objetivo mediterraneísta, la monarquía española no tuvo reparos en plantearse medidas cuyo objetivo fuera el de frenar el posible contagio republicano en España. La injerencia monárquica en la crisis portuguesa, a raíz de la caída de la dinastía de los Braganza, adquiría tintes que no dejaban lugar a dudas acerca de los intereses españoles por asumir una posible anexión de Portugal. A este fin, Alfonso XIII buscó apoyo de la Entente franco-británica -véase la entrevista celebrada en 1913 en París entre el monarca español y Poincaré-. En vísperas de lo que sería el inicio de la Gran Guerra el monarca español ofrecía el respaldo a Francia a cambio de obtener carta blanca en la Península. Lo cierto es que, como es bien sabido, Gran Bretaña no estuvo nunca dispuesta a admitir la posibilidad de que España proyectara sobre Portugal su política de regeneración imperial [107].

Durante la Primera Guerra Mundial, Portugal abandona la neutralidad buscando una proyección internacional [108] que sirviese para reforzar el régimen republicano y le supusiese amparo frente a las intenciones iberizantes de España. No obstante, la reacción de algunos sectores en relación con la proclamación de la República fue inspiración de un Iberismo de naturaleza conservadora que confiaba en derrotar a la República y recuperar a la Corona portuguesa. El proyecto de unidad política con España tenía un sentido utilitarista y nada tenía en común con el Iberismo cultural previo. Renacen así los tópicos del Iberismo [109]. En 1915, en Arte de Ser Português, el poeta y ensayista portugués Teixeira de Pascoes recurre a la interpretación tradicional y reduccionista del sometimiento castellano y a la simpatía que producen a los portugueses Galicia y Castilla, igualmente pequeñas y sometidas [110].

Así pues, en el tránsito hacia el siglo XX, el Iberismo perdió parte de su identidad primigenia y se inscribió en un movimiento más genérico y versátil, el de la Hispanidad. En él adquirió una denominación peculiar, Hispanolusitanismo, que aludía al papel de liderazgo de ambos Estados Peninsulares en una sociedad internacional que tras la Guerra trata de abrir un compromiso beneficioso con el sistema de la Seguridad Colectiva. La política desempeñada por la monarquía española se encamina hacia el autoritarismo que decantará en la Dictadura primoriverista. Esta entra en sintonía con Portugal desde el momento en que se establece un régimen similar en 1926 [111], ya ensayado en 1917 tras el golpe castrense de Sidónio Pais. La Hispanidad era el nuevo foco de atención de los intereses de la Dictadura [112], siendo así que Portugal sintió desvanecerse el espíritu de amenaza que sobre él había recaído durante los primeros tiempos de la monarquía alfonsina.

En 1915, en plena crisis provocada por las repercusiones socioeconómicas de la guerra, se constituye en Lisboa un partido político que recibe el nombre de Integralismo Lusitano, respuesta ideológica y política, de inspiración tradicionalista y católica, al republicanismo. El Integralismo mantuvo la identificación de Castilla con España. Tras las propuestas inofensivas de la propaganda iberista española se escondía una solapada intención de dominio. De signo monárquico, y nacido en la Universidad de Coimbra de la mano de Antonio Sardinha, entre sus filas encontramos los nombres de Luis de Almeida Braga, Hipólito Raposo, el Conde de Monsaraz, José Pequito Rebello, Julio Mello y Matos o Xavier Cordeiro. El grupo organizaría un ciclo de conferencias bajo el título de La cuestión ibérica en la sede de la Liga Naval de Lisboa, sesiones que hubieron de interrumpirse al poco de ser iniciadas por la irrupción en el salón de actos de un grupo de republicanos. Los integralistas defendieron la existencia de una relación entre la flaqueza de Portugal y la creación en España de fuerzas proclives a la unión que ellos interpretaban como anexión [113]. El Integralismo sostenía la figura del homo atlánticus como la base de la nación portuguesa, el protagonismo de las élites en política y la vuelta a una civilización rural, considerando que la modernización tecnológica conduciría al ateísmo y a la desintegración de la nación. Antonio Sardinha se refería al orden futuro en clave de Cidade-Nova, expresión del misticismo católico que recorre la espiritualidad de los integralistas. En 1926 las fuerzas del Integralismo y del catolicismo conservador alcanzaron el poder con una dictadura militar. El desgarro peninsular se aprecia de modo especial en la proyección externa de ambos países. La coyuntura posbélica favorece a una España que ha sido neutral durante el conflicto y en 1919 es admitida en el Consejo de la Sociedad de Naciones, convirtiéndose, a efectos internacionales, en el sujeto visible de la Península Ibérica. España no estaba destrozada por la guerra, sí en condiciones de hacer posible el impulso capitalista nacional [114].

