Economía

Published on agosto 12th, 2009 | by EcoPolítica

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La fiesta se acabó

Por Hans Harms

Artículo publicado en la Fundación Sistema

En el actual momento de crisis profundo del sistema económico y financiero, nos preguntamos cuándo y cómo volveremos a unas cuotas de crecimiento que permitan la creación de empleo. Pero la realidad es que el problema es de otra índole. Vivimos, y no desde ayer sino desde los años setenta, una crisis estructural del sistema capitalista que consiste en una sobreproducción, una saturación de los mercados, es decir, tenemos unas estructuras productivas sobredimensionadas para la demanda basada en la capacidad real de los consumidores.

Antonio Gramsci creó el concepto de la «hegemonía cultural» para explicar el fenómeno de teorías que se hacen dominantes, determinan los valores y actitudes de una -o varias- sociedades, su política, su sistema legal y otros aspectos de su vida social, aunque entre el acierto o desacierto de estas teorías y los resultados de su aplicación práctica no existe correlación alguna. Para decirlo de otra forma: teorías e ideas desacertadas pueden tener buenos frutos políticos y, a la inversa, teorías e ideas correctas carecen de todo crédito. Existen innumerables ejemplos, sobre todo -claro está- en la retrospectiva histórica. Pero la actual política de empleo -o mejor dicho: la perseguida desde hace más de treinta años- es un ejemplo muy ilustrativo para explicar este fenómeno. Parte de varias suposiciones –socialmente en gran medida aceptadas- que, analizándolas algo más de cerca, resultan falsas.

En el actual momento de crisis profundo del sistema económico y financiero, nos preguntamos cuándo y cómo volveremos a unas cuotas de crecimiento que permitan la creación de empleo. Pero la realidad es que el problema es de otra índole. El problema no es que la economía no funcione sino que funcione demasiado bien, es decir, que es capaz de producir cada vez más pero con menos mano de obra. Vivimos, y no desde ayer sino desde los años setenta, una crisis estructural del sistema capitalista que consiste en una sobreproducción, una saturación de los mercados, es decir, tenemos unas estructuras productivas sobredimensionadas para la demanda basada en la capacidad real de los consumidores.

Culpamos a la banca y al “capitalismo de casino” sobre todo de EE.UU. de todos los males por sus inversiones especulativas, bonos basura, etc. y desde luego todo este sistema es éticamente más que reprobable. Juan Torres denuncia en este medio a los bancos de España de ser los responsables de la burbuja especulativa del “ladrillo” y en consecuencia de la falta de liquidez en estos momentos. Pero también es verdad que los bancos no han obligado a nadie a hipotecarse sino que ha sido una especia de histeria de masas la que ha llevado a los españoles a comprar ladrillo indiscriminadamente ante las miradas estupefactas del resto de los europeos y las organizaciones internacionales que advertían desde hace tiempo de los peligros.

Otro aspecto muy importante: el crecimiento económico de los últimos años, sobre todo en EE.UU., España y algunos otros países, no se basaba en la capacidad real de consumo de sus ciudadanos, es decir de sus salarios, sino en una supuesta riqueza ficticia en inmuebles sobrevalorados y su capacidad de endeudamiento gracias a hipotecas y tarjetas de crédito. O para decirlo claramente, gracias a la ingeniería financiera del “casino capitalismo” se ha podido mantener durante años unas cuotas de producción y con ello de empleo que sin ello se hubiera colapsado mucho antes.

Ahora se trata de deshacerse de las deudas, de ahorrar, lo que significa una drástica reducción del consumo durante mucho tiempo y con ello una reducción del empleo.

La administración intenta contrarrestar esta contracción de la demanda privada con el aumento en gasto público. No hay pueblo en España donde uno no se tope con los enormes carteles del Plan E. Los fabricantes de carteles han hecho su agosto. El problema es que estos proyectos acaban a finales de este año y hasta entonces la economía no se habrá recuperado de tal manera que los trabajadores podrán seguir trabajando. Es decir, hemos evitado el paro para mucha gente durante medio año, nada más. Pero la factura para esta acción se pasará a nuestros hijos y nietos. Lo mismo con el “plan renove” para desguazar coches -aunque todavía funcionen de maravilla- y comprar otros nuevos, además con el falaz argumento de que esto es una aportación del ciudadano para el medio ambiente ya que aparatos nuevos contaminan menos, pero ocultándonos que la producción de los mismos contamina tanto como su uso durante todos los años de su funcionamiento. Estas acciones son pan para hoy y hambre para mañana o, como se dice en alemán, “Strohfeuer” (fuego de paja).

Todo el mundo parece coincidir además en que la economía española tiene que aumentar drásticamente su productividad, introducir nuevas tecnologías, fomentar las TIC e invertir más en investigación para mejorar su nivel de competitividad internacional. Nada que decir en contra. Pero seamos conscientes de que la consecuencia de todas estas medidas será la reducción masiva de empleo. Aumentar la productividad significa producir más con menos mano de obra y todas las nuevas tecnologías implican una reducción de mano de obra. Los efectos de la tercera revolución industrial, las TIC, todavía no se han trasladado en toda su amplitud al mercado laboral. En los próximos años veremos una ola de despedidos impresionantes en la banca, las aseguradoras, las administraciones, agencias de viaje, prensa, etc.

Como dice André Gorz: la transformación técnico-económica en curso hace imposible el restablecimiento de una situación de pleno empleo. Pero las elites en política y economía han desarrollado en los últimos treinta años una capacidad casi patológica de ignorar hechos estadísticos sobre el desarrollo del volumen de trabajo en nuestras sociedades y su relación con el crecimiento económico y la racionalización tecnológica y excluirlas de todas la reflexiones sobre la reducción del desempleo. Todos los intentos de reducir o incluso erradicar el desempleo han fallado. Ha llegado el momento de “repensar” el problema social más grave de todas nuestras sociedades industriales avanzadas, más allá de la ideología imperante de crecimiento económico como “Königsweg” (“camino real”, como se dice en alemán) de crear más empleo. La riqueza aumenta pero el volumen de trabajo se reduce. La idea de volver al pleno empleo, tal como lo entendemos, se ha convertido en obsoleta. Este hecho reclama nuevas fórmulas, ideas y reformas sociales y estructurales para el bien común de nuestros ciudadanos.

Como alguien que pregona estas ideas desde hace 25 años, tengo que admitir que la “hegemonía cultural” a la que hace referencia Gramsci parece un fenómeno muy potente, de lo contrario no me explico la absoluta incapacidad generalizada de entender o querer entender estos hechos que en realidad son banales.

El único político relevante que parece haber entendido el carácter de la actual crisis es el presidente francés Nicolás Sarkozy, que dijo hace unas semanas: el que crea que estamos en una situación pasajera y que luego volveremos a los esquemas anteriores está cometiendo suicidio.

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