Antonio Sardinha, en un artículo publicado en A Monarquía y titulado “El descubrimiento de España”, señalaba que el pecado de España en el problema peninsular era su ignorancia de Portugal, aunque se refería a Castilla como la “hermana mayor de Portugal”. Sardinha asentó la construcción ideológica de su pensamiento sobre la base de un Bloque hispánico que fuese capaz de plantar cara al mundo anglosajón. Diputado monárquico bajo la presidencia de Sidonio Pais, en 1918, los tres años siguientes los pasó en un exilio político en España. Su tesis fundamental quedó escrita en La Alianza Peninsular, libro publicado en Oporto y España en 1924, con prefacio en el caso español de Gabriel Maura. La edición española de 1930 sería prologada por Ramiro de Maeztu [115]. La Alianza Peninsular afirmaba una fe ciega en el destino peninsular. Dicha alianza era, a juicio de Sardinha, la clave del despertar histórico de ambos países. El Iberismo en cambio, llamaba a la confusión y al caos [116]. La obra de los integralistas tuvo un eco en importante en España, donde El Diario de la Mañana, dirigido por Manuel Murias, promovió las conocidas Ediçoes Gama, que a su vez crearon la colección Clásicos del Pensamiento Político Portugués, en la que se incluían obras del propio Sardinha, de Braga Almeida, de Ramos Ascensao, Raposo o Pequito Rebello. Algunos de los trabajos aparecidos en La Alianza Peninsular habían sido publicados previamente en revistas. Es el caso de O pan-hispanismo, aparecida en el número inicial de la revista portiguesa Contemporánea (1922), síntesis de dos ideas, el españolismo y el lusitanismo. En este texto Sardinha hablaba de la incorporación de Iberoamérica, subrayando la necesidad de superar previamente las luchas entre Portugal y Castilla, a fin de neutralizar la fuerza del panamericanismo [117]. Sardinha proponía antes la unidad moral que política. El término de Iberismo, referente del federalismo ibérico, está ausente sin embargo en la retórica de Sardinha, que habla en su lugar de Peninsularismo para referirse a un tipo de relación construida desde la tolerancia política y económica. Sardinha, Profesor de Ciencias Políticas de la Facultad de Derecho de Lisboa, percibía las dificultades económicas que habrían de sobrevenir a un proceso de unidad política.

Haciéndose eco del integralismo lusitano, el español Santibáñez del Río, en Portugal y el Hispanismo (1920), dibujaba una masa popular que vivía en un odio a Castilla incitado por la monarquía portuguesa durante el siglo XIX de cara a afrontar el iberismo pragmático de los progresistas venidos de Francia. El Federalismo Ibérico -continuaba- había unido a los socialistas de ambos lados de la frontera, convirtiéndose en una doctrina peligrosa para la monarquía. Renegando del término Iberismo por su origen federativo, propone en su lugar el apelativo de Hispanismo:

“(…) la palabra iberismo es la cumbre que atrae a todas las tempestades. De poco nos serviría la lección de la Historia, si el antiguo iberismo no le diésemos un valor actual efusivo. Le habremos de cambiar hasta el nombre por poco científico, por evocador de cosas que hay que borrar forzosamente, y porque designará el cauce nuevo de las viejas aspiraciones. Le llamaremos hispanismo”  [118].

Al igual que Sardinha, Santibáñez del Río hacía suya la queja del olvido político español con respecto a Portugal. Acusaba a la clase política española de haber mirado siempre por encima “de las crestas del Pirineo”. Y no le falta razón por lo que respecta a la primacía del proyecto europeo durante la Monarquía de Alfonso XIII [119], si bien el Hispanismo de dimensión retórica se mantiene álgido en el horizonte internacional de España. Pese a la relativa dulcificación del recelo peninsular, en 1921 el Congreso Hispanoamericano de Historia y Geografía obtuvo una resolución que declaraba que la palabra hispano era la apropiada para las cosas comunes de España y Portugal o referirse a los territorios de la América española y portuguesa, mientras que lo latino era una referencia impropia al incluir a Francia o Italia. Nuevamente podía tenerse la impresión de que la Hispanidad estorbaba al proyecto común precisamente por expresarse en sus formas abarcantes.

Durante los años veinte los Estados Peninsulares viven procesos históricos que desarman el proyecto liberal. Las posiciones dentro de los Estados se radicalizan por obra de la expresión de la lucha sin paliativos entre las fuerzas sociales que reivindican con violencia un papel en el sistema y las clases medias que, ante el desorden, reaccionaron apoyando regímenes autoritarios de nuevo cuño. En ambos países el sistema político de raíz liberal carece de instrumentos para defenderse de los envites fruto de la disgregación social y la crisis institucional, reforzados estos encontronazos con la autoridad a causa de las dificultades en el restablecimiento colonial. Si España ha de enfrentarse a un suceso de calibre de Annual [120], Portugal se muestra incapaz de administrar convenientemente sus colonias africanas (Angola y Mozambique). Los golpes de Estado en España (septiembre de 1923) y Portugal (mayo de 1926) devuelven al ejército al escenario político.

Pese a las difíciles condiciones históricas, en el primer tercio del siglo XX se entablaron unas relaciones culturales peninsulares de cierto calado, a pesar de que en ambos países siguen siendo más conocidas las literaturas y obras de ensayo o carácter científico que producen otros países europeos. Los escritos peninsulares circulan gracias a las vinculaciones personales entre los autores. Así, la fascinación que siente Ramón Gómez de la Serna al descubrir Portugal en 1915 queda reflejada en las dos partes de Pombo (1918) [121], retrato del ambiente cultural lisboeta en los años de la guerra mundial, y en Automoribundia (1888-1948) [122]. El autor alaba las ciudades de Portugal, el espíritu europeo del país, sus altas condiciones europeas, dice. Pero al mismo tiempo se hace eco de la incomunicación y de la melancolía ajenas. En la obra de Gómez de la Serna no existe un interés por la cuestión peninsular o por el Iberismo, lo cual no es obstáculo para que exprese su incomprensión por lo que Gómez de la Serna entiende es la distancia de las cosas en la vida cotidiana de las gentes de ambas naciones. El dramaturgo se queda en Portugal y en 1923 construye una casa en Estoril, El Ventanal, donde se refugia unos años rodeado de sus amigos portugueses [123], de quienes habla con afecto en el segundo tomo de Pombo. El interés de Gómez de la Serna por Portugal tiene su reflejo en el que autores portugueses de enorme relieve manifiestan por España durante el primer tercio del siglo XX. Es el caso de Fernando Pessoa, promotor de la revista Orpheu, que acoge el ímpetu literario de la vanguardia portuguesa en los años de la Gran Guerra. Orpheu (Lisboa, 1915), dirigida en su segundo y último número por Pessoa y Sá Carneiro, expresa el relevo generaional en su afán por desplazar de la escena cuanto hay de viejo en la cultura portuguesa. En contra del saudosismo de Teixeira de Pascoes, que defendía que la esperanza residía en el pasado, los jóvenes vanguardistas miran hacia Europa desde la ilusión.

La revista portuguesa Contemporánea (1922), en cuyas páginas aparecerían artículos de autores españoles como Ramón Gómez de la Serna, Adriano del Valle o el Marqués de Lozoya, presentó en la Asamblea General de la Sociedad Nacional de Bellas Artes la creación de una Sociedad de Amigos de España, de la que se proponía como socio honorario al Conde de Romanones, Presidente a su vez de la Sociedad de Amigos de Portugal. Los tres primeros números de la revista daban noticia del estado de formación de la Sociedad. En el número 4 aparecía ya un editorial, “Nós e Espanha” que rebatía el antiiberismo desde el que se acusaba a la revista de sumisión a España. Estas críticas provocaron un enfriamiento del Iberismo en Contemporánea [124]. En enero de 1927 surge en España La Gaceta Literaria, empresa cultural de Ernesto Giménez Caballero, que se presenta como “un periódico de letras” [125]. En la estela de la obra cultural de 1915 y de la revista España, según declaración de La Gaceta en su carta de presentación, su giro político, crítico con la República, es causa de su pérdida de lectores y cierre en mayo de 1932, tras unos años de intensa actividad que la situaron en centro del debate cultural. La Gaceta se dice a sí misma ibérica, americana e internacional. Busca la participación de todas las lenguas peninsulares, si bien en sus páginas no aparecen algunas, como el vasco. El debate se abrió cuando los hispanistas trataron de mediar en la revista para equiparar proporcionalmente en las páginas de la publicación el peso de todas las lenguas y culturas peninsulares, frente a los críticos a esta matemática rigurosa del peso lingüístico. Además de la inserción de secciones temáticas variadas -arte, cultura, política, diplomacia-, la paulatina aparición de las secciones americana, catalana, o portuguesa, expresan coherencia con los principios inaugurales de la revista. En la sección Postales Ibéricas, se incluyeron informaciones relativas al Portugal de la cultura. En sus páginas encontramos reseñas y resúmenes de la obra de Eça de Queiroz, Oliveira Martines, Osorio de Castro, Antero de Quintal…La Gaceta, que además facilitaba información a los lectores españoles acerca de publicaciones portuguesas interesantes como Presença, Civilizaçao o Renacença, facilitó  si cabe las ya buenas relaciones entre muchos escritores peninsulares. Curiosamente, en un editorial con el título de “Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica” [126], Giménez Caballero contradecía el ideal iberista de la publicación al verter sin ningún pudor la idea de que Madrid era el centro del proyecto ibérico-hispanoamericano. Este punto de vista no hacía sino fomentar las suspicacias de las diversas identidad culturales de la Península, empezando por la portuguesa, y alentaba las reacciones antiiberistas. En el Almanaque Literario de 1935 el espacio dedicado a Portugal lleva la firma del pintor Almada Negreiros quien, en su artículo “Norte-Sur”, subraya el obstáculo de las influencias inglesa y francesa en el devenir común de la Península: “nosotros, latinos y meridionales, jamás evitaremos este tutelaje anglo-sajón sino después de conocerlo enteramente y superarlo”. En las páginas de este Almanaque se encuentran las vanguardias peninsulares con las portuguesas: Pessoa y Sá Carneiro, Giménez Caballero y Juan Ramón Jiménez, Lorca y Almada Negreiros.

El hermanamiento de los autoritarismos y las dictaduras peninsulares quebró definitivamente el proyecto doctrinal del Iberismo. La convergencia entre ambos Estados a finales de los años treinta sirvió para estrechar la colaboración en la tarea de disolver definitivamente el liberalismo peninsular. La estabilidad política en España y Portugal, a partir de 1939, constituiría el punto de partida para un nuevo tiempo de relaciones políticas de cuya eficacia y aprovechamiento por los regímenes autoritarios que las promovieron no cabe hoy duda alguna , pero cuyos efectos sobre la irregular aunque constante tradición iberista en la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX fueron devastadores [127].

FIN

Notas

La imagen destacada corresponde a la bandera iberista diseñada por Sinibaldo de Mas en su obra La Iberia a mediados del siglo XIX.

[0] Montserrat Huguet es profesora titular del área de Historia Contemporánea de la UC3M.
[97] TORRE, Hipólito de la: “Portugal y España ante el horizonte europeo en la crisis del cambio de siglo (1890-1919)” en Portugal, España y Europa. Cien años de desafío (1890-1990), III Jornadas de Estudios Luso-Españoles, Mérica, UNED, 1991, PP. 11-18.
[98] FERNÁNDEZ ALMAGRO, M.: Historia del reinado de Alfonso XIII, Barcelona, Montaner y Simón, S.A., 1934. SECO SERRANO, C.: “Alfonso XIII y la diplomacia española de su tiempo”en Corona y diplomacia. La monarquía española en la Historia de las Relaciones Internacionales, Madrid, E.D., 1988. JOVER, J.Mª, GÓMEZ-FERRER, G.: “La política exterior española (1902-1931)”, en JOVER, J.Mª, GÓMEZ FERRER, G., FUSI, J.P.: España: sociedad, política y civilización (siglos XIX y XX), Madrid, Areté, 2001, pp. 634-667.
[99] SUEIRO, S.: “La política exterior de España en los años 20: una política mediterránea con proyección africana”, en TUSELL, J; AVILÉS, J; PARDO, R.: La proyección exterior… Op. Cit, pp. 140-148.
[100] NEILA, J.L.: “España ante un sistema internacional en profunda mutación, en NEILA, J.: Regeneracionismo y política exterior en el reinado de Alfonso XIII (1902-1931), Madrid, CEHRI, 2002, pp. 24-35.
[101] UCELAY-DA CAL, E.: “La imagen internacional de España en el periodo de entreguerras: reminiscencias estereotipos, dramatización neorromántica y sus consecuencias historiográficas”, en Spagna Contemporánea, nº15, 1999, pp. 23-52.
[102] LOPES, Fernando Farelo: Poder político e caciquismo na I República Portuguesa, Lisboa, Estampa, 1994.
[103] MORALES LEZCANO, V.: “Tres intelectuales regeneracionistas ante la guerra y la neutralidad (1914-1918), en VILAR, J.B. (de): Las relaciones internacionales en la España contemporánea, Madrid, Universidad de Murcia-Universidad Complutense de Madrid, 1989, pp. 240-241.
[104] QUINTANA, F.: España en Europa. 1931-1936, Madrid, Nerea, 1993. Léase la opinión crítica de MADARIAGA, S. de: “España en Ginebra por la paz de Europa”, El Sol, 28 de octubre de 1932, con respecto a la Monarquía y su posición exterior.
[105] NEILA, J.L.: España república mediterránea. Seguridad colectiva y defensa nacional (1931-1936), Madrid, Tesis doctoral, CD-ROM, Universidad Complutense, 1994.
[106] TABANERA, N.: Las relaciones entre España e Hispanoamérica durante la II República Española, 1931-1939: la acción diplomática republicana, Valencia, Tesis doctoral, Universidad de Valencia, 1990.
[107] TORRE, Hipólito de la: Antagonismo y fractura peninsular. España-Portugal, 1910-1919, Madrid, Espasa Calpe, 1983. Estudio pormenorizado de las relaciones ibéricas en este periodo.
[108] TEIXEIRA, N.S.: O poder e a guerra, 1914-1919. Objetivos nacionais e estratégias políticas na entrada de Portugal na Grande Guerra, Lisboa, Estampa, 1996.
[109] NIDO Y SEGALERVA, F.: La Unión Ibérica. Historia del problema, Madrid, Tipografía de Velasco, 1914.
[110] TEXEIRA DE PASCOÃES: Arte de Ser Portugués, 1915, p. 57
[111] VVAA.: O Estado novo. Das origens ao fim da autarcía, 1926-1959, Lisboa, Fragmentos, 1987.
[112] El hispanismo cultural se manifestó de manera específica durante la dictadura de Primo de Rivera. A fines de 1925 Primo de Rivera informó acerca de la creación en el Ministerio de Estado de una división específica sobre América. A partir de entonces la estructura no dejó de crecer, pese a quedar desbordado en sus actuaciones por otras influencias europeas. Ver HUGUET, M.: “El Imperio: la Hispanidad”, en Planteamientos ideológicos sobre la política exterior española de la inmediata posguerra (1939-1945), Madrid, Universidad Complutense, 1989, pp. 269-411.
[113] TORRE, Hipólito de la: Antagonismo y fractura peninsular…op. cit.
[114] NADAL, CARRERA, SUDRIÁ (Comps.): La economía española en el siglo XX. Una perspectiva histórica, Barcelona, Ariel, 1994.
[115] A finales de los años veinte Maeztu se dedicó a estudiar los integralismos europeos, que utilizó como fuente de sus argumentos en torno al integrismo hispano. Le interesaba el integralismo lusitano porque le servía de respaldo a la elaboración de sus tesis sobre la misión y esencia de los pueblos peninsulares, de ahí el sentido de que prologara la obra de Sardinha.
[116] Un anticipo de esta argumentación podía leerse en un libro precedente de Sardinha: A questao Ibérica, aparecido en Lisboa en 1916 y en España en 1924, aprovechando el tirón editorial de La Alianza Peninsular.
[117] En España, la preocupación por el efecto del Panamericanismo sobre el Hispanismo es apreciable en la publicística desde la celebración de la Primera Conferencia Panamericana, en 1899 a rebufo del Desastre, pero se agudiza en los años veinte con la creación de la Unión Panamericana (Conferencia de Santiago, 1923). Es constante la llamada de atención acerca de la influencia estadounidense en la organización regional. La atención hacia este particular aspecto de la vida internacional se mantuvo al menos hasta los comienzos de los años ´40, en que la Segunda Guerra Mundial involucró a las repúblicas de América del Sur en el conflicto y reafirmó las tendencias anteriores hacia la creación de un espacio americano sui géneris, así como las críticas “retóricas” de España al respecto.
[118] SANTIBAÑEZ DEL RÍO: Portugal y el Hispanismo, Madrid, 1920, pp. 12-13. Prologado por el Conde de Romanones.
[119] JOVER ZAMORA, J. Mª, SECO SERRANO, C.: Historia de España de Ramón Menéndez Pidal. La España de Alfonso XIII. El Estado y la política (1902-1931), T. XXVIII, Madrid, España-Calpe, 1995. NEILA, J.L.: Regeneracionismo y política exterior en el reinado de Alfonso XIII (1902-1931), Madrid, CEHRI, 2002.
[120] LA PORTE, Pablo: “Marruecos y la crisis de la Restauración 1917-1923”, Ayer, 63 (2006).
[121] GÓMEZ DE LA SERNA, R.: Pombo, Madrid, Imprenta G. Hernández y Galo Sáez, 1918.
[122] GÓMEZ DE LA SERNA, R.: Automoribundia, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1948.
[123] MATOS, M.: “Amigos portugueses de Ramón Gómez de la Serna”, en Arbor, CXVII, nº 457, Madrid, 1984.
[124] MOLINA, César Antonio: Sobre el Iberismo…op. cit., pp. 98-100.
[125] BASSOLAS, Carmen: La ideología de los escritores. Literatura y política en la Gaceta Literaria (1927-1932), Barcelona, Fontamara, 1975.
[126] GIMÉNEZ CABALLERO, Ernesto: “Madrid meridiano intelectual de Hispanoamérica”, La Gaceta Literaria, nº 8, 15 abril, 1927.
[127] CUENCA TORIBIO, José Manuel: Ensayos iberistas, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1998.

3 votes

Tags: , , ,


About the Author



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to Top ↑